Tol Eressëa

Ir a Aman. Volver. Completar un ciclo. Acaso empezar uno nuevo. Corregir el rumbo errado, aunque sea imposible desandar el camino. Recuperar lo que quede de lo que se perdió. Sanar o hallar sosiego. Salvar. Salvar. Salvar. Creer otra vez.

 

Y al fin, hace unos meses, avisté tierra.

En cuanto nos hubimos bajado de la nave, justo a tiempo, la marea empezó a tirar de ella y se la llevó. Quedamos todos como desconcertados en la orilla, sin saber muy bien qué hacer, ni, en realidad, qué playa era ésta, ni por qué habíamos emprendido viaje un día.

Pero ya no se podía mirar atrás porque allí no había nada, sólo un horizonte vacío.

La nostalgia me es desconocida. La memoria, un grueso libro del que arranco páginas a diario para encender el fuego que nos calienta cada noche.

A mí y a los míos. A todos los que he acogido en mi nave, ahora en esta isla.

Ellos esperan de mí. Mucho o poco, según. Para ellos soy un dios. Incluso en la isla los pájaros y las plantas me han adoptado como tal.

Sin embargo, yo soy un dios sin dios. Mirando siempre hacia adelante, no sé aún si conseguiré salvarles o les hundiré a todos conmigo.

El tiempo discurre de otro modo, aquí. O, mejor dicho, discurre perceptiblemente. No lo conocía o entendía, antes, el tiempo. Los segundos eran puro pánico, los minutos dolorosas esperas, las horas como piedras en el cauce de un río sin otro lado que tenía que cruzar a toda velocidad. Yo corría y saltaba, sin apenas moverme, en verdad, acaso porque desde el primer paso había ya caído. Todo ese esfuerzo de tirar de mi balsa contra la corriente, frustrado por la fuerza del agua. Y por la íntima creencia de que debería dejar de oponerme a la realidad. Y por los limos oscuros, borrosos, que agarraban mis pies, y por los juncos inmensos que impedían alcanzar alguna orilla, y por los súbitos golpes de fragmentos de detritus que eran arrastrados hacia el mar y que mi mera presencia entorpecía y hacía enfurecer.

Me lo quitó todo, ese río interminable, ese tiempo. Me lo arrancó del cuerpo, de la mente, del alma. Es un misterio cómo he podido, a pesar de todo, inventarme esta isla y la nave que nos trajo hasta aquí.

Pero al poco de llegar me di cuenta de que el tiempo era diferente en este lugar. Porque la furia del agua se ha amansado y el aire mismo quiere ser como un bálsamo que mitigue los fuegos de mi interior. Segundos, minutos, horas. Son todo lo mismo. Un fluir benévolo que induce a una paciencia agradecida.

Porque aquí ya no existe la espera sino la vida.

Era otoño cuando llegamos. Ahora es invierno. Hay días que del nordeste le da por soplar a un viento gélido y durante semanas ha llovido implacablemente. Entonces, de repente, amanece un día soleado y apacible. Puede torcerse, después, y cerrarse de nubes el cielo. O durar hasta la noche. Al sol, nacen nieblas del fondo del valle que suben despacio hacia lo alto, envolviendo el paisaje en un halo de luz difusa y brillante, como un velo dorado. Las voces de los pájaros llenan misteriosamente el aire con sus conversaciones fundamentales. Buscan por las ramas los brotes nuevos, aún cerrados. A pesar de su miedo constante, están empezando a bajar a los comederos. Ojalá sobrevivan al invierno. La primavera ha de llegar, con o sin ellos. No supone diferencia que algunos mueran, pero para mí es muy importante, aunque no sé por que. Creo que aún no he aprendido a vivir en esta isla.

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