El dudoso devoto del Sr.Revilla

A cuenta de mi anterior entrada, ayer he tenido el “gozo” de leer en el Diario Montañés la siguiente declaración del Presidente de la Comunidad de Cantabria, el Sr. Revilla, tras la entrega de la susodicha Medalla a Miguel Delibes.
“Creo -añadió- que esta medalla le ha hecho tanta ilusión o más que la que hace días le concedió la Junta de Castilla y León. Porque la de la Junta se le concede por obligación, qué menos, pero la nuestra es por devoción”.
Cómo será de tibia esa devoción que hace por lo menos un par de años que se la habían concedido, como ya indiqué anteriormente.
Y de paso, a tocarle un poco los piés -o los molinos- a la comunidad vecina, que ya se sabe que además de pródigo en devoción el Sr. Revilla lo es en cordialidad y tontuna.

Premiando, premiando y con el mazo dando

Me alegra saber que hay lugares donde, cuando a uno le dan un premio, se lo dan de verdad. Valga como ejemplo el que le han dado a Clint Eastwood en Francia.
Aquí, en España, en concreto en Cantabria, tierra de las mil danzas -y los mil danzantes- las cosas no son ni parecidas. Hace ya algún tiempo -algún año, más bien-que le han concedido a Miguel Delibes un premio y este pasado verano todavía andaban diciendo que a ver cuando se pasaban por Valladolid para hacerle la entrega. Quizás estén esperando el siempre propicio momento de su muerte para ello.

Otra utopía… acerca de la igualdad.

          Confieso que no suelo ocuparme de la política, pues mi escepticismo -no es falta de fe en los partidos o en los políticos, qué va, sino en la propia humanidad- corre parejo al desencanto por que no haya quién me ayude a recuperar la esperanza.  Pero el caso es que las elecciones llegan y pasan, la vida sigue y suceden cosas. Por aquello de tener derecho al pataleo -que es la razón por la que, creo, vota la gran mayoría de la gente- acudí a las urnas devanándome los sesos acerca de cuál sería la mejor manera de castigar al poder. ¡Como si hubiera alguna manera de castigarlo! Y todo porque tenemos aquí una montaña -bueno, aquí no sino en el municipio de al lado llamado Piélagos- que me gusta mucho, que en puridad no se puede llamar montaña sino monte -véanse las razones en la película “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña”- y que trae de cabeza no sólo a los politicuchos locales sino a toda la Autonomía. 

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Quitamiedos terroríficos

          Valga la aparente paradoja.

           Hace unas semanas Rafa y yo fuimos a dar un paseo a Las Enguinzas, una hermosa zona de lapiaz de media montaña cuya cumbre máxima es de un poco menos de 1000m. Se accede por la carretera que va de Liérganes al portillo de Lunada, en Cantabria, y tomando el desvío que lleva al pueblo de Miera o La Cárcova. Este último tramo de la carretera es espectacular pues sube haciendo eses para salvar el desnivel desde el río Miera y su angosta garganta hasta el balcón donde está colocado el pueblo. La visibilidad en las curvas es casi nula y la pendiente acusada, por lo que resulta peligroso circular por allí. Si te sales y no te frena la vegetación es para matarse fijo. Así pues, el que conduce no puede quitar ojo, mientras que el que acompaña, en este caso yo, disfruta de unas vistas estupendas.

          Se habrá deducido ya que íbamos en coche. Pero más de una han sido las veces que hemos subido y bajado en bicicleta.

          Así que enseguida apreciamos en toda su magnitud el gran cambio que había sido realizado en la carretera. Le han colocado pretiles. Esto, que en un principio tendría que ser una gran noticia, no lo es en absoluto, pues los han puesto de “corte tradicional”, es decir, de los que te cortan en pedazos si vas a dar contra ellos. Según la norma UNE 135900 del catálogo AENOR, los quitamiedos deben cumplir una serie de condiciones que supongan el no daño, la no desmembración y el no traspaso al otro lado de la persona -motero o ciclista- que impacte contra ellos. Los recién inaugurados “quitamiedos” lo que hacen es quitarte la respiración, pues relucen como navajas de barbero esperando a un cliente.

          Ya se sabe lo que hay. La “pela” es la “pela”, que se suele decir, aquí y en todas partes. Y ya sabemos que en este riconcito apartado de la mano del politiqueo -o, quizás sea mejor decir, “magreado” por él-, en esta Cantabria nuestra tan infinita que vete tu a llegar a sus confines, poner un pretil maqueado de madera es cosa poco probable salvo en lugares de interés turístico, no se vaya a cortar el pie algún británico y acabe en el Hospital de Valdecilla, actualmente en estado de caos a causa de divergencias ante todo económicas con el gobierno, cagándose en el té y diciendo que nunca más cruzará en el Ferry a gastarse aquí sus dineros.

          Ya sabemos todos lo que hay. También sabemos que se le han soltado 11.000 millones de las antiguas pesetas al Racing para que no descienda de categoría y nos hunda a todos en la vergüenza futbolística, a la que somos tan sensibles.

          Finalmente, qué más dará que la imagen más que mágica e idílica de una postal de Sísifo en que sale esa carretera a Miera ya no se pueda repetir.

          Antes se decía que “hasta que no se mate alguien…”. Incluso eso está obsoleto. La gente se mata y amputa a diario con esos pretiles terroríficos y antiestéticos pero a nadie parece importarle.

          Sólo sé que en el país de “el que no corre, vuela” yo no bajaré más en bici por esa carretera.