El Rey Lear : la naturaleza como medida de todas las cosas

     A mi modo de ver, y según propone María Lozano Mantecón en su capítulo “El silencio de Lear”, en la obra Encuentros con Shakespeare, la Naturaleza tiene en esta obra un tratamiento inmensamente significativo y singular en comparación con otras obras del Bardo, algo que también destaca Manuel Angel Conejero Dionís-Bayer en su introducción a la edición castellana de la obra hecha por el Instituto Shakespeare para Cátedra, donde remite al estudio de Wolfgang Clemen, “The Development of Shakespeare´s Imagery”, de 1904.shakespeare_w.jpg Llegados a esta fuente, la Naturaleza adquiere dimensión de personaje. Por otra parte, creo que la mayoría de los temas tratados en esta obra y considerados como más relevantes de acuerdo con las corrientes críticas de los últimos veinte años, pueden ilustrarse desde el punto de vista de la Naturaleza, elemento quizás considerado por estas corrientes como demasiado deudor de interpretaciones críticas románticas, impresionistas o humanistas, contra las cuales había que reaccionar. Pero resulta curioso observar cómo esas mismas tendencias críticas ya están siendo, a su vez, atacadas, como demuestra la bastante reciente obra de Harold Bloom, “Shakespeare, la invención de lo humado”, donde se refiere a ellas como críticas del “Resentimiento”. Lo único que lamento es no haber podido acceder, para mi propia instrucción, a la obra de Pilar Hidalgo, “Shakespeare Posmoderno” , que al parecer mejor refleja las limitaciones de la crítica postestructuralista. Así que, al final, he intentado, como sugiere Angeles de la Concha, llegar a una síntesis propia. Lo único que me parece que podría pasarme en la realización del análisis que pretendo es, según dice T. S. Eliot, equivocarme sobre Shakespeare de una manera nueva.

     A modo de ilustración, he escogido el siguiente fragmento: Acto III, escena II, 1-24. Salvo por la interrupción del BUFÓN a la mitad, este fragmento es el más parecido a un monólogo de LEAR que he encontrado. En realidad, en él LEAR increpa a los elementos de la Naturaleza en un gran diálogo dramático y el significado de su tragedia personal se convierte en universal. A este fragmento desearía añadirle otro, su complementario, que sería : Acto III, escena IV, 6-14.

