Amores literarios

Veo que está muy de moda últimamente en la blogosfera educativa hacer listados de aquellos libros que en una más o menos lejana juventud despertaron ese hambre insaciable llamado amor a la lectura. Valgan como ejemplo un par de blogs que me gusta seguir de cerca: Cuaderno de clase y La bitácora del tigre.

La verdad es que las listas de libros suelen ser atractivas a la par que orientadoras programáticamente. En mi infancia, mi madre, gran lectora, tenía en mente -yo se lo notaba- una serie de obras que yo debía conocer y que, a ratos, ella me leía. Entre ellas recuerdo el poema El Piyayo, de José Carlos de Luna y Platero y yo, de J.R.Jiménez. Muy a duras penas incluyó en su lista el que era, por aquel entonces, mi poema favorito: La desesperación, de José de Espronceda. Cuando me lo leía, al tiempo se reía y claudicaba de mí.

Con once años, poco antes de venir a vivir a España, en el colegio inglés donde yo estudiaba, mi profesor, llamado Mr.Bright -qué adecuado-, intercaló como actividad diaria entre las mates, las ciencias naturales y la lengua unas sesiones de lectura que tenían su particular ritual: bajaba las persianas de las ventanas, dejando la clase a oscuras, encendía en su mesa una pequeña lámpara que, creo, se traía de su casa, y nos pedía que nos pusiéramos cómodos, apoyada la cabeza en la mesa si queríamos y cosas así. Entonces se ponía a leer. Así nos leyó The lion, the witch and the wardrobe, de C.S.Lewis, hoy archiconocido. La aparición del fauno junto a la farola en el claro del bosque nevado permanece en mi imaginación como el momento clave de mi vida, ese punto de inflexión que no tiene vuelta atrás, cuando me di cuenta de que había un lugar que podía llamarse de muchas maneras -entonces se llamaba Narnia- donde siempre sería feliz. Poco después en el colegio hubo un mercadillo de libros, proporcionados a muy bajo precio por varias editoriales, en que cada alumno podía adquirir con su dinero de bolsillo los libros que quisiera. Mr.Bright nos proporcionó un pequeño listado para orientarnos: mi primer listado de libros. Como mi admiración hacia él era rendida -y aún se mantiene así- compré todos los libros de la lista que pude más algún otro que me pareció. En total fueron catorce libros. Recuerdo que tuve que pedirle dinero extra a mi padre, quien me lo dió a regañadientes, pues a él los libros le parecían una estupidez. En la lista estaban las Crónicas de Narnia completas, los tres libros que Joy Adamson escribió sobre la leona Elsa – que no son libros de ficción- y The god beneath the sea, de L.Garfield y E.Blishen, un novelita en que se fabulan los mitos griegos. En nuestra clase también había una pequeña biblioteca -había una en cada clase del colegio, con libros adecuados a cada edad- y un listado de recomendaciones hechas por los mismos alumnos. El último libro que saqué -y que nunca pude devolver (mis padres me sacaron del colegio repentinamente cuando se divorciaron y el caos hizo presa en nuestras vidas), pequeño “delito” involuntario que aún me causa vergüenza- fue Watership Down, de Richard Adams, obra favorita en clase, cuyo final aún me emociona hasta las lágrimas y que cuando lo leí por primera vez me pareció prodigiosamente largo -478 páginas eran muchísimas para mis once años-. Acababa de morderme el gusanillo de los libros gordos. Al poco de estar en España vi en La Casa del Libro, librería de la Gran Vía madrileña, una obra en inglés -yo todavía leía exclusivamente en esa lengua- que tenía una pinta estupenda y además era gordísimo, prometiendo, por lo tanto, una prolongada dosis de diversión. Corría el año 1979 y me parece que debían de ser muy pocos los que leyeran aquel libro en inglés -no creo que hubiera sido aún traducido- en España. Era The Lord of the Rings, de J.R.R.Tolkien.

De mis lecturas de adolescencia puedo extraer otras listas en las que aparecerían obras como Dune, de Frank Herbert, las series de Edgar Rice Burroughs dedicadas a Marte -como La Princesa de Marte- y a Venus -entre ellas Carson de Venus-y el resto de las obras de Tolkien. Pero fue la llegada a mi vida de unos cuantos amigos algo mayores que yo lo que produjo mi entrada en la adultez literaria a mis diecisiete años. En el listado de aquella época he de incluir obras como La peste, de A.Camus; El principito, de A.de Saint-Exupéry; El lobo estepario, de H.Hesse; El filo de la navaja, de Somerset Maugham; El túnel, de E.Sábato; Cien años de soledad, de G.García Márquez; Muerte en Venecia, de Th. Mann; El libro de arena, de J.L. Borges; El cuarteto de Alejandría, de L.Durrel y Memorias de Adriano, de M.Yourcenar.

