Premier Automne

Las palabras son importantes. La elección de las palabras. La elección de la palabra precisa que no hiera, que respete. Esto no lo aprendí en toda una licenciatura de filología sino en una sola asignatura de antropología.

Creo que esta historia sin palabras nos habla de la compleja experiencia de las palabras entre el yo y el otro. Y de lo bello que es el otoño. La historia no elude lo más terrible, la muerte, que aquí cobra un significado nuevo. Porque, quizás, esta historia, realmente, trate de la muerte, y de lo necesario de llegar con ella a algún entendimiento. Mediante la palabra precisa. Aquí, la imagen precisa.

Pero lo más sorprendente ha sido la mera belleza. La emoción. El arte.

Clint Eastwood y el Paradigma de “Shane”

Este post es un boceto preliminar de un trabajo más amplio que estoy realizando sobre la estructura catabática de ciertas obras de arte icónicas del siglo XX. En este caso, el modelo ha sido aplicado al western Shane y a algunas películas de Clint Eastwood.

 

 

CLINT EASTWOOD Y EL PARADIGMA DE SHANE

Cuando Clint Eastwood dirigió Pale Rider en 1985, la obra fue rápidamente clasificada como un remake de Shane, el mítico western de George Stevens de 1953. Sin embargo, y según apunta Stephen McVeigh, “Pale Rider is actually de third part of a triptych of films that do consciously rework Shane “.En concreto, McVeigh se refiere a A Fistful of Dollars, 1964, de Sergio Leone, y dos westerns del propio Eastwood, High Plains Drifter, 1973, y Pale Rider. Fred Erisman añade otra obra a este tríptico dedicado a la deconstrucción del mito de Shane : la obra de 1992 Unforgiven. Por mi parte, considero que el análisis de Eastwood sobre el tema del héroe mítico del western se puede extender a Gran Torino, de 2008, como también han apuntado otros críticos como Donivan Clemens, Aaron Weiss, Jonathan Romney o Alexander Coleman en sus reseñas de la película, a la que se refieren como un western contemporáneo.

Parece un gran salto establecer los vínculos entre Shane y Gran Torino pero observando las mencionadas películas intermedias, considero que puede trazarse una línea de una a otra de modo que ambas películas se iluminen mutuamente. Más allá del tema de la “katábasis”, que explicaré en su momento, existen los suficientes rasgos comunes como para identificar en Walt Kowaltski trazas significativas del pistolero Shane.

Sigue leyendo

Avatar: Cautos e incautos en el planeta Pandora

El que Pandora era un regalo envenenado era algo que ya sabían los antiguos griegos. Tras más de 2500 años de historia, parece que muchos lo hayan olvidado, a pesar de que la misma película advierte, entre otras cosas, de las dramáticas consecuencias de que un pueblo pierda su memoria colectiva, aquí simbolizada por el árbol de las almas. Pese a todo, acudimos en masa a ver Avatar, la Película -con mayúsculas por el grado de innovación técnica que porta consigo, por la cantidad de belleza, por la cantidad de veneno-, así como la primera humanidad -masculina, por supuesto- acudió en masa a recibir a Pandora, la primera mujer, regalo de los dioses y portadora de una caja maldita que contenía todos los males posibles para el hombre, todo lo que podía acarrearle la destrucción, y donde quedó guardado su único consuelo: la esperanza.
Sigue leyendo

2012 y Philip José Farmer

Hace poco he tenido ocasión de ver 2012. Acudí al cine empujada por mi hijo de 12 años Joel, cuyo mote casero de Pirivín -no sé por qué se lo pusimos, quizás por ser muy larguirucho y flaco- hace que a este tipo de películas las llamemos “cine piriviniano”. En fin, como todavía está en la edad de que se le satisfagan deseos de este tipo -ya llegará el día en que se le pueda decir “pues ve tú”- , para allá fuimos los dos.

