De ovejas y pastores

         Hace poco, enredando en la red, me encontré con una sorpresa. Una sorpresa un tanto desconcertante, pues no podría precisar de qué tipo es, si buena o mala, inquietante, simplemente halagadora, curiosa, perversa o qué. La cosa es que he sido encontrada. Pero no como en el poemilla de John Newton:

 Amazing Grace, how sweet the sound,

That saved a wretch like me.

I once was lost but now am found,

Was blind, but now I see.

Porque no me ha encontrado la Gracia. Y sigo sin ver nada.

A las ovejas extraviadas las busca su pastor, o eso esperamos todos. Luego hay ovejas que andan por ahí sin estar extraviadas. Y pastores que buscan otras cosas que no son ovejas. Es inquietante que una oveja solitaria no esté perdida. Pero no lo es menos que un pastor se dedique a reunir un rebaño de otros animales.

No debiera uno ser tan malpensado. Hay que tener fe en Rousseau, si es que no se tiene en otra cosa. Así que, al margen de la verdadera naturaleza de la oveja, del pastor y de la búsqueda, concluiré que me ha gustado la sorpresa. Que, por cierto, es ésta.

 

 

pensando en petirrojos

Quizás el día del año en que más piense en los pájaros sea hoy, uno de enero.
Los otros días les doy de comer el pan que va sobrando y me gusta mirarles cuando vienen -me conocen- a la acera bajo el balcón desde las vallas y tejados cercanos -me estaban esperando-. Pero hoy, como todos los días uno del año, es un día especial.
La urbanización -ciudad, campo, no importa- está especialmente tranquila y olvidada de todo, sumida en el sueño de los días muy festivos, y, no sé por qué, suele lucir un sol frío pero amable. Los pájaros hace tiempo que se han despertado y esperan. Hoy son más insignificantes -comparados con la magnitud del nuevo año- pero más sonoros -esa misma magnitud impone silencio- que los otros días. Dicen, además, que la vida sigue igual, por mucho que algunos crean lo contrario. Que nosotros, como ellos, somos iguales. Que el recién llegado invierno está ahí delante, entero por golpear. La vida.
La mayoría de ellos la perderán de aquí hasta la llegada de la primavera.
Una de las especies más castigadas es el petirrojo. Un elevado índice de población muere en invierno (de hecho esta tasa hace que su longevidad media en libertad sea de tan solo un año, mientras que en cautividad viven hasta once años), aunque esto se ve compensado por su gran capacidad de reproducción.
Quizás sea su pecho sonrojado, su mirada intensa y su actitud osada que le hace acercarse a los humanos sobre todo en épocas de necesidad, lo que ha convertido al petirrojo en un símbolo de la navidad. Es hermoso, desafiante y cantarín, y es frecuente verle solo, pero no por ello menos animoso, buscando comida sobre la nieve.
Con estas dos espléndidas imágenes de petirrojos -robin, en Inglés, como Robin Hood- doy la bienvenida al año añadiendo el siguiente deseo, tan bien expresado por Emily Dickinson:

Not In Vain
If I can stop one heart from breaking,
I shall not live in vain,
If I can ease one life the aching,
Or cool one pain,
Or help one fainting robin
Unto his nest again,
I shall not live in vain.

 Fotografía de Mike Helliwell

 Acualera de Nigel Artingstall

 

 

El escéptico


Greenpeace. Activistas por el clima

Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.

Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?

Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.

Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.

