Avatar: Cautos e incautos en el planeta Pandora

El que Pandora era un regalo envenenado era algo que ya sabían los antiguos griegos. Tras más de 2500 años de historia, parece que muchos lo hayan olvidado, a pesar de que la misma película advierte, entre otras cosas, de las dramáticas consecuencias de que un pueblo pierda su memoria colectiva, aquí simbolizada por el árbol de las almas. Pese a todo, acudimos en masa a ver Avatar, la Película -con mayúsculas por el grado de innovación técnica que porta consigo, por la cantidad de belleza, por la cantidad de veneno-, así como la primera humanidad -masculina, por supuesto- acudió en masa a recibir a Pandora, la primera mujer, regalo de los dioses y portadora de una caja maldita que contenía todos los males posibles para el hombre, todo lo que podía acarrearle la destrucción, y donde quedó guardado su único consuelo: la esperanza.

Los antiguos griegos llamaban “mitos” tanto a los relatos de contenido cosmogónico -sobre el origen de los dioses y la humanidad- como a los cuentos populares destinados al entretenimiento y las leyendas tradicionales sobre hechos pasados. Es decir, realidad, fantasía y suposición se mezclaban indistintamente en el cuerpo del mito. Poco a poco el mito dio en desembocar en el logos, el pensamiento racional que buscaba explicaciones racionales a las cosas. El mito cayó en desgracia a ojos de filósofos como Platón, ocupado ya en intentar discernir entre realidad y apariencia.
El cómo, tras semejante época de lucidez, hemos caído en un oscurantismo del que aún no hemos salido, es algo verdaderamente misterioso e intrigante. O quizás, a causa de que la historia es cíclica, en verdad sí que hayamos salido de vez en cuando de la oscuridad, aunque sólo para caer de nuevo en ella.
Vivimos en la era de la tecnología. La misma palabra “tecnología” connota ciencia, empirismo, racionalidad… Debiera estar en las antípodas del engaño o lo ilusorio. Pero puesto que los anhelos del hombre parece que nunca van a dejar de ser los mismos, entiéndase el deseo de huir de la realidad, la tecnología más popular hoy en día es aquella que mejor y más se nutre de ilusión y, por lo tanto, de engaño. La película Avatar hace un extenso uso de esta tecnología y la utiliza al servicio de un concepto de, asimismo, gran popularidad hoy, el “avatar”. Muchos de los que pululamos por la red tenemos un avatar. Yo no sabía lo que era hasta que me hice este blog y se me sugirió que utilizara uno a modo de tarjeta de presentación. Por defecto, cuando quieres comentar algo en la página de otro, el sistema te adjudica uno si careces de él, lo cual hace suponer que sea un elemento importante de comunicación en la red. A mí se me ocurrió ponerme el ojo de un gato, porque me encantan los gatos, a los que llamo, además, Nikis, y quería que este blog representara en cierto modo el pasearse de un felino -hábil, elegante, sigiloso- por los muros que delimitan diferentes campos del conocimiento, literatura, cine, arte, sobre los que deseaba opinar. Ahora el ojo de gato me representa y yo hago uso de él para esconder detrás mi verdadero ser, mi verdadera imagen. Tal engaño no tiene hoy en día ninguna trascendencia, parece ser. Sin embargo, no deja de ser un engaño y una trampa hasta para mí misma. Quién sabe si alguna vez me creeré que soy de veras un gato. Por supuesto los otros, que no me ven, ya se creen que lo soy. Al ver mi avatar me juzgarán de acuerdo con lo que connote en ellos la idea de gato, y por ello a alguno le caeré muy bien y a otro muy mal, independientemenete de lo que escriba en este blog. Y este es sólo uno, y posiblemente el más venial, de los peligros que conlleva el jugar con la realidad.
Repito, acudimos en masa a ver Avatar. He oído por ahí que ya se ha convertido en la película más vista de la historia del cine, y el empuje no flaquéa, pues fui hace dos días a verla -por segunda vez, todo hay que decirlo, y no sólo por que me lo pidiera mi hijo de 12 años- y el cine estaba lo que se dice “petado” hasta las primeras filas, ahí donde te arriesgas a que un Nabi tridimensional te caiga en la cabeza.
No deja de maravillarme cómo el cine se ha convertido en el medio de mayor manipulación ideológica de todos los tiempos.