Casualmente estos días estoy enfrascada -a pesar de que no debo, no, pues llevo diez asignaturas en la universidad, todo para acabar este año la carrera- en la lectura de “The Riverworld Saga” una estupenda colección de libros de ciencia ficción de Philip José Farmer, ambientados en un futuro planeta donde toda la humanidad es resucitada con oscuros propósitos -por cierto, la pista a estos libros me vino sugerida por una entrada ya algo lejana en el blog oteando desde proa , cuyo autor es un gran entendedor de ciencia ficción y otras más o menos pragmáticas realidades-.

En mi cabeza se debieron solapar ambas historias, pues cuando salí del cine, muy consciente de que había visto un auténtico bodrio de película, con un argumento tan endeble como manido, además de ninguna justicia poética -a ver, ¿por qué se tiene que morir el novio de la protagonista?, ¿sólo para que su ex pueda recuperarla? Si ni siquiera es uno de los malos…- pero con un presupuesto de los que derraman billetes por los bordes de la billetera, aplicados a que el ordenador eche humo de tantos efectos especiales que le obligan a hacer, pues en ese momento me acordé de Riverworld, y de cómo , tras la más utópica de las resurrecciones -todos jóvenes, sanos, con las necesidades cubiertas…- viene la más cruenta, por humana, distopía, la violencia, la locura, el suicidio express…-.

Realmente me hubiera gustado saber cómo transcurre la vida en el barco, uno de los únicos tres que sobreviven al cataclismo planetario, durante esa típica elipsis que va desde la última catástrofe que salvan por los pelos y la primera salida a la cubierta para ver el sol y el nuevo mundo lleno de posibilidades de futuro. Son apenas tres meses, si no recuerdo mal, de elipsis, pero dudo mucho que el género humano aparezca sonriente, bien vestido y alimentado y en alegre conpaña, cuando por pura moralina aceptan dentro del arca salvadora a mucha más gente de la que tienen recursos para mantener. 

Claro que esos tres meses podrían hacernos desear que la humanidad no hubiera sobrevivido.

 

 