     Es difícil imaginar qué sabía Shakespeare y qué no sabía si ni siquiera sabemos quién fue en realidad. Anthony Burgess, en su biografía del Bardo, ya nos dice en la introducción que el material biográfico es escaso y que el libro contiene conjeturas, pero si nos atenemos a las leyes de la probabilidad y damos por hecho que Shakespeare fue realmente Shakespeare y no otra persona –ni Francis Bacon, ni Edward de Vere, ni Christopher Marlowe, ni el último candidato, Sir Henry Neville- entonces nos encontramos con una biografía admirable pues se basa en lo más probable que pudiera haber sido un hombre como él.
     Agarrándome a ese estupendo cajón de sastre flotante diré que Shakespeare, como la mayoría de sus contemporáneos que se movieran aunque sólo fuera por los círculos exteriores de la corte y estuvieran dotados de un mínimo de perspicacia, imaginación y curiosidad –cualidades de las que no dudo él estuviera sobrado- habría conocido a Thomas Harriot, matemático y astrónomo además de explorador científico, y su obra “A Brief and True Report of the New Found Land of Virginia”, publicado en 1588, en que cuenta su viaje a América de 1585 y habla extensamente de la vida y costumbres de los indios nativos de la zona, que llegó a conocer bien pues había aprendido su lengua (forzando aún más las leyes de la probabilidad podría decir que incluso llegaría a conocer a Wanchese, el indio Roanoke que se la enseñó en 1584). Llama la atención en las descripciones de Harriot sobre las religiones nativas, que estas se parezcan tanto a la cristiana. Pero Stephen Greenblatt en su artículo “Balas Invisibles” –obra fascinante, por otra parte- nos advierte que “los ingleses de los siglos XVI y XVII describen de un modo característico a los indios en términos que reproducen fielmente sus propias autoconcepciones”. Sólo he podido leer un fragmento, aunque extenso, de la obra de Harriot pero alguien familiarizado con las convenciones del poder –y Shakespeare las conocía bien- y quizás también con obras como “Utopía” de Moro, influída a su vez por los “Cuatro Viajes” de Vespucci, por no mencionar obras relacionadas con las Indias Occidentales como los viajes de Pietro Martire (publicadas en 1612 pero que debían circular en Inglaterra mucho tiempo antes) que se consideran fuentes indirectas de la posterior “The Tempest”, pues bien, alguien así hubiera podido llegar a sospechar la idea de la Naturaleza como una entidad en sí misma, en contraste con el hombre, con la sociedad y cultura humanas, e incluso con Dios, que tenían los indios norteamericanos y de la zona del Caribe.
     Este concepto filosófico y poético está relacionado con el concepto de Deus otiosus, o Dios oculto, que delega todos los trabajos de la tierra a los espíritus de la Naturaleza. Es, por lo tanto, un poder impersonal, unido, en la imaginería nativa norteamericana, al concepto de “Mana” – u “Orenda”, “Wakan”, “Manitou”- . De hecho, en la cultura Maya, Hurakan significa “corazón del cielo”, y está relacionado con el más grande de los dioses, la tormenta. Es curioso constatar que la palabra “hurricano”, forma temprana del inglés “hurricane”, aparece escrita por primera vez en relación cronológica con “Troilus and Cressida”, escrita dos años antes de la composición de Lear. Y en Lear los “hurricanoes” son algunos de los elementos invocados por Lear en el páramo. Cierto es que podríamos aducir que Shakespeare usaba esta palabra en su acepción de “tromba de agua”, ya que la coloca al lado de “cataracts”, pero no es menos cierto que en el pasaje se describe una gran tormenta de agua y viento al estilo de un huracán caribeño.

     ¿Y si esa fuera la idea subyacente a la Naturaleza en Lear, la de un dios con sus propias leyes y rituales? Un concepto original y pienso que extremadamente peligroso en tiempos de Shakespeare, pero tan atractivo…, podría ser la razón de que Lear acabe convirtiéndose en una tragedia tan indigerible, pues ¿no son las normas de la Naturaleza a menudo tan aparentemente despiadadas, indigeribles, insoportables para los hombres? O en palabras de Kent: “Since I was a man such sheets of fire, such bursts of horrid thunder, such groans of roaring wind and rain, I never remember to have heard; man´s nature cannot carry the affliction nor the fear” (III, ii, 45-48).
     ¿Cuál es el contexto en que está situada la acción de Lear? No lo sabemos con exactitud. María Lozano Mantecón la sitúa en “tiempos oscuros de la Inglaterra pagana”, y Harold Bloom nos dice que era “en el mundo que los antiguos gnósticos llamaban kenoma : vacío”. También que “La leyenda, que todavía circulaba en tiempos de Shakespeare, asignaba al rey Edgar la melancólica distinción de que libró a Britania de los lobos que merodeaban en la isla después de la muerte de Lear.” Efectivamente, hubo un rey Edgar en Inglaterra, uno de los llamados “seis reyes niños” ( 944-975 ), que llegó al trono al ser depuesto su hermano Eadwig (curiosamente nuestro Edgar también tiene un hermano con aspiraciones, aunque sean frustradas), pero ningún rey Lear confirmado, pese a ser mencionado por Sir Geoffrey de Monmouth en su Historia Regum Britanniae, texto por otra parte conocido por su gran carga fantástica. El caso es que Shakespeare nos sitúa, más que en ninguna otra de sus obras, en un tiempo tan remoto como indeterminado, sin duda precristiano y salvaje, profundamente naturalista. La Naturaleza misma se constituye en el elemento estructural en que se basa la obra, la Naturaleza completamente alejada de la idealización a que se la somete en obras como “As you like it” y su bosque de Arden. La Naturaleza más real. ¿La Naturaleza que se descubre como aún existente en el recién empezado a explorar Nuevo Mundo? Desde luego, una Naturaleza que ofrece la medida exacta de todas las humanas cosas.

