Paralelismos

Veamos una serie de premisas:

-el individuo está, por definición, solo;

-sin embargo, imagina mil y un subterfugios para no estar así, tales como el grupo, la sociedad, la amistad, el amor, los dioses, la familia… ;

-al final, recurre al arte;

-encuentra en el arte la posibilidad de manifestar su individualidad;

-el arte es mensaje, comunicación, tenga o no destinatario esplícito: la obra artística, sea plástica, literaria, musical… se proyecta desde el claustro de la intimidad hacia el ágora infinita donde se reunen los otros;

-en ese infinito, brilla por un tiempo la individualidad -lo único- para luego empezar a confundirse con lo común -lo universal-;

-con el tiempo -si sobrevive al tiempo- la obra, que no su creador, cede su hermetismo y se vuelve permeable;

-la obra, en su esencia, viaja hacia los otros y se une a ellos, enriqueciéndose, enriqueciéndolos;

 -desde la apreciación de la obra podemos llegar a intuir al otro, ese eterno desconocido que la creó, en su soledad. 

Inauguro esta nueva sección para satisfacer mi debilidad por los paralelismos, por los momentos de epifanía en que las órbitas de esos cometas aparentemente erráticos que son los creadores se cruzan. Dijo Rumi: “Nunca el amante busca sin ser buscado por su amada”.Celebremos los encuentros. Encuentros entre desconocidos, quizá, pues quién sabe si Escher había visto alguna vez al gato de Franz Marc cuando pintó el suyo.escher_cat.jpg Gato blanco, 1919. Escher                                                gato1.jpg Gato sobre almohadón amarillo, 1912. Marc                                                                                        Obviamente son gatos distintos, aunque ambos sean blancos, pero su sueño es, creo yo, el mismo.                 

Y para empezar propongo dos historias que interpretan el silencio y la naturaleza: Silencio, una fábula, de Edgar Allan Poe, 1837 y El valle del silencio, de Jose María Merino, 1982.

Sin querer entrar en las implicaciones metafísicas del cuento de Poe diré que la naturaleza que describe es pavorosa pero el protagonista no le tiene miedo. El miedo vendrá de la mano del silencio, que es cuando el personaje cobra conciencia del horror de sí mismo y huye.

Marcellus, el personaje del cuento de Merino, también tendrá miedo pero el deseo de perderse a sí mismo es más grande aún.

En ambos cuentos tenemos un narrador y un oyente de la historia, al margen de su protagonista: en Poe el narrador es el Diablo y el oyente el propio Poe, que a su vez nos cuenta en primera persona el relato. En Merino el narrador es el veterano soldado Lucius Pompeius y su oyente es un joven compañero de la Legión. La estructura triangular es, pues, la misma.

Otro punto de contacto es la localización temporal. El protagonista de Poe viste una toga romana y los de Merino son todos soldados de la Legión Romana. Esta relación de las dos historias con la época de la antigua Roma parece, sin embargo, sólo apuntar a un tiempo muy lejano en que al lado de una poderosa y racional civilización aún existía una naturaleza misteriosa e indomeñada. Para Poe esa naturaleza se encuentra en Libia, a orillas del río Zaire. Para Merino está en Ponferrada, León.

Hay, sin embargo, un matiz que lo cambia todo de un relato a otro. La naturaleza. La naturaleza en Poe es instrumento del Diablo, quien la utilizará para torturar externamente al protagonista. Para Merino la naturaleza misma está dotada de poder divino y de consciencia, es pagana y benigna, y actúa sólo cuando el protagonista se dirige a ella, a él pliega su voluntad.

Y la naturaleza me lleva de nuevo al hombre, a los protagonistas. Ambos parecen alejados de su realidad, alienados. Pero mientras el misterioso silencio de la tierra produce espanto al personaje de Poe, al hacerle quedar expuesto e indefenso, y provoca su huida sin retorno, el personaje de Merino se asusta una vez pero luego regresa. Siglo y medio separa a ambos personajes. Uno de ellos ha madurado más, ha ahondado más en sí mismo, ha vivido más y conoce mejor el horror. Un horror más elaborado. El hombre de la década de 1830 todavía albergaba esperanzas respecto al mundo y respecto a sí mismo en ese mundo. El hombre de finales del siglo XX es capaz de renunciar a su vida por sustraerse del todo a la realidad y traspasarla hacia una realidad más amplia en la que disolverse.      

Finalmente, una cita de Alcman acompaña al cuento de Poe que bien podría acompañar también al de Merino: “Las crestas montañosas duermen; los valles, los riscos y las grutas están en silencio.”

Uno de los objetivos de la civilización es alcanzar hasta los más remotos confines del mundo y exponerlos a la luz. Al hombre civilizado siempre parece acompañarle el ruido. Un ruido no natural. Así, el hombre lleva su ruido consigo para aplastar un silencio al que teme. ¿Qué tendrá ese silencio? ¿Será la voz de los dioses…, la voz más íntima de todos nosotros…? Quedan aún lugares así, aunque cada vez menos. Lugares donde perderse, diluirse, recobrarse, pese al empeño que pone la sociedad en acabar con ellos. Pronto el lince de Poe no se quedará mirando más a la cara del Diablo porque ya no habrá más linces y entonces el Diablo seremos nosotros. Cuando llegue ese día, ¿a dónde huiremos?

2 pensamientos en “Paralelismos

  1. Estupenda entrada. He llegado aquí desde narrador.es y me está gustando mucho lo que voy leyendo. Seguiré, pues.
    Felicidades: por el blog y por el relato que podremos leer el jueves.
    Un saludo

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