Y ¿qué ideología porta consigo esta película? Esta pregunta da para mucho. Podríamos hablar de ecología vs.tecnología, y ya se sabe que en estas parejas de conceptos el positivo es el primero; de algunos mitos temáticos muy propios de la literatura Norteamericana de los siglos XIX y XX, entre ellos el mito de la Frontera y el del Adan Americano, aquí renovados pese a que se demostró hace un siglo ya lo obsoletos que estaban; podemos recordar la leyenda del Rey Pescador, un estado enfermo -corrupto, degenerado, sin valores- ocasiona la enfermedad de la tierra -¿no decía el prota que en el planeta Tierra ya no quedaba verde?- y a no ser que se corrija y se cure llevará esa misma enfermedad y destrucción a cualquier sitio que vaya; podríamos hablar de catársis, elemento propio de casi toda la épica: la lucha y eventual victoria de un pueblo en inferioridad de condiciones, liderado por una figura carismática y unificadora, contra el mal, hace que el espectador exorcize sus propios deseos de emprender esa lucha -y qué necesaria sería- y salga del cine satisfecho, como si de veras hubiera luchado, a consecuencia de lo cual ya no luchará, algo que a muchas altas instancias sin duda interesa; podríamos hablar del indudable atractivo de un regreso al Eden primigenio, primitivo y sin contaminar, exuberante de valores como la jungla lo está de vegetación, valores que hemos perdido y que deseamos recuperar; podríamos hablar de una parábola de la política intervencionista, colonialista y explotadora de recursos que los EE.UU llevan a cabo en tantos lugares del mundo hoy en día; podríamos hablar, finalmente, del deseo de huir de la realidad que ya mencioné más arriba.
Sólo de esto último voy a hablar, pues es lo que más me preocupa. Dice el prota en un momento dado de la película que de tanto tiempo que pasaba dentro del cuerpo de su avatar en el mundo fantástico de Pandora, la fantasía le parecía ahora más real y la realidad le parecía un sueño, o sea, una pesadilla. Realidad y fantasía se han invertido gracias a la tecnología y la ciencia. Pero será en el mundo primigenio de Pandora donde la conversión absoluta se haga efectiva. El prota tiene una doble personalidad. La del mundo real es interesada y, hasta cierto punto, corrupta. El se vende por unas nuevas piernas. El mundo de fantasía -aquí es también una realidad, para más inri, aunque sea una realidad que a él no le corresponde, a la que no pertenece-, saca a la luz lo mejor de él, renueva su sentido de la justicia, del bien y del mal, y su espíritu de lucha, acoquinado en la realidad debido a su merma física. El no puede de ninguna manera ser objetivo, pues ¿quién no cambiaría una parálisis de cintura para abajo por la excelencia de un cuerpo Nabi? Sin embargo la película nos llama a identificarnos con él, nosotros que no estamos castrados sino mentalmente. La científica Grace -curioso que su nombre signifique “gracia”, ella posee la gracia de la sabiduría y la objetividad- interpretada por Sigurney Weaver sí puede ser objetiva pero a ella no se la deja elegir. Como está muriéndose el prota la lleva a ser resucitada en el cuerpo de su avatar. Pero resulta un fracaso. La hechicera dice que es debido a que su cuerpo estaba demasiado enfermo. Yo creo más bien que a ella no le hubiera gustado reencarnarse, ella sabe bien quién es y lo que quiere, ella no tiene ningún problema de personalidad ni de identidad. Convenientemente, muere. Claro que el espectador no está llamado a identificarse con ella sino con el prota.
Y su mensaje parece ser: realízate a través de otro, y si ese otro es fantástico, mejor. Evádete, aliénate de la realidad. Una realidad ante la cual no tienes nada que hacer. Sé otro de forma efectiva y sin vuelta atrás.
Vamos, me parece a mí que ese es sin duda el peor mensaje que podría dársele a la juventud, a la que esta película claramente se dirige. Como si no estuviera ya paseándose por el filo de la navaja de la realidad, a punto de caer en el otro lado. Como si muchos de ellos, jugando a estar en el otro lado, no hubieran causado estragos en la realidad. Como si, voluntariamente accediendo a ser otro e irreal y fantástico, no se convirtieran en individuos más dóciles y manipulables y, al mismo tiempo, patética y peligrosamente ignorantes de su condición. No poco veneno es este, y viene convenientemente dentro de un hermoso Caballo de Troya, por mencionar otro mito clásico. Desde luego parecería que un espléndido Aquiles-Cameron nos la ha metido doblada.
Pero no perdamos del todo la cabeza. Para los que leemos entre líneas Avatar puede ser interpretada subversivamente. Pandora guarda esa esperanza, ese preciado tesoro.

