La luz de la verdad

Hoy en día nadie duda de que William Turner (1775-1851) sea uno de los pintores más extraordinarios de todos los tiempos, tanto por su estilo innovador y único como por su magistral técnica. Disfrutó, además, de un gran reconocimiento en vida, pese a lo cual -o quizás debido a lo cual- en su última época tendía a ser retraído y procuró envolverse de secretismo, hurtarse a la mirada de los demás.
Siempre he pensado que la búsqueda de la pureza, de la esencia en libertad, de la verdad que reside en el recuerdo, da como resultado una luz peculiar, la que él fue capaz de plasmar en sus cuadros, sobre todo en aquellos que consideraba inacabados, aunque acaso no lo estuvieran en realidad, sólo para el ojo de los otros, al cual había que hacer concesiones previas a la exposíción de las obras.
He aquí ese misterio que no se logra explicar pero en el que no se puede sino creer.
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Norham Castle: Dawn, 1835-1840

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La habitación

          Creo que todos le tenemos un especial afecto a nuestra habitación. Me refiero al dormitorio, y siempre que éste sea individual, pues cuando se comparte con otro, sea hermano o pareja, pierde en gran medida su individualidad. De niños todos nos “hemos ido” o nos “han mandado” a nuestra habitación en situaciones difíciles, de adolescentes empezamos a cerrar la puerta y de adultos -adultos con suerte de tener casa propia- la hemos vuelto a dejar abierta pues el ámbito de “nuestra habitación” se ha expandido hasta abarcar toda nuestra casa. Así y todo, sigue siendo el dormitorio ese lugar todavía más íntimo dentro de la intimidad del hogar, quizás porque allí nos abandonamos al sueño, el estado en que más vulnerables somos y por lo tanto para el que mayor seguridad  y confianza requerimos. Alrededor, nuestros dioses lares -esos libros de la mesilla, el peluche favorito, las fotos de los que queremos, objetos todos con algún significado que sólo nosotros plenamente conocemos, testigos, acaso, de nuestra historia- iluminan la noche con su vigilia.

          La habitación pictórica por excelencia es la de Vincent van Gogh. Hizo varias versiones de ella, cambiando algunos objetos menores, que no la disposición de los muebles. Es difícil y además no mi intención, decir algo nuevo sobre este cuadro. Mencionaré, sin embargo, las impresiones que me pruduce.

          En primer lugar llama la atención lo pequeña que es la habitación y lo grande que es la cama. Si sumamos esta extraña desproporción a la forzada perspectiva, debería producir tensión en el espectador, pero no es así en absoluto. Como Vincent dijo, “la simplicidad da a los objetos un tono más marcado, el resultado es una impresión de ‘reposo’ … mirando el cuadro, uno debería dejar descansar el cerebro o, mejor dicho, la imaginación” (carta a Theo 554). A esta simplicidad también contribuye el uso tan plano del color, la ausencia de movimiento en las pinceladas, y el ribeteado en negro de las figuras. El punto de fuga está en algún lugar entre el extremo izquierdo del cabecero de la cama y la esquina inferior derecha de la ventana.

          Todos estos detalles técnicos no son casuales, aunque estoy segura de que la habitación era en realidad así. Vincent siempre fue un hombre torturado por una dicícilmente clasificable neurosis alojada en la mente de un ser de por sí excepcional por su sensibilidad, inteligencia y energía vital y creadora. Su existencia debía ser un cúmulo de impulsos contradictorios, básicamente la lucha entre el deseo de salir al exterior, comunicarse, amar, mirar y crear, entregarse a los demás, y la necesidad de refugiarse, evadirse, huir del miedo y de la angustia ante las rampantes señales de locura.

          Por eso estoy tentada de interpretar ese lugar concreto del punto de fuga como representativo de esa misma dualidad: la posibilidad de salida por una ventana entreabierta y la tentación de dejarse caer en la cama y abandonarse al sueño. Hay otras dos salidas, dos puertas, una a cada lado de la habitación, que sugieren que éste es un lugar de tránsito, que el descanso, de poderse acceder a él, será sólo temporal, que uno no puede en realidad refugiarse de nada en este cuarto, y mucho menos de la muerte. Quizás por eso sea necesario hacer la cama tan grande, para compensar del acoso de la vida consciente, para simbolizar lo inmenso del deseo que tenía Vincent de encontrar un reposo que incluso en el lecho le rehuirá, con ese cobertor rojo. Fuera, al otro lado de la verdosa ventana, la luz solar parece intensa pero no afecta al interior. ¿Acaso la vida no puede alcanzarle ya? Y un último e inquietante misterio: el vacío blanco en el espejo. 

