Manuel

             Manuel cogió su escopeta y poniéndose el abrigo salió de la casa. 

             Unas horas antes había visto por primera vez la extraña silueta en la ladera oeste del valle, apenas una sombra nueva sobre la nieve caída unos días antes, durante el primer temporal. Estaba cerca de la entrada al elevado desfiladero que comunicaba con los puertos altos y el valle siguiente, y resultaba imprecisa al contraluz de la tarde. Parecía que se moviera un poco, por eso había llamado su atención, aunque desconfiaba de sus viejos ojos. Pero cuando unos minutos después su desplazamiento se hizo ostensible ya no tuvo ninguna duda. Varias veces había vuelto a mirar mientras se ocupaba en poner el ganado a resguardo para la noche, pero no la había vuelto a ver hasta que no fuera a por agua. Desde la fuente se evitaba el obstáculo visual de la pequeña colina que había en el centro del valle, un islote crecido de árboles, ahora sin hoja, rodeado de pastos y a cuyo amparo había nacido la aldea. Se encontraba aún muy arriba pero más cerca. No obstante, su avance era demasiado lento, como si quien fuera que viniera al pueblo estuviera teniendo dificultades. En vez de seguirle el rastro al camino, que en parte oculto por la nieve discurría en espiral por las sucesivas laderas norte y este, suavemente descendiendo hasta abordar el pueblo por el mediodía, iba monte a través, a derecho hacia abajo, dirigiéndose a la quebrada por la que se despeñaba el río. El grisáceo sol otoñal caía deprisa tras la barrera de picos. Pese a que era muy improbable que el extraño alcanzara las casas antes de que la luz empezara a fallar, Manuel decidió esperar aún.

             No fue hasta que empezó a cerrarse la noche que, con un candil encendido en una mano y empuñando el arma con la otra, salió a buscarle.

             No tenía miedo pero le molestaban los desconocidos. Muy poca gente pasaba por el valle. En verano algunos alpinistas venían a escalar los picos al sur y al este, los más escarpados y bellos de la cordillera, pero eran raros y nunca venían solos. Luego estaba Gonzalo, que traía provisiones y noticias una vez al mes y de vez en cuando se llevaba alguna res para vender. Manuel solía invitarle a quedarse un par de días en casa a disfrutar de la abundante caza que había por los alrededores. Así le compensaba del viaje, pues vivía a unos veinte kilómetros de distancia, en el valle al otro lado de los puertos, donde se encontraba el pueblo más cercano. Pero sabía que no era él pues Gonzalo siempre venía a caballo y había estado allí hacía una semana. Lo del arma era sobre todo por los lobos. Se habían vuelto muy atrevidos desde que cinco años atrás se fueron del valle las últimas familias en busca de tierras menos inhóspitas y él quedara como único poblador de aquella aldea fantasma. No había aceptado irse con ellos cuando se lo ofrecieron. Llevaba allí casi cincuenta años de su vida y esperaba seguir valiéndose como hasta entonces. Morir solo no le preocupaba. Tranquilo y sombrío, mantenía su casa tan pulcra como cuidados sus campos, y su perra le pisaba fielmente los talones compartiendo su tenaz apego a la soledad. Al menos eso fue lo que se marcharon pensando sus vecinos. En realidad, Manuel había esperado largamente ese momento. Necesitaba, ansiaba, quedarse solo. Dentro de sí guardaba un secreto que le hería al contacto de los demás.

             Manuel había matado a un hombre. Al principio, cuando el pueblo le acogió como a un maltrecho emigrante camino de la meseta, le había resultado muy difícil mantener la calma, especialmente cuando un vecino trajo al valle la sonada noticia del crimen. Sin embargo, nadie le relacionó con el asunto. Algún tiempo después un cazador de paso contó cómo había sido detenido el supuesto culpable. Manuel se quedó atónito y espantado y no quiso saber más, pero cuando al fin regresó la primavera y se despejaron los pasos que le permitían seguir viaje pensó que lo mismo le daba ya quedarse. Entonces la familia de Gonzalo, por entonces un niño, le cedió una cabaña en ruinas con un pequeño terreno colindante, hasta entonces abandonado, que él desbrozó y pronto hizo rendir fruto. Trabajando para unos y otros reunió algún dinero, pudo comprar unas cabezas de ganado y empezó a criar. Tardó diez austeros años en pagar la propiedad. Para él, que nunca había sido dueño de nada, aquello significaba una gran victoria. A diario recorría su tierra parándose a acariciar los troncos de sus árboles.

