Manuel

             Manuel cogió su escopeta y poniéndose el abrigo salió de la casa. 

             Unas horas antes había visto por primera vez la extraña silueta en la ladera oeste del valle, apenas una sombra nueva sobre la nieve caída unos días antes, durante el primer temporal. Estaba cerca de la entrada al elevado desfiladero que comunicaba con los puertos altos y el valle siguiente, y resultaba imprecisa al contraluz de la tarde. Parecía que se moviera un poco, por eso había llamado su atención, aunque desconfiaba de sus viejos ojos. Pero cuando unos minutos después su desplazamiento se hizo ostensible ya no tuvo ninguna duda. Varias veces había vuelto a mirar mientras se ocupaba en poner el ganado a resguardo para la noche, pero no la había vuelto a ver hasta que no fuera a por agua. Desde la fuente se evitaba el obstáculo visual de la pequeña colina que había en el centro del valle, un islote crecido de árboles, ahora sin hoja, rodeado de pastos y a cuyo amparo había nacido la aldea. Se encontraba aún muy arriba pero más cerca. No obstante, su avance era demasiado lento, como si quien fuera que viniera al pueblo estuviera teniendo dificultades. En vez de seguirle el rastro al camino, que en parte oculto por la nieve discurría en espiral por las sucesivas laderas norte y este, suavemente descendiendo hasta abordar el pueblo por el mediodía, iba monte a través, a derecho hacia abajo, dirigiéndose a la quebrada por la que se despeñaba el río. El grisáceo sol otoñal caía deprisa tras la barrera de picos. Pese a que era muy improbable que el extraño alcanzara las casas antes de que la luz empezara a fallar, Manuel decidió esperar aún.

             No fue hasta que empezó a cerrarse la noche que, con un candil encendido en una mano y empuñando el arma con la otra, salió a buscarle.

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Los tejos

     -Lo cierto es que un día tuve miedo. Pero es una vieja historia.

     -Que nunca me has contado…

     -Que no me gusta contar.

     -¿Es que tuviste algún percance?

     -Hace tiempo el miedo no era una emoción extraña para mí, al menos dentro de ciertos parámetros. Corría muchos riesgos en la montaña sin que el miedo se convirtiera en un factor determinante. Se siente, sí, pero se racionaliza, nunca permites que te desarme.

               El asintió, animando a su amigo a proseguir.

     -Fue el último sábado del año que tú estabas estudiando en Madrid- dijo Rodrigo, acercándose a la mesa iluminada a rellenar ambos vasos de whiskey, aunque aún estaban mediados, y volver después a su sitio de antes, en la penumbra de la estantería.- Sara estaba enferma, resfriada creo, y yo estaba solo. Se me ocurrió hacer una ruta corta, los días de diciembre no dan para más, aunque aquél era soleado, soplaba de sur y yo tenía muchas ganas de hacer algo, lo que fuera. Un conocido, un tipo práctico de los que no se dejan impresionar, me había hablado de ese lugar con entusiasmo. Desde lo hondo de un estrecho valle subí por una pista hacia los puertos altos, donde estaba la entrada al desfiladero. Según me acercaba encontré la primera nieve. La temperatura era bastante baja allí. Siempre ascendiendo recorrí el desfiladero crecido de robles y hayas, y cuando acabó el arbolado continué entre rocas y brezos hasta alcanzar un collado. Desde allí, al otro lado del alambre espino que marca las fronteras entre municipios, parte un sendero hacia la cima oeste. Al principio no conseguí dar con él, oculto bajo toda la nieve. Sestea ladera arriba y luego desciende un poco hasta una pequeña braña más allá, donde crece un bosquecillo de tejos. Algunos de ellos tienen más de mil años.

              Rodrigo volvió a quedarse callado y ambos bebimos unos minutos en silencio. Al cabo, continuó con su historia.

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La Sirenita

          Están quietos, muy quietos y juntos, desde hace mucho tiempo. Detrás de ellos -aunque no lo miran- un navío extraordinario ha aparecido -no saben cuándo- en el horizonte. Otros -no saben quiénes- traen sus sueños.

wonders-of-nature-magritte.jpgRené Magritte, “Canción de amor”

          El sol se hunde dubitativo entre las neblinas grises de oriente y aparta los velos del alba la noche. En la oscuridad, sube la marea minuciosa y empieza a recuperar la roca eterna y todavía húmeda. De repente el mar monta en cólera -quién sabe qué atentas brisas- y la pródiga espuma de su azote se concentra y alza un instante sobre la pareja de amantes que ha venido a sentarse a la orilla del mundo a lamentar su destino.