     Y se me ocurre pensar en Shakespeare situándonos en el puente entre el Medievo, cuando Dios era la medida de todas las cosas, y el Renacimiento, en que esa medida pasa a ser el hombre. En medio, Shakespeare y su singular visión de la Naturaleza como medida de la realidad, no Dios –el dios cristiano- ni el Rey. Y en una época tan susceptible ser demasiado explícito a este respecto debía ser muy arriesgado.

     Así y todo, Shakespeare se nos presenta con esta obra indigerible e incalificable, perturbadora de la imaginación del hombre desde entonces hasta nuestros días. Pues en su centro hay una Naturaleza que no se puede llenar con nada humano ni, para el público europeo, divinamente reconocible, donde el hombre, Lear, por mucho que grite e increpe, no dice nada y sólo invoca una nada anticipada y epilogada en el primer y último silencio de Cordelia, y, desde luego, en la muerte de tantos personajes. lear8.gifUna nada por la que campa a sus anchas la aparente gratuidad de tanto sufrimiento, provocada por la cadena de errores de juicio, por el exceso de amor y su ausencia, que configuran la historia, pero que en el fondo, tiene sentido porque la Naturaleza es así, de designios inescrutables a los cuales hay que someterse, como posteriormente a ella serán los del Dios del mundo civilizado. Pero claro, ¿quién, en tiempos de Shakespeare o anteriores, se había atrevido a mirarle a la cara a semejante verdad y exponerla a la luz pública, popular?¿Y cuánto tiempo se ha tardado, después de él, en hacerlo? Si hubo incluso que cambiarle el final a la obra durante tantos años. Y sin embargo, ¿no está, muy, muy en el fondo, esta obra unida al concepto fatalista del wyrd de la épica anglosajona, los hombres inevitablemente a merced de un destino, en este caso el que les impone la Naturaleza?¿Y no son esas mismas pavorosas e inexplicables leyes del wyrd o del doom o de la Naturaleza aquellas contra las que lleva el hombre oponiendo su civilización desde tiempo inmemorial?

     Pues este, la Naturaleza, es, en mi opinión, el gran tema de la obra. Creo, además que el uso que de ella hace Shakespeare está íntima y profunda, aunque veladamente, ligado a concepciones religiosas amerindias, en concreto mayas, que habrían llegado hasta él a través de los Tainos, pueblo de indios Arawakanos del Caribe, con los que seguramente llegó a tener algún contacto alguien como Sir Francis Drake, que viajó extensamente por la zona y era un heroe nacional. La de historias que él y sus hombres debieron poner en circulación – de hecho se piensa que Shakespeare conocía bien a Sir Francis Drake, pues habían colaborado en muchas de sus primeras obras y poemas, de ahí los conocimientos navales demostrados por el Bardo-, en las cuales quizás se llegara a mencionar al dios Hurikano, deidad maya y posteriormente palabra aceptada y utilizada con el significado que todos conocemos. El caos de muertes en que se sume la obra debido a la cadena de errores de juicio de los personajes tiene su punto de inflexión en la invocación que Lear hace a los dioses Naturales en el páramo. Al más puro estilo indígena, la tormenta posee a Lear como en un ritual (segundo fragmento escogido, cuando Lear habla de la “tempest in my mind”), y se consuma la ley más natural de todas: la muerte, barriendo a unos y otros, malvados e inocentes. Es la ley natural.
     En los actos centrales de la obra, del II al IV, la acción queda en cierto modo relegada a un segundo plano, es escasa y el autor se centra en el drama interno de Lear, especialmente a partir del acto III cuando nos encontramos en el páramo. Es en ese lugar, durante la tormenta, que Lear sufre su transformación interior, en especial desde que se refugia en el caseto y la tormenta pasa a estar dentro de él (“the tempest in my mind”, III, iv, 12). E igual que la locura reestablece la razón en Lear y la ceguera la capacidad de visión en Gloucester, la tormenta restaura el mundo. La Naturaleza no fuerza a todas las cosas de vuelta a su lugar sino que arrasa indiscriminadamente con todo (ya nos lo había avisado el Bufón: “here´s a night pities neither wise man nor fool”), dejando a su paso un escenario cubierto de cadáveres y unos desangelados supervivientes que han perdido la fe pero que deben seguir adelante porque es condición de vida hacerlo.

