De ovejas y pastores

         Hace poco, enredando en la red, me encontré con una sorpresa. Una sorpresa un tanto desconcertante, pues no podría precisar de qué tipo es, si buena o mala, inquietante, simplemente halagadora, curiosa, perversa o qué. La cosa es que he sido encontrada. Pero no como en el poemilla de John Newton:

 Amazing Grace, how sweet the sound,

That saved a wretch like me.

I once was lost but now am found,

Was blind, but now I see.

Porque no me ha encontrado la Gracia. Y sigo sin ver nada.

A las ovejas extraviadas las busca su pastor, o eso esperamos todos. Luego hay ovejas que andan por ahí sin estar extraviadas. Y pastores que buscan otras cosas que no son ovejas. Es inquietante que una oveja solitaria no esté perdida. Pero no lo es menos que un pastor se dedique a reunir un rebaño de otros animales.

No debiera uno ser tan malpensado. Hay que tener fe en Rousseau, si es que no se tiene en otra cosa. Así que, al margen de la verdadera naturaleza de la oveja, del pastor y de la búsqueda, concluiré que me ha gustado la sorpresa. Que, por cierto, es ésta.

 

 

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Catábasis y anábasis en la trilogía de Auschwitz de Primo Levi

El viaje de ida y vuelta que Primo Levi realizó a ese cronotopo equivalente a la materialización del Infierno sobre la Tierra que fue Auschwitz, lo describió y analizó en tres obras, Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, escritas en 1947, 1963 y 1986 respectivamente.

Moreno Feliu en su obra En el corazón de la zona gris describe el proceso mediante el cual el prisionero se incorpora al campo de concentración como un ritual de iniciación similar a los rituales de sacralización, que requieren tanto de una ida como de un regreso del individuo al mundo de lo profano o a la vida social tras su liberación y curación. Sin embargo, este ritual, aplicado a Auschwitz, tiene un sentido unidireccional, pues el mundo nuevo al que amanece el prisionero es el del mismo campo, una vez realizado el proceso de la completa integración en él, o lo que es lo mismo, habiéndose completado su deshumanización. Por lo tanto, el esquema del ritual de paso (llegada al campo – prisionero –  liberación) se convierte en un ciclo imposible para la mayoría de los prisioneros, que habrán de perecer en ellos. Por otra parte, parece ser que a muchos de los escasos prisioneros que sí logran sobrevivir les es imposible curarse, recuperar la vida anterior o derivar de la experiencia Auschwitz algún conocimiento que no sea intrínsecamente destructivo. A pesar de todo ello, Levi indica que “viviendo y luego escribiendo y meditando acerca de aquellos hechos, he aprendido muchas cosas sobre los hombres y el mundo.”[1], algo que describe como “claramente positivo”.

Siendo Auschwitz un cronotopo infernal, en este escrito pretendo equiparar ese ritual de iniciación con las convenciones clásicas de la catábasis, el descenso a los infiernos, pero también con la anábasis, la posterior resurrección. La Anábasis como salida del campo tiene en Levi algunos elementos que la convierten en un proceso inverso al de la catábasis. Es la repetición de acciones y sucesos ya conocidos en el mundo del ingreso y estancia en el Lager que ahora aparecen dotados de un significado nuevo. Paralelamente se produce la rehumanización del prisionero, la recuperación de su identidad, su deshielo interior. Y aunque esto no pueda ni deba llamarse una “curación”, no deja de ser un aprendizaje ciertamente valioso.

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Women in Rooms in the literature of the 1960s

Women have always had a conflictive relation with physical space. This is mainly due to the fact that conflict arises more from that which we lack than from that which we possess. And usually possession gives rise to conflict and anxiety because of the fact that it is possible to stop possessing, that is, we might lose what we possess, or we might be mistaken and not really possess at all. Space, and hence locations, are, as Lennard J. Davis put it, “intertwined with ideological explanations for the possession of property.” And he adds, “Novelistic space … is involved in a series of more or less hidden, ideological presuppositions about the nature of property and lands, foreign and domestic.” Margaret R. Higonnet has furthered, “Space is a challenging topic for feminist analysis. Feminist thinkers have called attention to physical images such as “the angel in the house” that imply the domestic confinement of women. They have asked why women have not been able to hold property, to travel freely, to define the shape of a nation, or to enter certain social arenas outside the home. In response to Woolf –“In fact, as a woman, I have no country. As a woman I want no country”- one may ask how many women have historically had full citizenship in any country at all? “A place on the map,” as Adrienne Rich has written, “is also a place in history” where writers, women and men, stand in the fullness of their identities and create texts”.

My aim with this paper is to analyse how the female protagonists of a series of highly significant literary texts have been made to live out the importance of a space in their lives, what the meaning if this space was, how some women have reacted to the eventual acquisition of these spaces, how others have had these spaces imposed upon them, how some have succumbed quietly, how others have fired in rage within its borders, how some have skilfully survived there while others have made the most of it to their own advantage.

Directly linked to the problem of space and its property are the problem of owning oneself and the issue of identity, topics that feminism has dealt with since its beginnings.

