Voces

En ocasiones oigo voces. O mejor dicho, una voz. Empieza como una extraña tensión interna, tan sólo una vaga inquietud. Luego es apenas un susurro ininteligible. Si escucho con mucha atención, se transforma y acaba teniendo significado. Surge desde el fondo de mí y se convierte en palabra, normalmente no más que un monosílabo. Sí. No. Hay que saber interpretarla.
Infaliblemente, dice la verdad.
Escuchar no es simplemente prestar oídos. Es mucho más. Es pararse, esperar, conceder, aceptar. Es no negarse a la empatía, ni a la reflexión ni al valor. Es correr por ahí saltando vallas muy altas, vallas que otros no se atreven a saltar. Salir del estruendoso laberinto del mundo y encontrarse en la inmensa y delicadamente sonora llanura de la vida.
Pues bien, ayer noche escuché la voz mientras preparaba la cena de fin de año.
En el horno estaba la pata de cordero con las patatas panadera; acabándose de cocer en la vitro estaban los langostinos; la encimera estaba cubierta de fiambres, puding, ensalada…, todo puesto a recuperar temperatura ambiente. También una masera o buey de mar. Era lo último que me quedaba por preparar. La había comprado al mediodía, en mi pescadería habitual. Yo leía en el libro de cocina instrucciones para centollos al vino blanco, pensando que sería parecido cocinar aquel bicho mayúsculo.
Entonces se movió. Hasta entonces no lo había hecho, o yo no me había percatado. Estaba todavía en la bolsa de plástico, sobre un gran plato. El ruído del plástico la delató. Abrí la bolsa con cautela y miré bien a la masera. Parecía una piedra. Entonces soplé suave sobre ella. Sus ojos giraron en sus órbitas, buscando protección, y su pinza derecha -futura suculenta boca de mar- se separó ligeramente de su cuerpo.
Me quedé mirándola, esperando a que volviera a moverse, pero no lo hizo. Llamé a Joel, mi hijo de 11 años, para que dejara su Lego y viera aquello. Cuando estuvo a mi lado, volví a soplar y la masera se movió de nuevo; poco, pero algo fue. Nos quedamos ahí los dos, mirándola.
Entonces sentí la cuerda tensarse en mi interior, la inquietud, el susurro. La voz. Dijo: “No.”
Acerqué mis labios al oído de mi hijo y susurré a mi vez: “¿Qué te parece si la soltamos?”
Por suerte vivimos a cinco minutos andando de una de las franjas costeras más hermosas de Cantabria: Costa Quebrada. Y para allá fuimos, armados de linternas.
No hacía nada de frío, pues estaba de sur. Bajamos por un caminito hacia la más densa negrura de la unión entre tierra y mar, ahí donde hay unas canales de roca y las olas acarician una y otra vez millones de cantos rodados. El mar se revolvía a lo lejos, invisible. Pusimos a la masera en una poza pequeña, para que fuera reaccionando. Luego, cuando empezó a hacer burbujas y a moverse un poco más, la pusimos al borde de una de las canales, completamente bajo el agua. Unos pequeños cangrejos se marcharon apresuradamente. De repente, la masera estiró sus patas y avanzó de lado, enorme y majestuosa, hacia lo profundo.
Estuvimos un rato contemplándola ahí donde se paró, ya definitivamente fuera de nuestro alcance. No sé qué pensaría Joel -quién sabe nunca lo que se cuece en la cabeza de otras personas-, pero yo comprendí de golpe lo que significa cazar y lo que significa dejar de cazar. Ambas cosas pueden tener sentido sin excluirse mutuamente. La cuestión es encontrar la medida justa.
También pensé otras cosas, como y si no hubiera otras maseras por la zona y esta estuviera condenada a una vida de estéril soledad. Y también logré ver la masera con ojos de gaviota y de un vecino experto pescador de percebes. Y también sentí miedo ante la inmensidad del mar, la fuerza de las corrientes, los muchos depredadores y la inexperiencia. Quizás fuera una masera de piscifactoría.
Pero todo eso ya no importaba. O ya no tenía remedio.
Joel y yo volvimos a casa charlando y riendo. Nos abrió Rafa, que no acababa de creerse lo que había sucedido. Joel decía que iba a contarle aquello a todos sus amigos. Al principio le dijo que no -Rafa me apoyaba, había que salvarse del ridículo- pero luego cambié de opinión y le dije que podía contárselo a quien quisiera. ¡Qué cojones! Hay que ser coherente.
Pues sí, en ocasiones oigo una voz y en ocasiones escucho a esa voz. Es la misma voz que me dijo que recogiera de la calle y salvara a los cuatro gatos -cuatro Nikis- que viven con nosotros y son una de las más gratas fuentes de nuestra felicidad. Es la misma voz que me dijo que me separara del padre de Joel el día que de veras le conocí.
No anda desencaminada, no, la voz.