     En cuanto a los temas propuestos, y ya basándome en los fragmentos escogidos, analizaré algunos de ellos a la luz del, a mi modo de ver, gran protagonista de la obra: La Naturaleza.

          1. El desconocimiento propio y de los otros que nos puede abocar al error de juicio y la injusticia.
     Está claro que la tragedia de la obra se desencadena a partir de la exigencia de Lear de saber cuál de sus hijas le quiere más para así poder dividir mejor su reino entre ellas, en función de sus respuestas. Dejando a un lado el hecho de que fuera acertado o no dividir el reino y la ideología del poder imperante que se infiltraría en este asunto, el motivo inicial, el juego de pedir a cada hija la expresión de la medida de su amor, parece bastante trivial y arbitrario como para desencadenar un drama de semejantes proporciones. En cambio, el desconocimiento de sí mismo en Lear, y que muestra también hacia los demás, paralelo al desconocimiento en Cordelia de la respuesta acertada, sí son significativos y pueden ser causa de desastre, sobre todo  al hacerse extensivos a más personajes. Porque Lear tampoco comprende a sus otras hijas ni las respuestas que estas le dan. Y en la trama paralela, Gloucester tampoco conoce a ninguno de sus dos hijos, tanto al legítimo como al bastardo, que a su vez tampoco se conocen entre sí. Y Albany tampoco a su esposa Gonerill. Y ninguno de ellos conoce aún a Lear. Nadie parece conocer a nadie, están todos extrañados entre sí, “estranged” que diríamos, y por ende solos. Ese estado de desconocimiento mutuo y de soledad lleva Lear a cometer lo que llamaríamos un acto de mala fe sartriana: ”El primer acto de la mala fe consiste en la evasión de lo que uno no puede evadirse, evadirse de lo que uno es”. Lear, además de rey, es padre, y de ambas cosas abdica. Entre los personajes no hay comunicación para solventar este desconocimiento. Como diría Beckett “No hay comunicación porque no hay medios para comunicarse”.¿Y por qué? Pues porque los personajes habitan una Naturaleza equivocada.
     Es decir, hay en la obra dos concepciones de la naturaleza radicalmente distintas pero a las cuales los personajes aluden y se agarran sin cesar: por un lado está la naturaleza idealizada en la que creen Lear y Gloucester, el equivalente al orden, el equilibrio interno, el amor paterno-filial y la jerarquización social, y por otro la naturaleza sin normas, en que se mueven Edmund, Regan y Gonerill, que la entienden como la posibilidad de seguir sus instintos, aunque atenten contra el orden establecido. Pero ninguna de estas Naturalezas es la correcta, todos pecan de desconocer la verdadera Naturaleza, la Naturaleza en la que todo cabe, la implacable Naturaleza de la vida, mezcla de orden y caos. Y así oímos a Lear imprecar al trueno para que rompa los moldes de la Naturaleza “Crack nature´s moulds, all germens spill at once that make ungrateful man!”, creyendo en esa dualidad intrínseca de la Naturaleza, pidiéndole que actúe contra el trueno, una de sus propias fuerzas, es decir, contra sí misma. El Bufón, ese personaje extraño que pronto desaparecerá misteriosamente de escena, en el mismo páramo, es el único que parece darse cuenta de la verdadera dimensión de la Naturaleza, cuando dice: “here´s a night pities neither wise man nor fool”; él, que parece su enviado para ayudar a Lear a alcanzar el conocimiento necesario para aceptar la realidad.
     El caso es que Lear, quizás sin saber las terribles consecuencias que tendrá, convoca a la verdadera Naturaleza en un terrible y pavoroso conjuro, el principio del fragmento que he seleccionado, en que emplea verbos imperativos para su llamado (blow, crack, rage, spout…), y altera el pentámetro del verso iámbico, acortándolo, haciéndolo afilado, rotundo y violento (“rage! blow!”, se corresponderían con dos pies iámbicos, y sólo tiene cada palabra una sílaba en vez de dos). Asimismo, cambia los acentos del pie cada vez que empieza un verso por el imperativo, haciéndolos troqueos (“singe, strike, crack…”) y deja el último verso sin dos pies (“that make ungrateful man”). La intervención del Bufón, en prosa, realza aún más la métrica alterada de Lear, que prosigue despues de él con su discurso en los mismos términos y con similares características irregulares. Llama la atención, por ejemplo, que en esta segunda intervención de Lear utilice la palabra “daughters” al final de verso, con un marcado cambio de acentuación en el pie y también que haya dos versos más largos de lo normal, el 16 y el 19 (“I tax you not, you elements, with unkindness” y “Your horrible pleasure; here I stand, your slave”), lo cual enfatiza dos términos: ingratitud y esclavo, los dos alusivos a Lear, el primero porque es la esencia de su error de juicio sobre su hija Cordelia, a la que considera ingrata por no amarle como él quisiera, (término que luego hace extensivo a sus hermanas Regan y Gonerill por abandonarle), y el segundo porque eso es lo que él es respecto a la Naturaleza, su esclavo, pues está, en la más pura concepción Amerindia, a su merced. Pero inmediatamente cae en otro error de juicio, al señalar que la Naturaleza se ha aliado con sus hijas Regan y Gonerill. Recordemos que el error de juicio en Lear es persistente, habrá errores de los que nunca salga, como el admitir su propia responsabilidad en el maleamiento de Regan y Gonerill.
     Por otra parte encontramos también elementos aliterativos en el verso, como “drench´d – drown´d; couriers – cleaving; make – man, spit – spout; old – O! O!. , en el primer fragmento, todo él un magnífico ejemplo de gran prosopopeya o personificación.