Ágora

Desde la última entrada que hice en Cine ha pasado mucho tiempo y entre medias he visto muchas películas. Pero no es momento ahora de recordarlas, aunque algunas de ellas -Gran Torino, por ejemplo- sean memorables. Ya me pondré a ello otro día.
Por lo pronto quisiera hablar de Ágora. Amenábar es un director que me interesa mucho y casi se me pasa ésta, su última obra, por lo liada que estoy.
Ágora es muchas cosas: una gran producción, una película histórica con mayor o menor fidelidad a los hechos que relata, una historia de amor a la ciencia y acerca de la honestidad con uno mismo, una historia de varios hombres profesando amor a una misma mujer, una historia sobre los conflictos religiosos, una historia sobre los destrozos del poder y la soberbia… En fin, sí, muchas cosas.
Pero desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico Ágora es un curioso ejercicio sobre el punto de vista narrativo, y es de esto de lo que quisiera hablar.
agora-cartel
Esencialmente, el narrador puede ser interno o externo, lo cual se suele corresponder con subjetivo y objetivo, 1ª y 3ª persona verbal, focalizado u omnisciente. Pues bien, mientras que Ágora está contada desde un bastante claro narrador externo, éste, sin embargo, se deja ver, se nos muestra en esos peculiares planos picados que se retrotraen hacia la inmensidad del espacio exterior. Porque tales planos no están carentes de propósito. El espectador percibe que hay alguien más en la película, alguien que mira. La cámara nos da, en un momento dado, una pista: cuando muestra en el borde de un murete o talud un primer plano de unas hormigas, entregadas frenéticamente a sus propios asuntos, ajenas a lo que sucede a su alrededor. Cada vez que la cámara se distancia de los hechos que narra vemos a los hombre como hormigas. Así les interpretamos. Y así parece el narrador interpretar la película entera, pues no son escasos los planos en que miramos hacia abajo desde los confines del universo.
La pregunta es, ¿quién mira a esos seres? ¿Quién tiene su mirada posada en la mirada de Hipatia cuando ésta se alza hacia lo alto?
El acto en sí de mirar supone no sólo una entidad sino una voluntad de ver. Si no abandonamos el contexto de la historia, esa voluntad sólo puede pertenecer a un dios, idea sugerente, pues el problema religioso forma parte de la trama de la historia.
Sin embargo, hay algo que lo desmiente.
La cámara-mirada se aleja de la escena, de ese mundo, de dos modos simultáneos, pues además de un alejamiento físico es un alejamiento temporal. Creo que los planos del planeta Tierra, de su belleza azul, no están lo suficientemente alejados como para que se pueda pensar en otra entidad que no sea el hombre mismo -el hombre presente- el que lo está mirando. Los confines del universo sólo son mostrados a través de los ojos de Hipatia, pero no del narrador, que no mira hacia los confines sino hacia ella. Eso excluye a Dios en cierto modo. Es el hombre de hoy, que sabe mucho más de lo que sabía Hipatia, que confirma lo que ella intuía, el que la mira, y contempla su destino. Y no es un narrador omnisciente porque Dios, el único omnisciente, está excluído de su mirada. De hecho, la película no trata sobre Dios sino exclusivamente sobre los hombres.
Es una película sobre los hombres narrada por un hombre.
Y, por favor, entendamos el término hombre como equivalente a género humano, y no como género masculino.
Lo que esta mirada alejada por el tiempo y el espacio confiere a la película es una extraña frialdad emocional de la que no logramos olvidarnos ni en los momentos supuestamente más emotivos de la película. A ese desapasionamiento, a esa actitud hasta cierto punto cerebral, responde Hipatia con su emoción más profunda, que en todo momento es de tristeza. Rachel Weisz da la medida exacta del personaje con una actuación asombrosa, la antítesis de su personaje de “Enemigo a las Puertas”, otra gran creación.
La suma de distancia y tristeza da nostalgia.
Las siguientes preguntas serían ¿por qué ha querido Amenabar contarnos esta historia con nostalgia? ¿Qué hemos perdido por el largo camino que va desde el entonces del que él nos habla hasta el presente? ¿Es ése el famoso instante de la historia de la humanidad en que el hombre estuvo verdaderamente solo, cuando ya no eran los dioses antiguos, cuando todavía no era el Dios cristiano, cuando todo era posible? ¿Es esa inmensa libertad de lo que Amenabar tiene nostalgia?

 

Pirateando

Hace poco he tenido ocasión de ver Piratas del Caribe 3, llevada de la mano de mi hijo de diez años. En su día también vi -y compré- las dos anteriores partes de la saga y admito pasármelo muy bien con la primera, que es la que a mi hijo menos le gusta porque salen menos monstruos. Normal.

Tendría muchas cosas que decir acerca de esta tercera entrega, pues una vez que hube renunciado a comprender el nudo gordiano de traiciones y alianzas inverosímiles, y habiendo empujado con el dedo índice de mi mano derecha la mandíbula inferior hacia arriba para que se me cerrara la boca ante el despliegue de efectos especiales, ya sólo quedaba comerse los restos de palomitas y aplicar el ojo crítico para no aburrirse durante el resto -y qué resto, largo como un día sin pan- del metraje.

Y en esto que llega la escena en que se reunen en una lengua de arena por un lado el Oficial Inglés Malo, Octopussy Jones y Blooming Bloom y por el otro La Chica, Barbosa y el Inefable Depp-Sparrow. Avanzan los unos hacia los otros como si de un duelo se tratase. Y de fondo… ¿una intertextualización musical? ¿un homenaje? ¿una casualidad?… No, lo más cercano al plagio sin llegar a ser un plagio de la banda sonora de Once upon a time in the west, 1968, obra maestra de Sergio Leone, dónde, una vez más, tuvo la colaboración del gran compositor Ennio Morricone. En concreto se basa en la escena del principio del duelo final entre Charles Bronson y Henry Fonda. ¡Casi esperaba oir sonar una armónica!