7 pensamientos en “Voces

  1. Hermosa historia Niki, tu voz parece ser noble y bondadosa.

    Alguna vez lei un texto similar, de una persona que tenía un pájaro como mascota hasta que un día lo llevó a un parque y lo liberó con otros pájaros, al igual que tu, dudaba si sería capaz de sobrevivir en el basto mundo, pero le pareció que un segundo de libertad vale más que 1 vida encerrado.
    Yo creo que tu voz hizo bien y no hay nada de lo que avergonzarse.

    Saludos Niki y ¡¡Feliz Año nuevo!!

  2. Hay un texto maravilloso del inefable Samuel Beckett que se llama “Dante y la langosta” y que está incluído en “Belacqua en Dublín”. Termina de la siguiente manera:
    -Me aseguraron que era fresca- dijo Belacqua.
    De pronto vio que aquella criatura se movía; aquella neutra criatura. No cabía duda de que había cambiado de postura. Se llevó la mano a la boca.
    -¡Cristo!- exclamó.-, está viva.
    Su tía miró la langosta. Volvió a moverse. Dio una leve señal de vida nerviosa sobre el hule. Se quedaron allí delante mirándola, cruciformemente expuesta encima del hule. Se estremeció de nuevo y Belacque creyó que iba a marearse.
    -Dios mío- gimió él-, está viva; ¿qué vamos a hacer?
    Su tía no pudo evitar reir. Se apresuró a ir a la despensa a buscar su bonito delantal, dejándolo allí mirando con los ojos desorbitados, y volvió con él puesto y remangada, derecha al grano.
    -Bueno -dijo ella-, por lo menos eso se espera.
    -Todo este tiempo…-murmuró Belacqua. Y, al advertir de pronto su odioso atuendo, gritó-. ¿Qué vas a hacer?
    -Pues hervirla- dijo ella-; ¿qué si no?
    -Pero no está muerta- protestó Belacqua-. No puedes hervirla así.
    Ella lo miró asombrada. ¿Estaría en sus cabales?
    -No seas tonto- le dijo destempladamente-, las langostas siempre se hierven vivas. Hay que hervirlas.
    Ella levantó la langosta y le dio la vuelta. Temblaba.
    -No sienten nada- dijo ella.
    Desde las profundidades del mar había reptado hasta la olla cruel. Durante cuatro horas, rodeada de enemigos, había alentado secretamente. Había sobrevivido al gato de la francesa; y a su torpe porte. Y ahora iría viva al agua hirviendo. Tenía que ir. Expulsó al aire un suspiro silenciosamente.
    Belacqua miró el apergaminado rostro de su tía, gris, en la lóbrega cocina.
    -Haces remilgos- dijo ella con acritud- y me pones mala, y luego te la zampas para cenar.
    Levantó la langosta de encima de la mesa; le quedaban treinta segundos de vida.
    Bueno, pensó Belacqua, es una muerte rápida; que Dios nos ayude a todos.
    No lo es.