          2.La caída y el necesario proceso de reconocimiento de la culpa y la expiación.
     A causa de su error de juicio, Lear cae en el exilio, la soledad y la locura (conviertiéndose en “a poor,infirm, weak, and despis´d old man”), acompañado de su Bufón y del inquietante Edgar-Tom, aparentemente un tonto, quienes le enseñarán a desnudar su cuerpo (Edgar-Tom) y su alma (Bufón), De hecho el Bufón hace una alusión cristiana (¡!) al agua bendita (“holy-water”) como preferible al agua de lluvia (rain-water), aconsejándole que vuelva con sus hijas, porque “here´s a night pities neither wise man nor fool”. Creo que, en realidad, le está avisando de las terribles consecuencias que tendrá invocar a la Naturaleza, cuya verdadera dimensión Lear desconoce pero el Bufón no. Sin embargo, Lear insiste, e incluso insulta, al malinterpretarla (otro error más, el supremo), a la Naturaleza; insulta, pues, al dios Hurakan, para los indios de la región quiché “el más grande de los dioses”, que caerá, a su vez, sobre él, castigándole más allá de la justicia civilizada, la que habría salvado la vida a Cordelia. Evidentemente Lear no sólo no expía todas sus culpas sino que incurre en culpas nuevas, y por eso será castigado con la muerte de su hija más leal, cuya muerte es la que verdaderamente duele, y mata, a Lear.

