Ágora

Desde la última entrada que hice en Cine ha pasado mucho tiempo y entre medias he visto muchas películas. Pero no es momento ahora de recordarlas, aunque algunas de ellas -Gran Torino, por ejemplo- sean memorables. Ya me pondré a ello otro día.
Por lo pronto quisiera hablar de Ágora. Amenábar es un director que me interesa mucho y casi se me pasa ésta, su última obra, por lo liada que estoy.
Ágora es muchas cosas: una gran producción, una película histórica con mayor o menor fidelidad a los hechos que relata, una historia de amor a la ciencia y acerca de la honestidad con uno mismo, una historia de varios hombres profesando amor a una misma mujer, una historia sobre los conflictos religiosos, una historia sobre los destrozos del poder y la soberbia… En fin, sí, muchas cosas.
Pero desde el punto de vista del lenguaje cinematográfico Ágora es un curioso ejercicio sobre el punto de vista narrativo, y es de esto de lo que quisiera hablar.
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Esencialmente, el narrador puede ser interno o externo, lo cual se suele corresponder con subjetivo y objetivo, 1ª y 3ª persona verbal, focalizado u omnisciente. Pues bien, mientras que Ágora está contada desde un bastante claro narrador externo, éste, sin embargo, se deja ver, se nos muestra en esos peculiares planos picados que se retrotraen hacia la inmensidad del espacio exterior. Porque tales planos no están carentes de propósito. El espectador percibe que hay alguien más en la película, alguien que mira. La cámara nos da, en un momento dado, una pista: cuando muestra en el borde de un murete o talud un primer plano de unas hormigas, entregadas frenéticamente a sus propios asuntos, ajenas a lo que sucede a su alrededor. Cada vez que la cámara se distancia de los hechos que narra vemos a los hombre como hormigas. Así les interpretamos. Y así parece el narrador interpretar la película entera, pues no son escasos los planos en que miramos hacia abajo desde los confines del universo.
La pregunta es, ¿quién mira a esos seres? ¿Quién tiene su mirada posada en la mirada de Hipatia cuando ésta se alza hacia lo alto?
El acto en sí de mirar supone no sólo una entidad sino una voluntad de ver. Si no abandonamos el contexto de la historia, esa voluntad sólo puede pertenecer a un dios, idea sugerente, pues el problema religioso forma parte de la trama de la historia.
Sin embargo, hay algo que lo desmiente.
La cámara-mirada se aleja de la escena, de ese mundo, de dos modos simultáneos, pues además de un alejamiento físico es un alejamiento temporal. Creo que los planos del planeta Tierra, de su belleza azul, no están lo suficientemente alejados como para que se pueda pensar en otra entidad que no sea el hombre mismo -el hombre presente- el que lo está mirando. Los confines del universo sólo son mostrados a través de los ojos de Hipatia, pero no del narrador, que no mira hacia los confines sino hacia ella. Eso excluye a Dios en cierto modo. Es el hombre de hoy, que sabe mucho más de lo que sabía Hipatia, que confirma lo que ella intuía, el que la mira, y contempla su destino. Y no es un narrador omnisciente porque Dios, el único omnisciente, está excluído de su mirada. De hecho, la película no trata sobre Dios sino exclusivamente sobre los hombres.
Es una película sobre los hombres narrada por un hombre.
Y, por favor, entendamos el término hombre como equivalente a género humano, y no como género masculino.
Lo que esta mirada alejada por el tiempo y el espacio confiere a la película es una extraña frialdad emocional de la que no logramos olvidarnos ni en los momentos supuestamente más emotivos de la película. A ese desapasionamiento, a esa actitud hasta cierto punto cerebral, responde Hipatia con su emoción más profunda, que en todo momento es de tristeza. Rachel Weisz da la medida exacta del personaje con una actuación asombrosa, la antítesis de su personaje de “Enemigo a las Puertas”, otra gran creación.
La suma de distancia y tristeza da nostalgia.
Las siguientes preguntas serían ¿por qué ha querido Amenabar contarnos esta historia con nostalgia? ¿Qué hemos perdido por el largo camino que va desde el entonces del que él nos habla hasta el presente? ¿Es ése el famoso instante de la historia de la humanidad en que el hombre estuvo verdaderamente solo, cuando ya no eran los dioses antiguos, cuando todavía no era el Dios cristiano, cuando todo era posible? ¿Es esa inmensa libertad de lo que Amenabar tiene nostalgia?

 

2 pensamientos en “Ágora

    • Sí, he decidido no dejar morir el blog, aunque dudo que pueda mantener el ritmillo de antes pues estoy demasiado liada.
      Esperaré a que veas la peli para ver qué te parece.

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