Voces

En ocasiones oigo voces. O mejor dicho, una voz. Empieza como una extraña tensión interna, tan sólo una vaga inquietud. Luego es apenas un susurro ininteligible. Si escucho con mucha atención, se transforma y acaba teniendo significado. Surge desde el fondo de mí y se convierte en palabra, normalmente no más que un monosílabo. Sí. No. Hay que saber interpretarla.
Infaliblemente, dice la verdad.
Escuchar no es simplemente prestar oídos. Es mucho más. Es pararse, esperar, conceder, aceptar. Es no negarse a la empatía, ni a la reflexión ni al valor. Es correr por ahí saltando vallas muy altas, vallas que otros no se atreven a saltar. Salir del estruendoso laberinto del mundo y encontrarse en la inmensa y delicadamente sonora llanura de la vida.
Pues bien, ayer noche escuché la voz mientras preparaba la cena de fin de año.
En el horno estaba la pata de cordero con las patatas panadera; acabándose de cocer en la vitro estaban los langostinos; la encimera estaba cubierta de fiambres, puding, ensalada…, todo puesto a recuperar temperatura ambiente. También una masera o buey de mar. Era lo último que me quedaba por preparar. La había comprado al mediodía, en mi pescadería habitual. Yo leía en el libro de cocina instrucciones para centollos al vino blanco, pensando que sería parecido cocinar aquel bicho mayúsculo.
Entonces se movió. Hasta entonces no lo había hecho, o yo no me había percatado. Estaba todavía en la bolsa de plástico, sobre un gran plato. El ruído del plástico la delató. Abrí la bolsa con cautela y miré bien a la masera. Parecía una piedra. Entonces soplé suave sobre ella. Sus ojos giraron en sus órbitas, buscando protección, y su pinza derecha -futura suculenta boca de mar- se separó ligeramente de su cuerpo.
Me quedé mirándola, esperando a que volviera a moverse, pero no lo hizo. Llamé a Joel, mi hijo de 11 años, para que dejara su Lego y viera aquello. Cuando estuvo a mi lado, volví a soplar y la masera se movió de nuevo; poco, pero algo fue. Nos quedamos ahí los dos, mirándola.
Entonces sentí la cuerda tensarse en mi interior, la inquietud, el susurro. La voz. Dijo: “No.”
Acerqué mis labios al oído de mi hijo y susurré a mi vez: “¿Qué te parece si la soltamos?”
Por suerte vivimos a cinco minutos andando de una de las franjas costeras más hermosas de Cantabria: Costa Quebrada. Y para allá fuimos, armados de linternas.
No hacía nada de frío, pues estaba de sur. Bajamos por un caminito hacia la más densa negrura de la unión entre tierra y mar, ahí donde hay unas canales de roca y las olas acarician una y otra vez millones de cantos rodados. El mar se revolvía a lo lejos, invisible. Pusimos a la masera en una poza pequeña, para que fuera reaccionando. Luego, cuando empezó a hacer burbujas y a moverse un poco más, la pusimos al borde de una de las canales, completamente bajo el agua. Unos pequeños cangrejos se marcharon apresuradamente. De repente, la masera estiró sus patas y avanzó de lado, enorme y majestuosa, hacia lo profundo.
Estuvimos un rato contemplándola ahí donde se paró, ya definitivamente fuera de nuestro alcance. No sé qué pensaría Joel -quién sabe nunca lo que se cuece en la cabeza de otras personas-, pero yo comprendí de golpe lo que significa cazar y lo que significa dejar de cazar. Ambas cosas pueden tener sentido sin excluirse mutuamente. La cuestión es encontrar la medida justa.
También pensé otras cosas, como y si no hubiera otras maseras por la zona y esta estuviera condenada a una vida de estéril soledad. Y también logré ver la masera con ojos de gaviota y de un vecino experto pescador de percebes. Y también sentí miedo ante la inmensidad del mar, la fuerza de las corrientes, los muchos depredadores y la inexperiencia. Quizás fuera una masera de piscifactoría.
Pero todo eso ya no importaba. O ya no tenía remedio.
Joel y yo volvimos a casa charlando y riendo. Nos abrió Rafa, que no acababa de creerse lo que había sucedido. Joel decía que iba a contarle aquello a todos sus amigos. Al principio le dijo que no -Rafa me apoyaba, había que salvarse del ridículo- pero luego cambié de opinión y le dije que podía contárselo a quien quisiera. ¡Qué cojones! Hay que ser coherente.
Pues sí, en ocasiones oigo una voz y en ocasiones escucho a esa voz. Es la misma voz que me dijo que recogiera de la calle y salvara a los cuatro gatos -cuatro Nikis- que viven con nosotros y son una de las más gratas fuentes de nuestra felicidad. Es la misma voz que me dijo que me separara del padre de Joel el día que de veras le conocí.
No anda desencaminada, no, la voz.

El tentempié del estudiante entrado en años

Cuando sumas el Hamlet y el Macbeth de Shakespeare; la semántica y la lexicografía; a Ishiguro, a Byatt y a Zadie Smith; todo lo que va desde Roland Barthes, Foucault y Derrida hasta Frantz Fanon; toda la literatura poscolonial en lengua inglesa habida y por haber; canapés de La Celestina, el Lazarillo, Garcilaso, Góngora, Calderón, Moratín, Bécquer, Unamuno, Lorca y Blas de Otero; la historia del Reino Unido y de EE.UU.; un pan de Alemán arriba y otro abajo; y todo ello aderezado con una indigerible salsa gramatical, el tentempié resultante se llama CIPRALEX.

Dígale usted ADIÓS a la ANSIEDAD, y luego váyase tranquilo a cumplir con su jornada laboral.

Celama, el mar y el regresarse

Durante mucho tiempo me limité a darle vueltas de vez en cuando en la cabeza: Celama. Siendo como era tan sólo una palabra, tenía, sin embargo, el peso del universo que es. Pero yo no mas lo rondaba, mientras en mi imaginación lo sentía presente y más tangible que muchos territorios que sé que existen por los mapas, los noticiarios o los libros de historia.