          3. La redención mediante el sufrimiento y la necesidad de este último para poder establecer una relación de comprensión y empatía con los demás seres humanos.
     Esta idea de la redención, como la de la culpa y la expiación, a través del sufrimiento, es una idea esencialmente cristiana. El cristianismo siempre ha instrumentalizado el sufrimiento y de hecho todas las culturas le buscan una explicación y algunas, a través de su explicación, una utilidad. Si Shakespeare hubiera aplicado a su obra la lógica cristiana que equipara lo malo de la Naturaleza al pecado, interpretado como “movimiento de alejamiento de la fuerza creadora” redimible a través de la gracia, que perfecciona la naturaleza (San Agustín) haría salvarse a Lear, o al menos a Cordelia, cuya gracia (en su inocencia) es innegable.  Es precisamente el hecho de que esto no suceda que llama tanto la atención y resulta aparentemente inexplicable en la obra. Pero desde mi punto de vista, no. Pues si el poder dominante en la obra es la Naturaleza (el dios “Hurakan” estaría detrás de ella) y aceptamos el concepto de Deus otiosus, o Dios oculto, ausente, que ha dejado solos, en la Naturaleza (la que a Él se contrapone) y a su merced, a los hombres, no puede haber justicia divina ni poética, por lo que Cordelia y Lear tanto pueden morir como no, sin que suponga diferencia. Es más, que mueran resulta de lo más natural, alejado de golpes de suerte (o de misericordia cristiana, divina) que los salven de la trama bien atada de Edmund para acabar con ellos. Y esa es, en mi opinión, la situación, pues el mismo Lear invocó a Hurakan.
     El resultado es que la empatía con los demás seres humanos sí se produce en Lear (el sufrimiento que le infringe la Naturaleza hace con él tabla rasa respecto o los demás seres humanos sufrientes en la obra, lo cual se evidencia al empezarse Lear a interesar por los demás a partir de III, ii, 68.) pero no se produce, creo yo, entre la obra y el público, un público cuya cultura está, en el fondo, demasiado influída por concepciones cristianas. O si se produce es en base a términos equivocados, de ahí la incapacidad de digerir su drama y el de Cordelia. Quizás Shakespeare debería haber sido más esplícito en su descripción de la identidad y verdadera dimensión de la Naturaleza, pero, ¿cómo serlo con un mínimo de seguridad? Pues, aunque Shakespeare fuera un “implacable desmitificador, un cuestionador de la ideología” como nos dice Greenblatt, no podía obviar que Thomas Harriot, “el más prominente matemático isabelino, experto en cartografía, óptica y ciencia de la navegación, partidario del atomismo, el primer inglés en construir un telescopio y orientarlo a los cielos, el autor del primer libro original sobre la primera colonia inglesa en América” que, de haber llegado a su conocimiento, y esto tal vez sucediera, el inmenso interés de los mayas por la astronomía y sus sistemas de medición del tiempo, le habría encantado;  (Quizás fuera de él de quien oyera Shakespeare la palabra “hurakan” y aprendiera su significado, lo cual demostraría que Harriot llegó a saber de los mayas), pues bien, cómo podía Shakespeare obviar que Harriot poseyera “durante toda su carrera una peligrosa reputación por ateísmo”, como también nos cuenta Greenblatt. Tampoco podría Shakespeare olvidar el trágico final de Christopher Marlowe. Shakespear sería un genio, quién lo duda, pero, según nos dice A. Burgess, “It is conceivable that Shakespeare´s main aim in life was to become a gentleman, and not an artist, that the plays were a means to an end”. Así que quizás no podría evitar escribir Lear porque era un genio pero tampoco iba a estirar tanto el cuello como para que le cortaran la cabeza profesionalmente por ello. Se contentaría con dinero para vivir bien, tener una buena hacienda y comprarle un escudo de armas a su padre.

          4. La exploración de los límites de la naturaleza humana, en todo el amplio espectro de su capacidad de hacer el bien o el mal.
     Se comete, para el pensamiento cristiano, civilizado, en Lear uno de los mayores pecados, una de las mayores muestras de maldad en las que pueden caer el hombre. El que unas hijas se vuelvan contra su padre, como nos dice Lear hablando de la tormenta: “That have with two pernicious daughters join´d your high-engender´d battles ´gainst a head so old and white as this. O! O! ´tis foul.” Un pecado desnaturalizado. Pero no así en el mundo de la Naturaleza pura en que se mueven los animales, con los que Lear tan a menudo compara a sus hijas despectivamente. Más adelante en la obra Lear acabará plegándose al escepticismo, aceptando la pérdida de confianza en la razón, cuando le dice a si hija Cordelia recién recuperada y acepta retirarse de la vida activa con ella a una prisión, y añade: “and take upon´s the mystery of things as if we were God´s spies” (V, iii, 16-17), en que admite la existencia de misterios insondables unidos al concepto de Dios, en realidad la Naturaleza. Curiosamente en este verso se suele traducir “God´s spies” como “espías de los dioses” y no, como yo creo que debería ser, “los que espían a los dioses”. Ellos dos, los que no han querido ver los mismos misteriosos vericuetos de la Naturaleza que les conducirán a ambos a la muerte.