          Ella aún sostiene en la mano el puñal. El Príncipe ha cubierto su desnudez con un manto digno de reyes. Llegan caminando a través del frío final de la noche. Las luces de Palacio les deslumbran. La puerta de la cámara nupcial no hace ruido al cerrarse, ni al abrirse. Al retirar los labios de su frente tras besarle suave, ella le ha descubierto mirándola resignado a recibir el golpe mortal. La sorpresa de ambos equivale justamente al conocimiento. Su esposa, la Princesa, no ha llegado a despertarse pese a la dramática escena junto al lecho. Duerme tranquila y, saciado su lícito deseo, no ha advertido que él, aunque tiene cerrados los ojos, cavila, recuerda, sufre. El Príncipe ha empezado a pensar en ella, la Sirenita, la hermosa y enigmática muchacha sin voz de la que no ha podido despedirse. No está entre los invitados rezagados. Ni siquiera la ha visto durante el banquete o la ceremonia. Sus hermanas sirenas la han entretenido para intentar convencerla, una vez más, de que aún hay una alternativa para ella. Sus largos cabellos de plata son el precio por el puñal mágico de la Hechicera para olvidar anhelos imposibles tras castigar a quienes nos han defraudado. La Hechicera sonríe y concibe futuras maldades al verlas venir: es maestra en la verdad y ha estado esperando todo el rato. Con sus largas tardes, los días previos a la boda no han dado tregua a la Sirenita: el cielo, más límpido y azul que nunca, escapa del alcance de sus manos alzadas, indiferente a sus plegarias. Ante ella, el gran acantilado. La espuma del mar, abajo, la reclama. Ella se demora, aunque confiesa: ha perdido ya la esperanza. Un amor inmenso y puro oprime su corazón. El bullicio de Palacio le es ajeno e hiriente. Espía desde tímidas esquinas los dulces ademanes del Príncipe y la joven Dama, su prometida. Alguna palabra oye, alguna promesa cae de sus labios que le hace apretar los suyos con fuerza, odiando el persistente silencio que ha acabado por agotar al ser amado. Sus ojos hablan intensamente un lenguaje incomprensible para él. Las preguntas quedan todas sin respuesta y de la ignorancia ninguna emoción profunda puede brotar. Sólo simpatía, hermosas risas sinceras al ver cómo ella aprende a bailar, a comportarse en sociedad, a vestir un complicado traje largo y con corsé. Porque ella aparece inocente y torpe y como recién nacida en la playa -en sus oídos, la postrera y vana advertencia de la Hechicera; en su alma, el dolor atroz de su cuerpo partido; en su boca, el sabor amargo de la pócima -, recordándole su propio naufragio. Al rescatarla una vaga sombra oscurece su corazón pero él no quiere distraerse de la imagen del rostro de la Dama, el primer rostro que viera en su primer despertar. Un rostro en el que cree equivocadamente y que por error une a la amorosa memoria de los brazos que le sostuvieran en la tempestad. Mientras, la Sirenita observa asomando apenas entre los vaivenes del mar y ha decidido visitar a la Hechicera para que no muera de imposible distancia esa pequeña alma que él ha alumbrado en su interior. Se rebela ya contra su condición, contra su musculosa cola de pez y el oceánico vacío en su pecho. Con empeño, puede incluso intuir la desgracia. Sus hermanas lloran asustadas. Un hermoso ser humano ha caído desde el puente del navío y se ha hundido en la tempestad. Canta una melodía que le resulta familiar y que ella se ha puesto a acompañar con los sones maravillosamente líquidos que domina tan bien y por los que todos bajo las aguas la admiran y adoran. La hija pequeña del Rey del Mar cumple hoy quince años y quiere conocer el mundo. 
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Ver La Sirenita de Hans Christian Andersen

Cuento ultracorto

Aquí y ahora, también.

Fui yo, pensé.

Dije: “Fue él.”

