Premiando, premiando y con el mazo dando

Me alegra saber que hay lugares donde, cuando a uno le dan un premio, se lo dan de verdad. Valga como ejemplo el que le han dado a Clint Eastwood en Francia.
Aquí, en España, en concreto en Cantabria, tierra de las mil danzas -y los mil danzantes- las cosas no son ni parecidas. Hace ya algún tiempo -algún año, más bien-que le han concedido a Miguel Delibes un premio y este pasado verano todavía andaban diciendo que a ver cuando se pasaban por Valladolid para hacerle la entrega. Quizás estén esperando el siempre propicio momento de su muerte para ello.

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El escéptico


Greenpeace. Activistas por el clima

Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.

Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?

Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.

Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.

Paralelismos

Veamos una serie de premisas:

-el individuo está, por definición, solo;

-sin embargo, imagina mil y un subterfugios para no estar así, tales como el grupo, la sociedad, la amistad, el amor, los dioses, la familia… ;

-al final, recurre al arte;

-encuentra en el arte la posibilidad de manifestar su individualidad;

-el arte es mensaje, comunicación, tenga o no destinatario esplícito: la obra artística, sea plástica, literaria, musical… se proyecta desde el claustro de la intimidad hacia el ágora infinita donde se reunen los otros;

-en ese infinito, brilla por un tiempo la individualidad -lo único- para luego empezar a confundirse con lo común -lo universal-;

-con el tiempo -si sobrevive al tiempo- la obra, que no su creador, cede su hermetismo y se vuelve permeable;

-la obra, en su esencia, viaja hacia los otros y se une a ellos, enriqueciéndose, enriqueciéndolos;

 -desde la apreciación de la obra podemos llegar a intuir al otro, ese eterno desconocido que la creó, en su soledad. 

Inauguro esta nueva sección para satisfacer mi debilidad por los paralelismos, por los momentos de epifanía en que las órbitas de esos cometas aparentemente erráticos que son los creadores se cruzan. Dijo Rumi: “Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada”.Celebremos los encuentros. Encuentros entre desconocidos, quizá, pues quién sabe si Escher había visto alguna vez al gato de Franz Marc cuando pintó el suyo.escher_cat.jpg Gato blanco, 1919. Escher                                                gato1.jpg Gato sobre almohadón amarillo, 1912. Marc                                                                                        Obviamente son gatos distintos, aunque ambos sean blancos, pero su sueño es, creo yo, el mismo.                 

Y para empezar propongo dos historias que interpretan el silencio y la naturaleza: Silencio, una fábula, de Edgar Allan Poe, 1837 y El valle del silencio, de Jose María Merino, 1982.

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