El soneto 73 de Shakespeare

That time of year thou mayst in me behold
When yellow leaves, or none, or few, do hang
Upon those boughs which shake against the cold
Bare ruined choirs, where late the sweet birds sang.
In me thou seest the twilight of such day
As after sunset fadeth in the west;
Which by and by black night doth take away,
Death’s second self that seals up all in rest.
In me thou seest the glowing of such fire
That on the ashes of his youth doth lie,
As the deathbed whereon it must expire,
Consumed with that which it was nourished by.
   This thou perceiv’st, which makes thy love more strong,
   To love that well, which thou must leave ere long.
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Vínculo al análisis de este poema.

Para cercos que se van cerrando, este soneto, acaso uno de los más bellos de la literatura universal. El tiempo va cercando al amor y a sus posibilidades: primero es una estación, luego un día, finalmente las pocas horas de existencia de un fuego. El inevitable acoso de la vida, es decir la muerte, se cierne sobre el poeta que, sin embargo, aún defiende una fortaleza que sabe perdida de antemano. El tiempo concedido -por la vida, por la juventud y la belleza- es cada vez más breve así que carpe diem, venga ese fulgor, y en el ámbito protegido por la voluntaria ignorancia, por el voluntario olvido, ¡arde!

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Yamíl Díaz Gómez

          Hace cinco años Rafa llegó de su último viaje a Cuba -creo que no ha vuelto desde entonces por un exceso de amor hacia ese país, aunque a él no le gusta hablarlo- trayendo, entre otras cosas, un cinturón guajiro de madera, unas partituras y un par de libros del joven poeta de Santa Clara Yamíl Díaz Gómez (1971): “Apuntes de Mambrú” (Premio Fundación de la ciudad de Santa Clara, 1992) y “Soldado desconocido” (mismo premio, 2000). De este último me gusta sobremanera el primer poema perteneciente a “Postales de antaño”, una décima sin título (tan sólo la indicación de Glosando a Navarro Luna) que dice así:

Vienes del amanecer

con los párpados tan rojos

que te buscan nuevos ojos

desde mi rostro de ayer.

Porque tu signo es tejer

una trampa al aguacero,

me convierto en prisionero

del agua muda, remota,

y otra vez tú -gota a gota-

ca-es des-de mi som-bre-ro.

                    .

Yo perdido en la emboscada

que le trazaste a la lluvia;

pero ahora ha sido la lluvia

quien te trazó una emboscada.

Y lloverá en tu mirada

eternamente, mujer.

Tu signo será caer

lenta sobre mis despojos.

Como ha llovido en tus ojos

no he visto nunca llover.

          Igualmente maravilloso me parece el poema Última carta de Cyrano de Bergerac, que dice así:

Tus manos que sigilosas

tejen, Roxana, mi suerte,

laten igual que la muerte

dentro de todas las cosas.

                    .

Callo mi amor.

                           Y te posas

en mi hombro derruido.

Callo mi amor, y es sonido

tu esplendor, que me lacera

como si muerte fuera

no más que un leve zumbido.

                    .

¿Qué improvisado estandarte

para del tiempo cubrirte?

¿Qué lluvia para dormirte?

¿Qué sol para no quemarte?

Saberte, asirte, añorarte…

(trabalenguas de lo inerte).

¿Qué voz para detenerte

cuando, vencida, te apartas?,

si al final todas las cartas

van a manos de la muerte.

                   .

Palabras.

                Como el invierno

retornan a tu balcón.

Son hermosas porque son

escritas desde el averno.

Son el adiós sempiterno.

                    .

Muerte, detén tu fluir

porque lo triste no es ir

donde tu verbo retumba,

sino llevarse a la tumba

tantas cosas por decir.

          Lírica rondada por el riesgo, abrumada por el silencio, cargada de pathos, de ternura. Una oportunidad a la vida posible.

          Lógicamente, no puedo conocer Cuba pues nunca he estado allí (Rafa cuenta cosas, repito, solamente de soslayo).  Leer entre versos y líneas, entre fotogramas o pinceladas, apenas me permite vislumbrar. Pero ya es algo. Otros van y no ven nada. Quizás si algún día pudiera acariciar el tronco de una grandiosa ceiba… 

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La vergüenza…

La vergüenza (…) que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla. (…) Nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abjectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.

“La tregua”, 1996

Primo Levi

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Sabía bien de lo que hablaba. Cuando murió en 1987, no se tiene certeza absoluta de si por suicidio pero esa es la teoría más extendida, Elie Wiesel dijo que había muerto en Auschwitz cuarenta años más tarde.

A pequeña escala -siempre a pequeña escala-, creo que la mayoría de la gente conoce el peso del oprobio. Imaginémoslo elevado al infinito…, ¿podríamos volver a sonreir alguna vez? 

César Vallejo: Hoy me gusta la vida mucho menos…

Hoy me gusta la vida mucho menos,

pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.

Casi toqué la parte de mi todo y me contuve

con un tiro en la lengua detrás de mi palabra.

Hoy me palpo en mentón en retirada

y en estos momentáneos pantalones yo me digo:

¡Tánta vida y jamás!

¡Tántos años y siempre mis semanas!

Mis padres enterrados con su piedra

y su triste estirón que no ha acabado;

de cuerpo entero hermanos, mis hermanos,

y, en fin, mi ser parado y en chaleco.

Me gusta la vida enormemente

pero, desde luego,

con mi muerte querida y mi café

y viendo los castaños frondosos de París

y diciendo:

Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y repitiendo:

¡Tánta vida y jamás me falla la tonada!

¡Tántos años y siempre, y siempre, siempre!

Dije chaleco, dije

todo, parte, ansia, dije casi, por no llorar.

Que es verdad que sufrí en aquel hospital que queda al lado

y está bien y está mal haber mirado

de abajo para arriba mi organismo.

Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,

porque, como iba diciendo y lo repito,

¡tánta vida y jamás! ¡Y tántos años,

y siempre, mucho siempre, siempre siempre!

                                                                                   1931

          Queda con este magnífico poema inaugurada la sección de los Martes literarios, dedicada a poemas, trocitos de prosa y demás literatura varia que cada martes pretendo lanzar como mensaje-en-una-botella al mar hachetemelénico.

          Qué decir tiene que a mí me gustan mucho estas obras y por eso las selecciono, pero me abstendré de comentarlas. Para eso, vosotros…