Sonaron disparos y la historia enmudeció.

Amanecía.

          Recuerdo bien cuando gané el concurso de cuentos ultracortos organizado por “Los encuentros literarios” ovetenses de 1994. De aquella no me había presentado antes a ningún premio ni publicado nada, aunque hacía años que escribía. Tampoco conocía a otros escritores y mi modo de sentir hacia el hecho de la creación literaria y el arte en general era muy diferente. Inmaduro, ante todo. Escribir un cuento tan corto -debía tener máximo cinco líneas- me parecía una meta asequible, aunque luego me di cuenta de la extrema dificultad del asunto. Si quería que el cuento cumpliera con las normas básicas de estructura argumental, el tan manido trío de planteamiento-nudo-desenlace, tuviera alguna pincelada descriptiva y además no pareciera que estuviera “explicando” algo, debía esforzarme al máximo.

          Para mi alegría y satisfacción, gané el concurso. Pero eso no fue lo más importante, sino que creo que aprendí una norma básica de pureza, de epifanía y de sacrificio que desde entonces siempre he procurado poner en práctica en mis relatos. No hay que olvidar que Faulkner dijo: “Kill your darlings”… 
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WYRD

           CUENTO DEL GUERRERO.

          – Escúchame, Freara. Has de quedarte aquí. Pocos hay que te quieran y menos que te sean fieles en esta comarca. Y yo debo partir. Este cobijo es antiguo pero te servirá.

          Con la punta de sus dedos ennegrecidos de barro y sangre Aelfnorth acarició suavemente la pálida mejilla de la mujer. Ella callaba, sus ojos claros velados por la penumbra de la tierra. Luego el guerrero cogió sus armas, que había dejado apoyadas contra la pared, y salió.

          A grandes zancadas se alejó de la entrada de la cueva bajo el viejo roble, en lo profundo del bosque de Enard, en el extremo septentrional del territorio de los Yutos. Silenciosamente, pues las hojas caídas el último otoño, macilentas tras haber pasado el largo invierno bajo la nieve, no delataban su paso. Dejó a un lado el pequeño claro, donde la primavera había hecho brotar delicados crocos azules sobre los que ya se estaba posando la helada de la noche próxima –desde allí y a lo lejos podría haber visto brillar los fuegos de su aldea-, y se dirigió hacia el norte.