Ofrecí a Celama por mucho tiempo resistencia, como a esa corriente invisible, poderosa, impasible, que nos puede llevar sin remedio mar adentro. Y es que tiraba y tiraba de mí, aunque yo no supiera -y creo que eso a él le gustaría- quién era su creador. Supongo que esto me pasó porque cuando miro el mar no me suelo acordar de ningún dios. Luego me he dejado llevar.

Parece ser que llevo bastante tiempo -en realidad, muchísimo tiempo- mirando al mar. Incluso algún amigo hay que me ha puesto bajo la categoría de R.I.P. -no, no me ofendo, pues qué razón ha tenido. Lo cierto es que me ha hecho mucha gracia que, después de muerta, pueda una seguir pintando algo. Desde aquí un saludo, Panta-, mientras que otros amigos me piden que me regrese, curiosa expresión reflexiva y muy afortunada.

Pues bien, he cambiado la carátula y me regreso. Alguna cosa más habría que cambiar por ahí aunque una siga siendo la misma, pues eso es inevitable. Magritte sigue presidiendo la mesa y, pese a que no ha estado nada mal, cierro definitivamente la marea de comentarios sobre gatos. Con los cuatro que ahora mismo tengo ya voy sobrada.

Y a Celama… cuidado con ir, que a veces no se vuelve. 

Celama, según Alejandro Emilio Fernández

Celama, según Alejandro Emilio Fernández

Silencio

“Well, I’m back”, había dicho Sam. Y estábamos a principios del verano… Ahora cae la nieve en alguna parte.

Hace poco un alumno tenía que escribir un texto sobre el invierno. Como no se le ocurría qué decir o pensar -qué raro- propuse que empezara intentando descubrir qué sentía al respecto. En cinco columnas, encabezadas por los cinco sentidos, debía escribir palabras, las que fuesen, que le fueran sugeridas por la idea de invierno en dos muy diferentes situaciones que yo -también- le tuve que proporcionar: el centro de la ciudad un viernes por la tarde en vacaciones de Navidad y un solitario paisaje nevado. En esta segunda localización dejó la columna del oido en blanco. Me costó convencerle de que el silencio, la ausencia de sonido, es en sí mismo una forma de sonido, y harto elocuente, además. Cuando luego escribió su ejercicio -para lo cual le di un contexto, un personaje y un muy esquemático argumento lineal-, obligado a emplear por lo menos dos palabras de cada “sentido”, de las cuales una de cada situación, ciudad y paisaje, acabó por confesar que la palabra “silencio” era la que mejor describía para él el invierno. Había alcanzado una verdad y, lo que es más importante, había logrado formularla con palabras. Se marchó muy contento con su texto. Yo también me alegraba.

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Sin embargo, en su siguiente clase me contó que su profesora en el instituto le había dicho que lo que había escrito no tenía nada que ver con el invierno, que tendría que haber hablado más de la Navidad, del esquí y de si le gusta o no pasar frío en la parada del autobus escolar a las ocho de la mañana. En los ojos de mi alumno había un cierto brillo de resentimiento: yo le había llevado por un camino que no era el correcto. Y él de ninguna de las maneras desea apartarse de los cauces: va raspado en la asignatura de lengua. Ya se está viendo en verano, cuando luce pleno el sol, recluído en el silencio de su habitación delante de un libro. Y como a mí no me gusta jugar con la vida de los otros, he decidido limitarme a enseñarle a hacer esquemas, y cuando tiene que escribir un texto le corrijo tan solo la ortografía. Lo del estilo, que quede para los expertos o, en su defecto, el funcionariado.

Creo que a esa profesora lo que realmente le molestó fue el silencio. El silencio del invierno..

En este blog ha habido silencio durante casi seis meses. Sentía necesidad de silencio, pero uno de veras prolongado, hondo, para nadar en él profundamente en busca de mis propios secretos. Mi vida se había vuelto demasiado agitada y me disgustaba. Empezaba a hacer cosas que en realidad no quería. Y el hecho de que fuera verano no facilitaba las cosas. Así que he estado esperando. He visto llegar e irse la luz del otoño. Mientras, como no puedo evitar ser una persona activa, he estado aprendiendo a crear sin palabras, pintando acuarelas -el paisaje de arriba no es mío, pero es lo que he estado buscando-. Pintando acuarelas en silencio. Pintando el silencio.

Ha sido como dar un paseo, coger un desvío, perderse, vagar sin rumbo una temporada, reconocer -recordar- un perfil lejano y dirigirse despacio, con un nuevo paso, hacia él.snowcrocus.jpg

Mientras tanto, ha llegado el invierno.