8 pensamientos en “Avatar: Cautos e incautos en el planeta Pandora

  1. Excelente comentario, Niki. Llevo ya mes y medio tratando de escribir sobre la película, y temo que ya es inútil: te me adelantaste. Excepto en una cosa: recuerda, por favor, el sentido original del término Avatar, de origen hindú, según creo: la forma física asumida por un dios para interactuar con los mortales.

    También pienso que el mensaje más poderoso de la película es el más positivo, y que el “prota” (y te advierto que no me gustan en realidad las abreviaturas que usáis los peninsulares, pero estamos en tu espacio) resume como “alguien se sienta sobre la mierda que nos interesa y lo declaramos nuestro enemigo…” Hay una crítica directa y fuerte hacia la política exterior gringa, me parece, y esa crítica gobierna la película, que no veo más que como una metáfora sobre esos otros mundos, hermosos, letales y mucho más cercanos: Amazonía, el océano, las estepas…

    Un abrazo, así sea entre virtuales avatares.

    • Hola y bienvenido por aquí, Mornatur.
      No conocía el significado original de “avatar”, pero parece criticar esplícitamente la idea de injerencia política y colonización-explotación a cambio de mantener sobre esos mundos paralelos una vigilancia más o menos solapada y de carácter paternalista. Y esta segunda opción es tan sutil como peligrosa en potencia. Si bien lo primero resulta ya un poco burdo y nadie se lo traga, lo segundo parece gozar de cierto prestigio, y si no véase la colosal injerencia que abriga el paraguas de las misiones humanitarias, ciertas ONGs, e incluso ciertas actuaciones multitudinarias y globales a las que se empuja a países marginales a participar, como el turismo, las Olimpiadas, las Exposiciones Universales, convertirse en sede de congresos, asambleas, etc,… Todo ello, claro está, obligando al país en cuestión a pasar el filtro cultural standard, o sea, estar adaptados para poder asegurarse el beneplácito de la “occidentalidad”.
      En conclusión, en las relaciones con otros mundos, culturas o simplemente etnias no hay ni buenos ni malos: todo contacto, por bien intencionado que sea, implica un riesgo de incomprensión, error y abuso.
      Hay un gran libro que analiza los efectos del colonialismo y postcolonialismo y los ilustra con su reflejo en la literatura, que no deja de ser la voz de los dominadores y los dominados. Se llama “Beginning Postcolonialism” y está escrito por John McLeod. Era texto base de una de mis asignaturas del año pasado en Filología Inglesa. Muy recomendable.
      Y si hay una novela que narra maravillosamente el asunto de cómo interactuar con otra cultura, además de ofrecer una crítica feroz a los “gringos” -como tú les llamas, aquí tendemos a llamarles “yankis” y a hablar de “yankilandia”-, esa es “El Americano Impasible” de Graham Greene, también muy recomendable.

      • Por eso precisamente me gusta la propuesta de la Directiva Primaria de la Federación (en el Universo de Star Trek, por si acaso): cero intervención a menos que se trate de un mundo en condiciones de equivalencia tecnológica (en cuanto a la capacidad de viaje interestelar, por lo menos). YA es muy tarde, me temo, para nuestro propio mundo, pero creo que no lo es para ir inculcando en las nuevas generaciones (las que muy probablemente irán al espacio de manera cotidiana) el respeto por la otredad necesario para tratar con nuevas culturas.

  2. Bueno, me ha llevado un rato leer todo el post y sólo quiero hablarte de algunos detalles.
    Respecto a tu avatar personal tampoco hay que darle mayor importancia, en la ‘vida real’ soy alérgico a los gatos, en cambio en los libros me suelen gustar los personajes amantes de los gatos y tu blog me gusta mucho.
    Sobre la evasión que supone la peli, es cierto, es una ‘volada’ mental de tres horas, aunque la segunda vez canse😉
    Un tema que me molesta : el personaje de la científica.
    ¿Por qué no consigue nada hasta que llega el militar ‘sensible’?
    ¿Por qué los personajes fuertes y convencidos mueren?
    Incluso en el momento donde es conducida hacia su ansiado ‘árbol de las almas’ la ridiculizan pidiendo ‘una muestra’, ¿No es ella la que, antes que ningún otro, apreció la belleza de este mundo?
    Qué lejos están los estereotipos de las mujeres y de los científicos de sus modelos reales.

    Saludos

    P.D: el tema de la tecnología y las ideas da para mucho más de lo que puedo razonar ahora, quizá salga otra vez para hablarlo en detalle.