    Hace ya bastantes años que tengo este libro y, la verdad, no lo recordaba cuando el otro día soltamos a la masera. Lo he recordado ahora, al leer tu mensaje.
    Creo que hasta en lo que parecen los gestos más absurdos hay que procurar obrar con cierta coherencia. No sé si yo liberaría a un pájaro que ha sido durante tiempo una mascota. La belleza de la libertad es un concepto humano abstracto que poco tiene que ver con la realidad. Soltar a un ser así parece más bien un acto de transferencia: liberaré a otro de su esclavitud ya que yo mismo no puedo liberarme. Acaso para el pájaro lo mejor hubiera sido seguir como estaba.
    Es este un problema habitual que se da en relación con los animales que viven con humanos. Hace unos años recogí una cría de erizo que había sido despertada de su hibernación por unas obras. Sufría hipotermia y estaba desconcertada, en mitad del día. Pasó todo el resto del otoño, todo el invierno y la mitad de la primavera en casa, comiendo queso, galletas y todo cuanto pillaba. Cuando llegaron los días de calor y abundancia, lo solté. Aún hoy no estoy segura de que hiciera bien. Cuando veo que por estas fechas navideñas se ofertan erizos en las tiendas de mascotas, me siento tentada de comprar alguno, cuidarlo y liberarlo después, pero acaso lo que habría que hacer es no comprarlo, pues si no hay demanda, no los andarán cazando por ahí y los dejarán en paz. Otro asunto muy distinto es encontrarse al bicho en apuros por ahí.
    Hay animales que, una vez arrancados de su entorno, no pueden volver a integrarse en él. Claro que como nosotros no los volvemos a ver una vez liberados, nos podemos imaginar que todo les irá bien, porque ese es nuestro deseo y ha sido nuestra motivación. Muy loable, sí, pero no sé si del todo acertada.
    Todo un problema moral, éste, ¿verdad?
    Que Dios nos ayude a todos, decía Beckett. Pero, ¿y si no lo hace?

  3. El que escribió dicha experiencia tambien era conciente de que lo mejor para el pájaro quizá era dejarla ir, y no, no era un pájaro normal, era un pájaro que había encontrado herido y lo cuidó durante bastante tiempo hasta que ya no se sentía bien con el así, creo, la verdad no lo recuerdo bien el texto, lo lei hace bastante.

    El punto es que por más que la libertad sea un concepto abstracto para el animal, lo que hiciste para mi no fue anormal, fue bastante humano, a veces uno tiene que aceptar que la selección natural es inevitable, somos animales y para comer hay que matar, lo podés hacer vos o lo puede hacer otro, pero tarde o temprano alguien mata a un ser vivo para mantenernos con vida.
    El humano a veces puede razonar un hecho y decidir esquivar momentaneamente ser el responsable de ese acto “cruel” pero tan natural, consideramos mejor que sea la naturaleza misma la que decida su suerte, quizá por lo poético que resulta el dejar andar a un ser vivo con destino incierto, y si, puede que nos pongamos en su lugar e inconcientemente ese animal que mandamos a una muerte incierta sea en parte nosotros que no sabemos quien será nuestro verdugo y si tendrá nuestra misma piedad o si respetará el cruel ciclo de matar o morir.

    Saludos

  4. Hago una aclaración, con lo de concepto abstraco para el animal, me quedó quizá bastante mal la frase, pero quise decir que es un concepto demasiado abstracto para el animal.

    Y si, niki, un dilema moral muy interesante, en realidad, es casi la elección de matar directa o indirectamente…depende el caso y la suerte.

    Suerte

  5. Hola Be…, quiero decir Niki:

    Han pasado muchos años… Acabo de leer este relato y veo que sigues estando ahí, siendo tú misma, pese a los años transcurridos y, por lo que veo por este blog, no has dejado de escribir. Sin duda el mundo electrónico es mucho más agradecido que el editorial, aunque solo sea por no tener que pegarse con los editores…

    Hoy ya es muy tarde y debería irme a dormir, pero otro día -si es que logro tener tiempo, un bien cada día más preciado (no puedo evitar acordarme de Momo)-, entraré para leer más cosillas.

    Ha sido curioso: estaba en Spotify y de repente me ha apatecido el aria de contralto y violín de la Pasión y según la empecé a escuchar me llevó a la plaza de la iglesia neogótica de Torrelavega, una mañana de julio en el albor de los tiempos…

    ¿Sabes que hace dos años estuve a punto de comprarme una casa en Cantabria? Pese a que el lugar era ideal (sobre todo porque no podían construir nada más a la vista y lo que se veía (excepto en un minúsculo ángulo), no me arrepiento de no haberla comprado. Quizá porque todavía no haya encontrado mi lugar. Eso sí que es difícil, ¿verdad?

    Ahora que ha terminado la Pasión, me voy a la cama. Volveré.

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