Mirando la naturaleza

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Este cuadro de Gaspar David Friedrich (1774-1840) llamado “El Monje” siempre me ha fascinado.

Una figura humana -que el pintor llama monje acaso por su actitud contemplativa ante la inmensidad del mundo, por su supuesta admiración ante la vasta creación divina, pero que podría, dada la lejanía e indeterminación, ser un hombre o una mujer cualquiera- está de pie, de espaldas, al borde del fin del mundo, al principio de un mar ignoto y un cielo infinito.

La tierra que pisa, esa tierra última, está yerma, desolada, parece roca viva. El mar está picado, amenaza o por lo menos advierte a la figura que se ha acercado a contemplarlo. El cielo muestra una neblina oscura que se abre para mostrar el azul más allá o que va a cerrarse para ocultarlo.

Los tonos empleados son fríos y hostiles y sugieren una naturaleza ajena a concepciones cristianas, un mundo que se pertenece a sí mismo y existe al margen de un posible creador.

La persona que lo contempla enfrenta y mide contra el paisaje su racionalidad y su fe. Es una figura pequeña, el paisaje parece querer minimizarla. Sin embargo, no lo consigue. Advertimos algo indómito en ese ser, una voluntad que lo ha llevado hasta ese lugar y una fuerza que lo mantiene allí. El choque entre ambos, paisaje y figura, está servido, y el espectador está plenamente involucrado en ese choque, pues la figura de espaldas representa simbólicamente nuestra propia mirada.

El concepto filosófico de lo Sublime influyó de manera determinante en todos los ámbitos de la creación artística a partir del s.XVIII. Fue desde ese momento que el componente sentimental, que hasta ese proto-Romanticismo no había logrado competir con el racionalismo, se alzó tanto como ideal estético como en constituyente esencial del proceso creativo. Lo sentimental, lo emocional, lo irracional devienen conceptos con los que el hombre se familiariza en su interpretación del mundo. Paralelamente, lo sublime acerca al hombre al sentimiento de asombro que, si es exacerbado, se acerca a su vez mucho al terror. Un terror que, según Burke, es experiencia intelectual del misterio y de la grandeza, y que estéticamente está vinculado a la belleza. No ha de confundirse con el horror, una experiencia sólo física y demasiado explícita.

Friedrich es el gran pintor de lo Sublime. En su pintura, y en especial en esta obra, la angustia y el terror ante un espacio, la naturaleza, que hasta entonces no ha sido analizado convenientemente por el arte, se dan la mano con la belleza, hasta entonces demasiado centrada en el hombre.

Al mismo tiempo, en todo la cultura occidental, el hombre comienza a volverse hacia esa naturaleza ignorada, desconocida, impulsado por una necesidad nueva, la de encontrarse a sí mismo en ella, por oposición a ella o como parte de ella. Acaba de nacer una nueva Utopía. 

Friedrich es sólo el principio, la primera mirada. 

    

Desesperación

20060628005235-desesperacion.jpgOswaldo Guayasamín (1919-1999)

          Cuando uno está enfermo y sufre pero escoge guardar silencio hay instantes en que la desesperación hace presa y muerde con ganas. Apenas queda un agujero ínfimo a través del cual ver el mundo o amar la vida. Como diría Cioran: “Todo se vuelve contra nuestras ideas… No hay salvación por medio del pensamiento”. Algo nuevo y desconocido empieza a partir de ese momento, algo que es único para cada persona, pues, al contrario de lo que se cree, el dolor, aunque provoca empatía, no se puede ni compartir ni comunicar y nos deja tan solos que podemos llegar incluso a traicionarnos a nosotros mismos. Qué mal debe sentirse Dios cuando nos ve así…