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Kore

     Ya oigo ladrar de nuevo al can tricéfalo, triste ejemplar único y desparejado que guarda mis puertas. Sus voces contrapunteadas advierten de la llegada de la barca por la laguna, bogando, parsimonioso, el viejo barquero por las aguas ensimismadas que nunca devuelven el reflejo a la orilla de este lado. Y la dócil carga que porta consigo, pagado su tributo, repetirá, resignada, el eterno ritual de la entrada a mis dominios.
     He de apresurarme lo más lentamente posible a tus aposentos. Quisiera darte tiempo para que disfrutaras un poco más de tu libertad aún intacta y prolongar con ello la posibilidad de mi triunfo. ¡Kore, Kore! Por pasadizos laberínticos me llego hasta ti, atravesando los inmensos salones, bajo bóvedas colosales, en que desembocan todas las escalinatas de piedra, columnas vertebrales del tiempo, construidas cuando la tierra era todavía fácil y en mi joven reino yo aún no padecía la tristeza de saberme inútil, quizás porque apenas te conocía.
     Yo solía iluminar entero este palacio y recrear en él las diáfanas estancias en que moran mis hermanos, al otro lado de las aguas y de los hombres. De vez en cuando incluso me complacía en visitarles. Hasta que me cansé de su perenne día sin resquicios, de sus músicas agradables pero vanas, de su parloteo intrascendente. Ya no deseé más hacer de mi reino una burda réplica de algo que no me parecía digno de imitarse. Preferí sentarme en mi propio trono a observar en qué devenía la muerte, este don que me fue otorgado al azar y del que soy depositario; mi porción de poder.
     Poco a poco se hizo la calma en mi interior, y el silencio. Mis súbditos parecieron hallar reposo y yo, su rey – su esclavo -, hice mía la endurecida sombra de sus cuerpos leves. Se cristalizaron mis alas y me encerré aquí con ellos para ser el pozo profundo en que todos vienen a caer. Sinceramente, creí estar actuando de acuerdo conmigo mismo. Pero han pasado los siglos y he acabado por comprender que mi gesto nunca será suficiente. Ni siquiera nutre el sacrificio. Aleja. Y duele la distancia. Por eso puse mis ojos en ti.
     Allí donde tú estás – donde tú estabas – es el lugar que yo quisiera… Pero allí los hombres me han olvidado. Y aunque les quede un resto de presagio y de vértigo, eso no soy yo sino el final de sus desdichas, a las que se aferran desesperadamente, el más caprichoso de los obstáculos que tú les pones. Lamento que no logren entender nada. Han preferido desnaturalizarme y condenarme a la soledad terrible, desterrado de su mundo, arrebatando para sí mis atributos y creyendo que de ese modo no se encontrarán jamás conmigo. Yo, el que nadie quiere ver porque nadie puede soportarlo, incapaces de sobrevivirme, que es su secreto anhelo. Pero entonces, ¿cómo puedo caminar entre ellos, que es – ahora lo sé – el aprendizaje necesario para pasear en paz por mis veredas? Tú, Kore, eres la única que puede mirar mi ser desnudo y atroz, sin alternativas, pero solamente porque tu vida es eterna y no consiente la amenaza. Mas yo preciso otra cosa de ti además del contemplarme.
     ¿Sientes el suelo estremecerse con mis pisadas cuando voy a ti cada noche, concluídos mis deberes, hastiado del helado mármol? ¿Oyes, acaso, los ladridos que anuncian el final de los días comunes, comprensibles, el principio de la desoladora realidad que emana de mí y se extiende más allá de las aguas hasta alcanzar a todas y cada una de las frágiles sonrisas que tú alumbras y apagarlas?
Temerosas, las paredes ocultan su presencia en una oscuridad tan sólo deshecha por el débil suspiro de las velas que tiemblan ante mi cercanía, derramando el esperma desde sus imperfectos pedestales, mostrando el camino hacia la torre más alta, donde me he atrevido a encerrarte. Vengo envuelto en la profunda nada de mi manto, y mi carne incorruptible, en forma de mano, sostiene el cáliz de plata con tu alimento, apenas unas semillas de granada que deposito a tus pies para ver cómo una y otra vez las rechazas.
     Leo tu mirada. Sabes que en tu ausencia los campos no han logrado rendir fruto, que las flores que brotaron se marchitan, que hace frío, viento y lluvia. La primavera ha invertido su curso para precipitarse en brazos de un invierno que no conocía. Indiferentes, se distrajeron las estrellas y abandonaron a los hombres. Te preguntas qué será de ellos, desdichados.
     Pero ni siquiera tú sabes lo que han perdido, lo que nunca han tenido. Tú, sutil mariposa tan ajena a la frialdad de tu vitrina.
     Estoy esperando tu respuesta, lentamente avanzando. Cada vez son más los que llaman a mis puertas. Niños y ancianos, hombres y mujeres. Enfermos, hambrientos, ateridos, locos.  ¿Es que alguna vez los has visto ir así a ti? Son todos yo, y yo no puedo remediarme. Acuden a reunirse con el único dios que les queda, entregados los demás a su grácil paraíso. Y vienen a raudales: cien cuando la primera nevada; mil cuando se agotó el trigo; cien mil cuando se levantaron en armas. Llegan arrastrando sus cuerpos aciagos… ¡Breve, breve es lo que tú les das!
Entran y se dispersan por mis jardines, pasean bajo mis árboles, beben de mis fuentes, comen las mismas semillas de granada que yo te ofrezco, agotan sobre mi hierba gris su vigilia interminable. Están muertos. Nada hay para ellos más allá de su estancia en este lugar al que solos llegan y en el que solos continúan, recorriendo las colinas infinitas, los valles incontables de su sepulcro, mi jardín. Sin embargo, no se dan cuenta de su soledad, ni siquiera les queda un poso de deseo o añoranza por la superficie que, por su bien, les hago olvidar. Ya no les pertenece y lo mismo les da morar bajo este árbol o aquél, beber de esta fuente o aquélla. Han de estar aquí y están, sin más. Qué distinto de la avidez y la furia de su crecimiento al amparo de tu presencia. No sólo lo han perdido todo sino que, tranquilamente, renuncian.
     Pero yo no les he despojado. ¿O es que, siendo la muerte, soy acaso también el motivo de la muerte?
     Quisiera que tú, Kore, en el tiempo que te concedo espaciando mis pasos por los oscuros tránsitos hacia tu crisálida, te preguntaras si no serán tanto víctimas tuyas como mías. Tú, Kore, la vida. Si ,espalda contra espalda y sin mirarnos, no estamos conspirando contra ellos para que no germine su simiente. El trigo, Kore, que tú plantas en el seno de la tierra y que yo he de segar cuando está maduro. Cortarlo antes de tiempo, dejarlo que se pierda, ¿es ése tu consejo?
     Este es el último tramo de escalera, el que anticipa el horror de mi presencia y las gemas de brillantes colores de tu llanto derramado por el suelo negro de esta  cárcel. No soy una grata compañía, lo reconozco. Has visto a mis súbditos, mis huestes, y comprobado lo mucho que a ellos he llegado a parecerme. Ellos, los malditos, los que no resucitarán jamás a ti. Cuando sus ojos cerrados se abren de nuevo es mi a quien ven, soy yo quien se ocupa de su postrera existencia, porque ellos no pueden ya ocuparse de nada… Mansos, acabados, apenas si me necesitan. Y sin embargo, me tienen. Yo les espero, les abro las puertas, lavo sus cuerpos maltrechos. No sé nada de sus almas; no les juzgo, no les castigo o recompenso como tú: a todos trato por igual. Y para no hacerles violencia – están tan a mi merced – he frustrado mi voz por su silencio, reniego de toda servidumbre y soy yo mismo el que se inclina a tomar el agua que sacia su sed y la mía, y recojo mi propio alimento, que es también el suyo. Pero cuando nuestras miradas se cruzan durante los paseos, atravesando las tinieblas, percibo la suya, cansada de mirar y de tanto haber visto, tropezar con la mía, estéril, torpe y sin consuelo, que les lacera. Nunca me ha sido dado ver nada de lo mucho que podría ver rozando tu piel tan sólo. Por eso, ellos y yo, somos, en el fondo, extraños, y su estancia aquí se convierte en una cruel condena hecha perpetua. Es la ociosidad, la inutilidad de mi reino, apartado de ti. Llámalo infierno; llámame infierno. Es en lo que me has convertido.
     Mis gentes esperan – y es tan largo –, sin saberlo, a que me abras tus puertas como yo, cada día, te abro las mías. Si me dejases ceñir tu cintura y depositar en ti la riqueza de mi podredumbre…, si quisieras comer de mi mano el fruto de ambos, fruto de vida y de muerte, e iniciarte en el misterio de mi ser contrario a ti pero cuya norma inamovible necesitas… Temo se acabe mi tiempo contigo, temo que los dioses de los que me he apartado por sus tristes criaturas te reclamen, frustrando la esperanza. Y yo no quiero, no debo obligarte…