Edward Hopper, Hotel Room, 1931

The texts I pretend to scan in this particular light, that of the weight of the issue of space and identity in them, were curiously all written in the 1960s, the time of second wave feminism, that centred not only on official legal inequalities but on unofficial ones, as well as addressing many other secondary but no less significant issues such as literature and artistic creation:

Lady Lazarus, 1962, by Sylvia Plath.

To Room Nineteen, 1963, by Doris Lessing.

Wide Sargasso Sea, 1966, by Jean Rhys.

The French Lieutenant’s Woman, 1969, by John Fowles.

Other texts I will also consider are outside this decade, and are:.

Wherever I hang, 1989, by Grace Nichols.

The Hours, 1999, by Michael Cunningham, and the film adaptation of this text, directed by Stephen Daldry in 2002, whose script was written by David Hare..

These as to the texts directly related to this course, English Literature III..

Others which are just indirectly related, but are previous readings of English Literature, are:.

The Wife’s Lament, 10th c, anonymous.

As You Like It, 1599, by William Shakespeare.

Pride and prejudice, 1813, by Jane Austen.

Jane Eyre, by Charlotte Brontë.

A Room of One’s Own, 1934, by Virginia Woolf.

And one which has nothing to do with the course but, again, belongs to the 1960s, is:.

The Wall, 1962, by Marlen Haushofer.

All of them have to do with the issue of women in rooms, women in space, and their identity; all of them stand as if on each others shoulders, conquering further than the text before, reaching far up, far in (as Lessing said in the Epigraph to Briefing for a Descent into Hell : “For there is never anywhere to go but in”) for ultimate freedom, trying to escape even from the last resort. And this is a process that has been going on since the beginning of literature, since even before, up to the present day.

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Avatar: Cautos e incautos en el planeta Pandora

El que Pandora era un regalo envenenado era algo que ya sabían los antiguos griegos. Tras más de 2500 años de historia, parece que muchos lo hayan olvidado, a pesar de que la misma película advierte, entre otras cosas, de las dramáticas consecuencias de que un pueblo pierda su memoria colectiva, aquí simbolizada por el árbol de las almas. Pese a todo, acudimos en masa a ver Avatar, la Película -con mayúsculas por el grado de innovación técnica que porta consigo, por la cantidad de belleza, por la cantidad de veneno-, así como la primera humanidad -masculina, por supuesto- acudió en masa a recibir a Pandora, la primera mujer, regalo de los dioses y portadora de una caja maldita que contenía todos los males posibles para el hombre, todo lo que podía acarrearle la destrucción, y donde quedó guardado su único consuelo: la esperanza.
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Zora Neale Hurston: The Gilded Six-Bits

This story starts with a very straightforward statement on the blackness of the community where it is set. As seen from the outside, which is from the 1930s, dominating white point of view, we are faced with an all-negro ghetto of implicit inferiority in the economical, cultural, social, and human sense. However, the word “but” comes quickly to the rescue. Despite the white opinion, happiness and well-being are possible, and reach even to white standards: a whitewashed fence and house, scrubbed-white porch and steps. Eatonville, the name of the town, was a real place well known by Hurston, as it was her hometown until she was nine. In a time of oppression and segregation, Eatonville was a “race colony”, one of the voluntarily segregated communities meant to empower its black citizens and prove the surrounding white world that blacks were capable of self-government, independence, integrity and indigenous forms of expression.
Thus, from the very beginning, we are shown the negative –from the white point of view- side of a community, entirely based on the repetition of the adjective “black”, deemed enough for this purpose, just to be immediately flouted: “But there was something happy about the place”. What it can be is undefined, but it suggests a wealth of love put there to cover up the shabbiness. Sigue leyendo

William Golding

When Ralph’s life is saved thanks to the timely arrival of the British officer, he weeps –the narrator says- “for the end of innocence, the darkness of man’s heart, and the fall through the air of the true, wise friend called Piggy”.

In this final fragment of the novel Golding words the main issues he was interested in when writing this his first novel and which were to become recurrent themes along his production, namely in later novels such as The Inheritors, Pincher Martin, and Free Fall. Though not taking a specific Catholic viewpoint, Golding hovers round the great absolutes of good and evil, and the nature of man. Paraphrasing the title of one of his novels, the experience on the island of the wrecked group of children is a kind of “rite of passage” from childhood into adulthood, from light into darkness, from an apparent initial innocence to the discovery of inner fear, brutality, and evil: the cycle of man’s attempt to rise to power or righteousness, followed by his eventual fall from grace.
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Philip Larkin

The three poems I have chosen to analyse here represent three gigantic steps in Philip Larkin’s writing life, as there is a great distance in years separating them:

“Church Going” is from 1954 and was published in The Less Deceived, 1955.

“Sad Steps” is from 1968 and belongs to High Windows, 1974.

“Aubade” is from 1877 and was printed separately in Larkin’s lifetime, though published posthumously as part of Anthony Thwaite’s edition Collected Poems, 1988.

However, Larkin’s most characteristic theme, death, is present in all of them.

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