pensando en petirrojos

Quizás el día del año en que más piense en los pájaros sea hoy, uno de enero.
Los otros días les doy de comer el pan que va sobrando y me gusta mirarles cuando vienen -me conocen- a la acera bajo el balcón desde las vallas y tejados cercanos -me estaban esperando-. Pero hoy, como todos los días uno del año, es un día especial.
La urbanización -ciudad, campo, no importa- está especialmente tranquila y olvidada de todo, sumida en el sueño de los días muy festivos, y, no sé por qué, suele lucir un sol frío pero amable. Los pájaros hace tiempo que se han despertado y esperan. Hoy son más insignificantes -comparados con la magnitud del nuevo año- pero más sonoros -esa misma magnitud impone silencio- que los otros días. Dicen, además, que la vida sigue igual, por mucho que algunos crean lo contrario. Que nosotros, como ellos, somos iguales. Que el recién llegado invierno está ahí delante, entero por golpear. La vida.
La mayoría de ellos la perderán de aquí hasta la llegada de la primavera.
Una de las especies más castigadas es el petirrojo. Un elevado índice de población muere en invierno (de hecho esta tasa hace que su longevidad media en libertad sea de tan solo un año, mientras que en cautividad viven hasta once años), aunque esto se ve compensado por su gran capacidad de reproducción.
Quizás sea su pecho sonrojado, su mirada intensa y su actitud osada que le hace acercarse a los humanos sobre todo en épocas de necesidad, lo que ha convertido al petirrojo en un símbolo de la navidad. Es hermoso, desafiante y cantarín, y es frecuente verle solo, pero no por ello menos animoso, buscando comida sobre la nieve.
Con estas dos espléndidas imágenes de petirrojos -robin, en Inglés, como Robin Hood- doy la bienvenida al año añadiendo el siguiente deseo, tan bien expresado por Emily Dickinson:

Not In Vain
If I can stop one heart from breaking,
I shall not live in vain,
If I can ease one life the aching,
Or cool one pain,
Or help one fainting robin
Unto his nest again,
I shall not live in vain.

 Fotografía de Mike Helliwell

 Acualera de Nigel Artingstall

 

 

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El escéptico


Greenpeace. Activistas por el clima

Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.

Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?

Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.

Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.