     He llegado a la puerta detrás de la que tú estás. He venido despacio, como sabes, pero inexorable. Un día no tan lejano te robé, Kore, a los tuyos. Arranqué de su lecho altivo la flor más bella y pura y salvaje, anegada en la fragancia de la carne tronchada de los narcisos que recogías para tus altares. Me apoderé de la más valiosa fuerza de la naturaleza, tú, aquella sin la cual nada es posible. Ahora, sin ti, la tierra aprisiona como un nudo mojado los cuellos de sus moradores.
     Sé que quieres regresar. Pero cuando lo hagas, ¿soportarás el recuerdo de lo que aquí has aprendido? Has de dejar que te conozca y conocerme tú o no habrá más primavera como antes. No es una aberración hacerlo. Te dolerá, mas si me ayudas poseerás también la experiencia profunda de la sanación de tus heridas. El amor, Kore, el amor. Sombras cada vez más numerosas se suman a mi oscuridad. Acepta una semilla de granada, ingiérela y que se mezcle con tu sangre. Tiéndete, blanca, sobre mi cuerpo en el lecho, y vence sobre mi amor, que ya se ha rendido.
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La escalera del cielo

     Yo tuve un sueño en que subía la escalera del cielo.
     El camino empezaba en las elegantes playas del placer y del merecido descanso, discurría por las callejuelas traseras de la cultura milenaria que remansa y a veces se estanca en las pequeñas ciudades de provincia, y luego tomaba la ancha y moderna autopista de la razón práctica. Por ella recorría la fea herida que el hombre infringe a la tierra para domarla. Cicatriz orgullosa que se exhibe en la victoria, red de rutas que nos traen y que nos llevan de la correa del progreso por las veredas de una Utopía plastificada.

