Azul cobalto

Uno de mis cuadros favoritos es “Mujer con parasol en un jardín”, que Pierre-Auguste Renoir pintó entre 1875-76. Esto no tiene nada de extraordinario, pues es un cuadro muy conocido. Fue una de las estrellas de la incomparable exposición que el museo Thyssen de Madrid dedicó hace unos años a los Jardines Impresionistas, figurando en la portada de su catálogo.

Los paisajes de Renoir me han parecido siempre exquisitos y maravillosos. Pero ha hecho falta que empezara yo misma a pintar para comprender por qué encontraba en ellos una cualidad única. Es el azul cobalto. Esta variedad de azul, que era un preferido de los Impresionistas, era usado sobre todo en su popular versión de pigmento sintético, desarrollado a principios del siglo XIX. Pero ningún pintor ha sabido utilizarlo tan bien como Renoir, acaso por el aprendizaje previo que tuvo cuando trabajaba en una fábrica de cerámicas en su juventud. En sus cuadros el azul cobalto aporta una intensa y a la vez fría luminosidad.

Particularmente, en el cuadro “Mujer con parasol” el azul cobalto refleja a la perfección el frescor que habita en las sombras entre los arbustos llenos de flores de un jardín a pleno sol. Y la felicidad que proporciona ese alivio. Calor. Frescor. Alivio. Felicidad.

Así que cuando estoy un poco triste, o un poco desilusionada, o, simplemente, un poco cansada de la vida, cojo el catálogo del Thyssen y miro su portada. Y el azul cobalto de Renoir alivia mi sed como la mano sin rostro de Jesús ofreciéndole agua a Ben-Hur en el recodo más arduo del camino hacia sí mismo.

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Acuarelas

Con esta breve entrada espero explicar mi silencio. En la barra lateral de este blog, bajo el epígrafe Alter Blog encontraréis Estaciones de luz. Es un blog sin palabras pero con imágenes de algunas de las acuarelas que llevo pintando desde hace un par de años. Junto a mi casa, en Soto de la Marina, en un pub muy agradable donde suelo parar llamado Soul Jazz Café, hay actualmente una exposición de mis acuarelas y eso me ha dado mucho trabajo extra, aunque también una gran satisfacción -desde aquí, un afectuoso saludo para Gonzalo-. La idea es venderlas, pero la crisis … ya se sabe. El arte es accesorio.
Por cierto, pido disculpas por las fotografías, que no son muy buenas. Hasta que no encuentre a alguien que me explique el fotoshop ese…
Otro día ya hablaré de lo fascinante que es trabajar con acuarelas, lo traidoras y volubles que son, lo divertidas. Un poco como gatos.
Y es que ahora me ha dado por escribir pintando.

Mirando la naturaleza

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Este cuadro de Gaspar David Friedrich (1774-1840) llamado “El Monje” siempre me ha fascinado.

Una figura humana -que el pintor llama monje acaso por su actitud contemplativa ante la inmensidad del mundo, por su supuesta admiración ante la vasta creación divina, pero que podría, dada la lejanía e indeterminación, ser un hombre o una mujer cualquiera- está de pie, de espaldas, al borde del fin del mundo, al principio de un mar ignoto y un cielo infinito.

La tierra que pisa, esa tierra última, está yerma, desolada, parece roca viva. El mar está picado, amenaza o por lo menos advierte a la figura que se ha acercado a contemplarlo. El cielo muestra una neblina oscura que se abre para mostrar el azul más allá o que va a cerrarse para ocultarlo.

Los tonos empleados son fríos y hostiles y sugieren una naturaleza ajena a concepciones cristianas, un mundo que se pertenece a sí mismo y existe al margen de un posible creador.

La persona que lo contempla enfrenta y mide contra el paisaje su racionalidad y su fe. Es una figura pequeña, el paisaje parece querer minimizarla. Sin embargo, no lo consigue. Advertimos algo indómito en ese ser, una voluntad que lo ha llevado hasta ese lugar y una fuerza que lo mantiene allí. El choque entre ambos, paisaje y figura, está servido, y el espectador está plenamente involucrado en ese choque, pues la figura de espaldas representa simbólicamente nuestra propia mirada.

El concepto filosófico de lo Sublime influyó de manera determinante en todos los ámbitos de la creación artística a partir del s.XVIII. Fue desde ese momento que el componente sentimental, que hasta ese proto-Romanticismo no había logrado competir con el racionalismo, se alzó tanto como ideal estético como en constituyente esencial del proceso creativo. Lo sentimental, lo emocional, lo irracional devienen conceptos con los que el hombre se familiariza en su interpretación del mundo. Paralelamente, lo sublime acerca al hombre al sentimiento de asombro que, si es exacerbado, se acerca a su vez mucho al terror. Un terror que, según Burke, es experiencia intelectual del misterio y de la grandeza, y que estéticamente está vinculado a la belleza. No ha de confundirse con el horror, una experiencia sólo física y demasiado explícita.

Friedrich es el gran pintor de lo Sublime. En su pintura, y en especial en esta obra, la angustia y el terror ante un espacio, la naturaleza, que hasta entonces no ha sido analizado convenientemente por el arte, se dan la mano con la belleza, hasta entonces demasiado centrada en el hombre.

Al mismo tiempo, en todo la cultura occidental, el hombre comienza a volverse hacia esa naturaleza ignorada, desconocida, impulsado por una necesidad nueva, la de encontrarse a sí mismo en ella, por oposición a ella o como parte de ella. Acaba de nacer una nueva Utopía. 

Friedrich es sólo el principio, la primera mirada. 

    

Desesperación

20060628005235-desesperacion.jpgOswaldo Guayasamín (1919-1999)

          Cuando uno está enfermo y sufre pero escoge guardar silencio hay instantes en que la desesperación hace presa y muerde con ganas. Apenas queda un agujero ínfimo a través del cual ver el mundo o amar la vida. Como diría Cioran: “Todo se vuelve contra nuestras ideas… No hay salvación por medio del pensamiento”. Algo nuevo y desconocido empieza a partir de ese momento, algo que es único para cada persona, pues, al contrario de lo que se cree, el dolor, aunque provoca empatía, no se puede ni compartir ni comunicar y nos deja tan solos que podemos llegar incluso a traicionarnos a nosotros mismos. Qué mal debe sentirse Dios cuando nos ve así…