          5. La reflexión sobre el orden “natural” y su subversión.
     Creo que ya he dejado bastanto claro las razones por las que pienso que el orden “natural” subvertido lo provoca Lear una y otra vez, a través de sus errores de juicio e invocando al espíritu de la Naturaleza, Hurakan. Pero es inicialmente que la Naturaleza subvierte ella misma el orden de cosas, dando a Lear sólo hijas y ningún hijo (una subversión relativa, pues es perfectamente natural; lo verdaderamente subversivo aquí es la norma social, la civilización). Y aunque la tragedía se ocupa de quitar de en media a las tres hijas, justa o injustamente, el caso es que al final el reino ha de heredarlo un hombre, por muy desencantado que este esté: Edgar. Sin embargo apuntaré que en la mente de Lear la subversión del orden jerarquico a la hora de heredar el trono está unida al concepto de la Naturaleza, pues él mismo, al increpar a la tormenta y llamar a los dioses naturales les acusa de haberse aliado con sus dos hijas “perniciosas”. Y de esta misma manera se produce la subversión en las relaciones paterno-filiales y del respeto a la ancianidad pues imagina a la Naturaleza aliada a sus hijas atacando “A head so old and white as this”. (aunque aún insistirá en creer, más adelante, que su concepto de Naturaleza es el correcto, pues dice de la ingratitud filial “nothing could have subdued nature to such a lowness” III, iv, 69) Será después de esta invocación que Lear mismo se alíe con la Naturaleza y porte sus emblemas :las flores que rodean su cabeza, cuando les haga un juicio imaginario a sus hijas y las condene por su ingratitud.