     Pero acaso por un error fortuito, o vilmente traicionado por el deseo clandestino que algunos aún albergamos de abandonar los cauces comunes y encaminar nuestros pasos hacia aquella fuente cantarina y humilde que creemos nos está en algún sitio reservada, tomé un desvío y abandoné toda cordura. Quería encontrar la escalera del cielo.
     El valle se alargaba, así como lo labrara el río en tiempos anteriores a la memoria. Alargados eran también los dedos que las montañas interiores extendían hacia la costa en su intento por tocar el mar. Por entre ellos y paralela siempre al río ascendía la carretera. Largo, largo tiempo. Subiendo y subiendo siempre a la contra. Los pueblos poco a poco escaseando, los pájaros cantando cada vez más fuerte y en los recodos la esforzada naturaleza recuperando minuciosamente una vana hegemonía. Y yo me decía: ¿cuál, si no ésta, podría ser la escalera hacia el cielo? Y me alegraba, pues imaginaba ya mi recompensa.
     Pero no, aún debía llegar a los pies de la auténtica escalera. El último pueblo recostado al sol contra la ladera herbosa de su gran pasto comunal me vio pasar de largo, extrañado, pues yo me había fijado en la profunda hendedura, la garganta en sombras, los difíciles pliegues de un sendero en el inmenso escalón, hecho sólo o por esclavos o por gigantes, que cerraba el paso.
     Había llegado el momento de emprender el vuelo desde el oscuro valle de la civilización hacia el luminoso umbral del cielo.
     Y yo subí, en mi sueño.
     Y en mi sueño encontré el último valle. O el primero. El cuenco de la mano de Dios.
     En él los mismos árboles, riachuelos y peñas, los mismos colores y cantos y huellas, las mismas casas antiguas arracimadas en diminutos pueblos. Todo igual que en cualquier otro lugar, pero conservando su belleza aguda y fresca, original aunque ajada, entretejida con los hilos dorados del recuerdo de tristezas, males y sufrimientos, pero sin la sombra ni la mancha ni el erial.
     Y he aquí que en el valle había otros. Algunos, pocos. Y he aquí que estaba la fuente que yo deseaba, al abrigo de montañas sagradas. Y al beber de ella una sed mayor se despertó, una sed urgente y agónica como sólo puede sentirse en sueños. Pero los otros me advirtieron: somos pocos y cada vez menos. Debe de ser que la fuente está maldita. Muchos hablan de ella, sí, pero ninguno de los que habla quiere de ella beber. Y los que ya hemos bebido huimos si podemos. Demasiado grande, demasiado elevado es el tributo que pagan los que permanecen. No lo querrás para ti ni para los tuyos. Márchate, regresa, desciende la escalera.
     Por supuesto, les creí -de esa forma ciega y absoluta en que uno cree las cosas en los sueños- y retrocedí espantada hasta el borde del escalón. Pero desde allí volví la vista atrás. Un anciano consumido esperaba con infinita paciencia la llegada del próximo invierno, sentado a la puerta de su casa. Un invierno como solamente en los lugares verdaderos se puede conocer: desnudo, silencioso y solitario. Pero ahí se acababa todo lo natural, pues era, por encima de cualquier otra cosa, un invierno sin esperanza. Aún más bello me pareció entonces el valle. Sin embargo, comencé a descender despacio por el sendero. Una vez abajo, el mundo me acogió como a un hijo largamente extraviado.
     Ese fue el momento de mi despertar.
     Ahora sé que los hombres son más crueles que los dioses. Y que dichoso es aquél que logra vivir a la altura de sus sueños, pues desde ese día la sed no ha dejado de atormentarme.

¿Qué lugar es éste?
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Y, claro, aquí está la verdadera Stairway to Heaven de Led Zeppelin. Son los mejores.