En fin, qué duda cabe… Los piratas están de moda.

300 y la épica

          Supongo que a estas alturas de la fiesta ya todo el mundo sabrá quiénes fueron Leónidas y Xerxes, en qué consistía la cultura espartana y dónde están las Thermópilas. Frank Miller y su cómic también les sonarán a muchos y otros tantos habrán trazado el nexo inevitable entre esta película y Sin City. A poco que se hurgue por ahí se verá lo dividida que está la crítica al respecto de “300”, cómo hay puristas del contenido y puristas de la forma, el antiguo conflicto res-verba aún sin resolver…

          El cine, como todo arte, cumple muchas y variadas funciones en la vida del hombre que van desde la pura distracción hasta ser un vehículo para ideologías. En algún lugar de en medio está el deseo del cineasta de representar la vida. La épica también tiene su razón de ser en la cultura. Siendo, quizás, muy sintética diré que las aventuras épicas y sus héroes simbolizan el impulso y la necesidad que tiene el hombre de trascender las limitaciones de una existencia incompleta y alcanzar una vida más plena según las virtudes más valoradas por una determinada sociedad. Cuando arte y épica se unen surgen las más sugerentes y efectivas utopías, o antiutopías, según el enfoque que se les quiera dar. El número y grado de perfección de estos tandems (arte-épica) así como la preponderancias de una u otra inclinación (utópicos/idealistas-antiutópicos/cínicos) da cuenta de las holguras o carencias de la sociedad en un momento dado de su historia. Sin embargo lo habitual es que ambas tendencias vayan paralelas y se turnen en el poder a modo de bipartidismo. Entre los avances de una y otra pierna, el hombre camina.

          Creo sinceramente, después de esta perorata acaso demasiado abstracta, que “300” podría haber sido una gran película. No tengo una especial preferencia ni por el idealismo ni por el cinismo pues cada uno de ellos le habla a una parte de mi mente que siempre está dispuesta a escuchar, la esperanzada y la desengañada, ambas igual de hambrientas. Aprecio la apabullante estética de las imágenes -estética que sutiliza y vuelve muy peligrosa la carga de violencia que contienen, pero eso es otra historia-, a cuyo servicio se ha puesto todo lo demás, pero según me distancio en el tiempo del visionado también me doy cuenta de que los fallos de la película cobran relieve y estropean el efecto final.

          Por un lado está la falta de ritmo narrativo y la desconexión entre episodios que hacen pensar en la estructura a base de viñetas del cómic. Esto en el cine no funciona pues le resta empuje a la historia, hace que la fuerza se le escape entre los dedos, es decir, entre las secuencias. Por otro lado mientras que los espartanos, en especial Leónidas y su esposa Gorgo, están estupendamente representados con un grado de realismo que favorece la credibilidad y la empatía (siempre salvando las distancias de los 300 hombre perfectos que les arropan), sus opositores persas rayan en el ridículo de lo excesivamente elaborado o deshumanizado, así como les sucede también a los servidores del oráculo y al jorobado traidor. La única respuesta a estas objeciones es que el cómic es así, con lo cual se pone en evidencia la deuda de la película, que acaba siendo su condena.

          Opino que este lastre es una verdadera pena. Pocas veces ha estado el hombre tan necesitado de épica como hoy, como demuestra su constante recurrencia a todo tipo de héroes, y no sólo épicos sino también sentimentales (sobre todo sentimentales, al estilo del héroe-tipo de mediados del XVIII, aunque también los haya del corte del héroe satánico-gótico de Byron), lo cual hace sospechar que tanto la sociedad como los individuos están dramáticamente disminuídos por el peso de un destino ominoso. Una coyuntura semejante, aderezada del debido talento, podría haber dado lugar a una gran obra. Pero no ha sido así.