          6. El declive de una organización social de tipo feudal y el surgimiento del capitalismo moderno.
     Lear, en su interpretación de la sociedad, representa los valores feudales, mientras que Edmund, Regan y Gonerill representan los valores del capitalismo moderno desde su feroz individualidad e independencia. Lear, un heroe trágico pasivo, como bien lo denomina María Lozano Mantecón, cree que “el hecho del nacimiento lleva implícitos unos ciertos imperativos morales” inalienables y por eso el destino le golpea sin que él ofrezca oposición alguna, excepto insultar y vociferar sus quejas vacías (ejemplo de ello es todo el primer fragmento escogido).
     Por otra parte, Edmund, también según Mantecón, “es el hombre brillante, el hombre nuevo que sabe que su posición en el orden natural no está fijada de antemano…es consciente de que su naturaleza, aunque racional, tiene un elemento indefinido que depende de su creatividad”. El personaje de Edmund es a menudo asociado al concepto de Ateísmo (tema 7), así como Regan y Goberill, debido a su modo de actuar contra toda ética o moral cristiana. Inicialmente podríamos incluso decir que su concepción de la Naturaleza está más cerca de la verdad que la de Lear o Gloucester, su padre. Efectivamente, creo que así es, pero en tiempos de Shakespeare justificarle de este modo sería impensable (aún hoy lo es). Después de todo el término Naturaleza abarca sucesos terribles, pero no el mal.  Afortunadamente Lear invoca a Huricano. A partir de ahora Lear tendrá que transformarse en un ser nuevo, aquel que le obliga la Naturaleza a ser, consciente de sí y de los demás. En lograrlo es ayudado por el Bufón, intérprete y buen conocedor de la Naturaleza, el ser sabio y consciente por antonomasia. Sin embargo esto no les salvará, como tampoco su modo de ser salvará a Edmund.
     Además, la corrupción del amor que lo destruye todo y que fue provocada por la absurda exigencia de amor de Lear al principio de la obra será, a través de las durísimas circunstancias impuestas por la Naturaleza, restaurado a su pureza, una pureza de tal magnitud que acabará matando tanto a Lear como a Gloucester. Curiosamente, los malos de la obra están todo el rato fuera de la Naturaleza y no tienen contacto con ella ni con sus poderes elementales y tremendos. Hablan de ella, eso sí, sobre todo Edmund (“Thou, Nature, art my goddess…” I,ii, 1) pero no es la verdadera naturaleza sino tan solo sus propios instintos, volcados sobre su propio interés, lo que invocan. Gonerill y Regan no sufren evolución o cambio alguno durante la obra, y apenas así Edmund, al final, cuando confiesa haber mandado matar a Lear y Cordelia, y cuando ya es demasiado tande pues está muriéndose (quizás sea el simple hecho de su muerte inminente el único contacto que tiene con la Naturaleza y el que le hace cambiar). Así pues, el hombre nuevo, el hombre moderno, también sucumbe ante la Naturaleza, también es condenado por esta, “por medio de la venganza natural de su hermano, porque Edmund es inmune al amor, y así se ha equivocado de deidad”, nos dice Harold Bloom.
     ¿Quién queda, entonces, a quién salva realmente esta obra? También Bloom nos lo dice: “el extraordinario Edgar, superviviente de los supervivientes en Shakespeare”. Edgar, que no es un hombre moderno sino un hombre herido en su realidad interior. Quizás porque Occidente no puede soportar las Verdades Naturales con las que convivían los indios norteamericanos o caribeños, inmersos en ellas, sino que la civilización Europea necesita enmascarar la Naturaleza para poder soportarla, para creer que la domina. Como ya dije antes, en mi opinión en esta obra predomina el dios ausente, pero incluso en las culturas amerindias este Dios se presentaba a veces en circunstancias extremas, de sequía o catástrofe, para poner las cosas en orden de nuevo. Ese dios, Hurikano, es el invocado por Lear, y el que acude. Pone las cosas en orden a su manera, barre con hombres viejos y nuevos, con el orden feudal y el capitalismo incipiente. Nos deja a Edgar, un hombre herido con un destino sombrío. De hecho Edgar es el segundo nombre, mencionado después del de Lear, en el título original de la obra: “True Chronicle History of the life and death of King Lear and his three daughters. With the unfortunate life of Edgar, son and heir to the Earl of Gloucester and his sullen and assumed humour of Tom of Bedlam”. Edgar no representa al capitalismo moderno. Es, sin embargo, a pesar de ser un hombre herido, un hombre íntegro y lleno de amor. Para él queda un mundo pleno de ambigüedades sin resolver, la estela viva de Hurikano. Ese mundo es, en mi opinión, el que tan bien refleja T.S.Eliot en su obra “The Waste Land”, parte V, “What the thunder said” (que bien podría ser lo que dijo Edgar):
          He who was living is now dead
          We who were living are now dying
          With a little patience
Ciertamente aterrador.

     En conclusión, El Rey Lear, una obra que trasciende el tiempo, que extrae su esencia de remotas raíces y tiende sus ramas hacia un futuro universal, cuestionando la misma civilización mediante un hábil alejamiento de los tópicos isabelinos que reflejan la típica oposición entre la corte corrupta y la aldea o campo regeneradores, más bien un jardín inglés en comparación, pero dejándonos un final abierto y sin resolver, tan ambigüo como la vida misma.
     Una obra cuya carga dramática es tan intensa como un paseo (vacío de dignidad pero lleno de autenticidad) sobre el filo de la navaja que separa la tragedia de una comedia macabra y absurda.
     Y uno se pregunta qué le parecería al rey James I y a su mujer Anna el obsequio Navideño de una obra como esta, semejante “enloquecida fantasía”, como la denomina Anthony Burgess.
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4 pensamientos en “El Rey Lear : la naturaleza como medida de todas las cosas

  1. Soy yo la agradecida y la honrada por vuestro comentario. Muchísimas gracias.
    Shakespeare es una de mis grandes pasiones literarias y espero volver a él el curso que viene, cuando estudie la optativa de segundo ciclo sobre su teatro.
    Un saludo a ambos.

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