Catábasis y anábasis en la trilogía de Auschwitz de Primo Levi

El viaje de ida y vuelta que Primo Levi realizó a ese cronotopo equivalente a la materialización del Infierno sobre la Tierra que fue Auschwitz, lo describió y analizó en tres obras, Si esto es un hombre, La tregua y Los hundidos y los salvados, escritas en 1947, 1963 y 1986 respectivamente.

Moreno Feliu en su obra En el corazón de la zona gris describe el proceso mediante el cual el prisionero se incorpora al campo de concentración como un ritual de iniciación similar a los rituales de sacralización, que requieren tanto de una ida como de un regreso del individuo al mundo de lo profano o a la vida social tras su liberación y curación. Sin embargo, este ritual, aplicado a Auschwitz, tiene un sentido unidireccional, pues el mundo nuevo al que amanece el prisionero es el del mismo campo, una vez realizado el proceso de la completa integración en él, o lo que es lo mismo, habiéndose completado su deshumanización. Por lo tanto, el esquema del ritual de paso (llegada al campo – prisionero –  liberación) se convierte en un ciclo imposible para la mayoría de los prisioneros, que habrán de perecer en ellos. Por otra parte, parece ser que a muchos de los escasos prisioneros que sí logran sobrevivir les es imposible curarse, recuperar la vida anterior o derivar de la experiencia Auschwitz algún conocimiento que no sea intrínsecamente destructivo. A pesar de todo ello, Levi indica que “viviendo y luego escribiendo y meditando acerca de aquellos hechos, he aprendido muchas cosas sobre los hombres y el mundo.”[1], algo que describe como “claramente positivo”.

Siendo Auschwitz un cronotopo infernal, en este escrito pretendo equiparar ese ritual de iniciación con las convenciones clásicas de la catábasis, el descenso a los infiernos, pero también con la anábasis, la posterior resurrección. La Anábasis como salida del campo tiene en Levi algunos elementos que la convierten en un proceso inverso al de la catábasis. Es la repetición de acciones y sucesos ya conocidos en el mundo del ingreso y estancia en el Lager que ahora aparecen dotados de un significado nuevo. Paralelamente se produce la rehumanización del prisionero, la recuperación de su identidad, su deshielo interior. Y aunque esto no pueda ni deba llamarse una “curación”, no deja de ser un aprendizaje ciertamente valioso.

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La vergüenza…

La vergüenza (…) que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla. (…) Nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abjectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.

“La tregua”, 1996

Primo Levi

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Sabía bien de lo que hablaba. Cuando murió en 1987, no se tiene certeza absoluta de si por suicidio pero esa es la teoría más extendida, Elie Wiesel dijo que había muerto en Auschwitz cuarenta años más tarde.

A pequeña escala -siempre a pequeña escala-, creo que la mayoría de la gente conoce el peso del oprobio. Imaginémoslo elevado al infinito…, ¿podríamos volver a sonreir alguna vez?