El otro día me pasó una cosa curiosa. Esperaba a que abrieran el videoclub para devolver una película que había alquilado y como tardaban decidí tomarme un café en el bar de al lado.
Allí estaba Casio, el enterrador.
Antes de proseguir diré que el pueblo donde vivo, Soto de la Marina, en las afueras de Santander, es el típico núcleo de población rural que ha sido invadido por urbanizaciones, convirtiéndose en una pequeña ciudad dormitorio. Al estar en la costa está muy cotizado y la población que ha venido a sumarse a lo que eran unos pocos ganaderos y agricultores con fincas de toda la vida, es sobre todo de profesionales de clase media alta con un pequeño jardín. Un particular abismo separa a los unos de los otros de modo que el contacto entre ambos grupos es escaso, aunque las vidas discurran paralelas. Es decir, todos nos encontramos en los tres bares, en la carnicería, en el quiosco y los que van a la iglesia, pues allí. Hace diez años que vivo aquí -el cómo llegué es una larga historia- y si añadimos a eso mi aspecto de guiri se deduce fácilmente que de ninguna manera cuelo por una lugareña.
Sin embargo, el otro día, cuando fui a pagar el café la camarera me dijo que el enterrador me había invitado.
A Casio le conozco de vista y de un hola-hola cortés desde que llegué, pues el cementerio está justo detrás de mi urbanización. Sorprendida, me acerqué a él a darle las gracias. Él contestó algo casi ininteligible -es muy mayor y casi no tiene dientes- y yo salí del bar. Como los del dichoso videoclub aún no habían llegado, me apoyé en la puerta a esperar mientras hojeaba un comic que le había comprado a mi hijo. En esto salió Casio y se paró delante de mí.
Empezó preguntándome por mis padre, que qué tal estaban. Le dije que bien, aunque me chocó pues mi padre murió hace años y jamás puso un pie en este pueblo. Pero en fin. Luego me preguntó por mi hermana. Aquello ya me pareció demasiado, teniendo en cuenta que soy hija única. No poco me costó que aquel buen hombre comprendiera que no hablaba con quien él creía y con quien, está claro, hacía años que me confundía. Tras darme minuciosos detalles sobre mi doble a modo de justificación, derivó hacia lo suyo, es decir, a explicarme cómo hay mármoles mejores y peores, que se pican o no de moho, y cuál es el que él recomienda para un nicho y cuál para un tumba corriente. Un poco incómoda pero siempre sonriente, aproveché un breve lapsus para abrirme.
Una vez en casa empecé a pensar en este asunto, en lo agradable que me había parecido que alguien del pueblo me invitara, aunque fuera el enterrador, y en que todo se debía a una lamentable confusión. No sólo no me sentí integrada sino invasora, pues ahora los de fuera somos mayoría y además jóvenes, mientras que los de aquí de siempre se van haciendo ancianos o se marchan. Semejante destino es irrevocable. Y cuando los de aquí desaparezcan del todo, el pueblo perderá su identidad.
Pero ahí no ha quedado la cosa. Esta mañana paré de nuevo en el bar, con una amiga que tampoco es de aquí aunque también vive aquí. Yo entré primero mientras ella hacía una gestión en el banco. Vi a Casio y, como es mi costumbre, le saludé. Luego vino mi amiga. Al poco Casio se marchó. Cuando fuimos a pagar descubrí que mi café, de nuevo, estaba pagado.
Y esto, ¿significará lo que yo creo?