  3. Hola Panta,
    A mí tampoco me gusta cómo han dibujado al personaje de la científica y creo que es un defecto común a muchas otras películas, extrapolado al papel de intelectual.
    Me parece que el asunto tiene mucho que ver con el perfil del héroe trágico homérico: éste ha de estar dotado de “areté”: excelencia en varios campos desde el físico al moral e intelectual. Aquellos que cultivan unas facultades en detrimento de otras carecen de esta excelencia. En los dos extremos de especialización estarían los culturistas y los científicos -es un decir-. Si partimos de esta premisa, tanto a los culturistas como a los intelectuales les estaría negada la posibilidad de convertirse en héroes. Este no es un gran problema para los intelectuales, cuya búsqueda del conocimiento ya les parece aventura suficiente, y de hecho lo es. En cambio para los culturistas es una gran putada, pues si no es para hacerse los héroes, ¿para qué se inflan de hormonas? Algunos de ellos han solucionado el problema pegándole paralelamente a ciertos temas presuntamente culturales. Como ejemplo me viene al pelo el personaje de Conan, en especial en su versión fílmica Arnoldiana (por cierto, la peli de John Milius me parece muy buena dentro de su género), y su sorprendente cultura del acero, de resonancias mítico-religiosas que prestan cierta profundidad, dignidad y coherencia a su, de otra manera, pura y simple barbarie.
    Pues bien, el prota de la peli -le llamo prota porque, la verdad, no me acuerdo de cómo se llamaba, algo así como “sully” o “silly”, vaya, qué curiosa casualidad fonética- es un héroe trágico perfecto; claro, en cuanto se encarna en su avatar. Físicamente, al ser un ex-marine, está en forma, al menos de cintura para arriba; aunque no es muy culto que digamos, tiene cualidades morales que vemos, además, potenciadas por su avatar: es buen tío, honesto -aunque un poco tarde-, leal a los suyos, afectuoso -primera cualidad que vemos, simbolizada por su dolor ante la muerte de su hermano y su aceptación de ocupar su lugar para que el muerto se realice a través de él-, paciente y generoso. Es también valiente hasta un punto que posiblemente un intelectual no sería, por el grado de inconsciencia que supone. Está además dotado de cualidades bélicas que van desde la fuerza a la estrategia, y no le importa arriesgarse a la muerte por una cuestión de honor, que es la que en el fondo le empuja: demostrar a los nabis que él era veraz al decirles que quería ayudarles y estaba de su lado, que no era un traidor. Busca, por encima de todo, la gloria de emular a un personaje mítico de los nabis como forma de apuntalar esas cualidades morales que los nabis han puesto en duda. El precio por toda esa gloria es, como en el héroe trágico homérico, la muerte, que él voluntariamente experimenta para poder reencarnarse en su avatar y convertirse en otro.
    La científica tendrá todas las cualidades morales que quiera pero carece de areté porque le faltan las físicas. De hecho, se nos la presenta de cierta edad y fumando. Y cuando habita su avatar las potencialidades físicas de éste se ven mermadas con las restricciones que ella le impone mediante su intelecto: ella no se convierte en su avatar, sólo lo ocupa, como ya expliqué en la entrada del blog.
    Finalmente está el factor añadido de que es mujer. Esto complica bastante las cosas, pues las mujeres no fueron nunca pensadas para convertirse en héroes, al menos en la mente de aquellos que pusieron las bases del concepto de heroicidad. Por lo tanto, cuando aparece una heroína, hay que dotarla de una capacidad física cercana a las habilidades tradicionalmente masculinas. Aquí en la película habría podido servirles de heroína la chica militar que muere. Ella también está dotada de cualidades morales, pues es leal y honesta, así que debemos concluir que las razones por las que no lo es son de otra naturaleza: es una mujer, simplemente.
    Habría que preguntarse entonces si las mujeres tienen la disposición para perseguir la gloria que embarga a los héroes masculinos. A mi me parece que no, y ese es el problema. La idiosincrasia femenina les hace estar más cerca de las realidades cotidianas de la vida, lo cual las dota de un componente práctico que no conviene nada al héroe. Si los héroes fueran prácticos seguramente no serían héroes.
    Todo lo cual me lleva a la siguiente conclusión: las mujeres suponen el apoyo real que requiere el héroe para ser tal. Aquí las mujeres instruyen al héroe y le ayudan -incluyo ahora también a la mujer nabi-, y luego se retiran para dejar vía libre a que el héroe cumpla con su destino. Los intelectuales también tienen esa función de necesaria infraestructura.
    Y como el pueblo lo que ha buscado siempre son héroes para que le orienten, para que le salven, para que le eleven a un plano de trascendencia, los protagonistas de las películas más populares son lo que son.
    Vaya como me enrollo, pero es que el asunto tiene tela.

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