Y ya llego al último estadio, el que se ha hecho permanente, la época en que empecé a vislumbrar el remoto fondo de los libros que leía -me parece que hasta entonces sufría un deslumbramiento, una pasión, más que otra cosa-, cuando se despertó el que es mi más sincero u honesto amor a la literatura. Fue un momento quizá algo tardío según los cánones, pero nunca es tarde si la dicha es buena. Sucedió hacia 1995, cuando leí (algunos de nuevo) Great Expectations, de Ch. Dickens; Short Stories, de D.H.Lawrence; Como el agua que fluye, de M Yourcenar; Tres rosas amarillas, de R.Carver; Vida y tiempos de Michael K, de J.M.Coetzee; Los indiferentes, de A.Moravia; La tregua, de P.Levi; El amante, de M.Duras; El evangelio según Jesucristo, de J.Saramago; El exilio y el reino, de A.Camus y Lo bello y lo triste, de Y.Kawabata.

Mientras que la primera época empezó con una inmensa alegría entre lágrimas -la muerte de Hazel, en Watership Down y la partida de Frodo en The Lord of the Rings-, y la segunda con perturbación -qué enigmáticas y a la vez reveladoras eran las palabras de Tarrou en La peste, por no mencionar a Harry Haller, de El lobo estepario o la fascinante galería de personajes de El cuarteto de Alejandría– a la tercera época he llegado con una serenidad de la que carecía antes pero en la que no se han perdido ni la emoción ni la inquietud.

Hace poco le he leido a mi hijo de nueve años El león, la bruja y el armario, de C.S.Lewis. Tengo grandes esperanzas puestas en él que no deseo se hagan demasiado evidentes, pues a empujones no se llega a este reino, el de los libros, sino que súbitamente ha de caerse en él, como Alicia a través de agujero de la madriguera de conejo. En casa están la mayoría de las obras que encuentro en los listados clásicos, ya se sabe, La isla del tesoro, de R.L.Stevenson y obras de Julio Verne y de Jack London, por no mencionar de nuevo mis propias lecturas favoritas. Los anaqueles esperan; yo espero. Joel -mi hijo- ha de leerse cuatro libros por trimestre en el colegio y hacer la ficha correspondiente. Nadie le lee allí y contra mí pronto se rebelará, como es lógico y natural. Por lo pronto le gustan los dragones por encima de cualquier otra cosa. Cuando he de llevarle a Santander -nosotros vivimos en las afueras- su premio por semejante suplicio es ir a nuestra librería favorita y que escoja un libro, cualquier libro. A veces en vez de libro me pide un Bionicle, qué le vamos a hacer. Por supuesto, se lo compro, pues él sabrá. Me parece que cuando está a solas con ellos, los libros, durante ese rato en la cama antes de dormir -ya ha cogido esa costumbre, por suerte-, lo que hace es mirar las ilustraciones nada más. Pero ya es algo y no poca cosa, por cierto.

A veces me pregunto qué bicho-libro le picará.         

       

   

4 pensamientos en “Amores literarios

  1. Qué maravilla de relato. Me he emocionado mucho con tu historia del colegio, Mr. Bright, y el divorcio de tus padres.

    ¿Te parece bien, Niki que incluya tu lista de recomendaciones en el PDF que estoy preparando?

  2. Por supuesto, y muy honrada me siento, además.
    La verdad es que echo de menos a veces a Mr Bright, un hombre, por otra parte, duro dunde los hubiera: venía a clase siempre con corbata y fue el único del que nunca supe el nombre de pila. Claro que hoy en día se les gasta ese nombre a muchos profesores sin obtener nada a cambio por ello, así que no me puedo quejar.
    Creo que se podría lanzar un meme -creo que se llama así, pero no se cómo se lanza- con la siguiente pregunta: ¿cual es el libro que los padres, sincera y desprejuiciadamente y aun a pesar de nosotros mismos, creemos o hemos percibido más les ha gustado a nustros hijos?, ¿es un comic?, ¿es ninguno?
    Esta información, junto con la edad del vástago, podría darnos una idea no sólo de por dónde van los tiros en literatura infantil y juvenil sino también ayudarnos a conocer -y aceptar, que a veces es necesario aunque suene un poco fuerte- a esos seres que además de nuestros hijos son sus propios dueños y entidades, en el fondo, muy desconocidas. Maravillosos misterios que no se pueden resolver pero de los que hay tanto por aprender… Ha sido gracias a mis alumnos que he acabado por leer y engancharme a la serie de Harry Potter, muy entretenida, por cierto, aunque se le vean todas las entretelas. También daría semejante estudio un vislumbre de la sociedad del futuro de la cual nosotros, longevos ancianitos en ciernes, acabaremos por depender.
    Ah, se me olvidaba confesar que en mi infancia, entre el pescaillo del Piyayo y los truenos de Espronceda, en mi intimidad, lo que más me gustaba leer eran los Dumbos, tebeos del Pato Donald que mi madre me conseguía a través de mi abuela en España, que estaban en español -gracias a ellos principalmente mantuve activa esta lengua- y que por desgracia perdí en en curso de la vida. Pero recuerdo aún algunos títulos muy evocadores como “Andes por donde andes, nunca andes por los Andes”.

  3. Qué coincidencia, Beatriz. Yo también leí (y creo que los guardé en el trastero de la casa de mis padres, donde andarán cogiendo polvo) esos mismos tebeos. Y también recuerdo ese título, que siempre me hizo mucha gracia.

    Anoto, pues, en mi lista, tus recomendaciones. Cuando la acabe y la pase a PDF, lo haré saber en mi blog.

  4. Pingback: La Bitácora del Tigre · Sobre lecturas juveniles: PDF con sorpresa

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