             Antes del valle sólo había conocido miserias, trabajando como un esclavo en la mina para traer un exiguo salario a casa los sábados al caer el sol. A su familia les llegaba mal para comer y peor aún para costearse la destartalada vivienda que tenían arrendada a la explotación. Pese a todo, no se lamentaban; al contrario, se esforzaban tercamente en su labor de supervivencia con una inagotable capacidad para aceptar las cosas según se daban. Su padre jamás se emborrachaba después del trabajo, su madre agradecía todos los regalos – ropa y calzado viejo, algún juguete roto – que le daban donde servía, y sus hermanos menores entraban  uno tras otro en la mina, según les iba llegando la edad, transformándose en el decurso de un día de niños alegres y salvajes en viejos apagados, con las manos ásperas y pesado el corazón. Pero no todos los dones se comparten. Un grave accidente en el pozo provocó varios muertos, entre ellos el padre y un hermano. Él quedó cojo y le despidieron. Los otros hermanos y la madre tendrían que sostener ahora el hogar. Manuel salió del hospital desquiciado por la ira y la frustración, que le apretaban como un nudo mojado las entrañas. Tres días después acechaba en las sombras del jardín el regreso a casa del patrón. Su pierna rígida no le impidió dejarle tendido entre las flores, brotándole la sangre de la garganta abierta, los bolsillos vacíos, los dedos desnudos y un jirón en el chaleco allí donde colgara la cadena del reloj.

             Desconocía el arrepentimiento pese a no haber vuelto a saber de su familia. Los objetos arrebatados dormían sepultados bajo el cerezo que daba sombra a la ventana de la cocina y se llenaba de pájaros exaltados a principios de verano. Con el tiempo la idea de haber despojado al patrón no tanto de su vida como de los signos visibles de su jerarquía, además de conservarlos tan cerca de sí, se había convertido en la fuente de su templanza. Había sido capaz de ajusticiar a un intocable y, aunque nadie más lo supiera, sobre ese hecho era posible edificar a diario un carácter indómito. En el pobre diablo que expiaba su culpa procuraba evitar pensar. Era el reverso de la moneda, la gota de agua turbia que envenena siempre el manantial. No había previsto ni podido imaginar siquiera esa hasta cierto punto lógica consecuencia de su acción, pero tampoco estaba dispuesto a regresar y levantarle el castigo inmerecido aunque ahora también conociera la vergüenza, aunque supiera que ni en el valle más remoto hallaría la paz, una de las razones por las que no se había marchado de aquél. Sin embargo, había escogido mantenerse alejado, no rozar el mal nacido de repente en su alma con las pequeñas maldades naturales cotidianamente expuestas en los gestos de todas y cada una de las personas a su alrededor y que él ahora reconocía con facilidad, por empatía; nadie estaba libre de ellas. Aunque el suyo siempre sería el mal mayor.

             Como un enfermo vivía, replegado en sí mismo. Los de la aldea le juzgaban reservado, incluso taciturno, pero trabajador y honesto, que era lo que para ellos más valor tenía. Nadie le rechazó. Tampoco se extrañaron de que, con el paso de los años, no se interesara por casarse ni tener hijos, pues ninguna mujer hubo a la que se acercara de verdad. En su existencia discreta se fraguó su integración. Luego, muy poco a poco, el valle se fue despoblando hasta el día en que amaneció vacío excepto por él. Algo extraordinario sucedió entonces. Esa primera mañana de absoluta soledad, mientras se encontraba trabajando el huerto, la quietud del paisaje pareció hincharse y expandirse, alargar una mano hacia él y acariciarle en lo más hondo y oscuro de su dolorida intimidad. Manuel sintió un alivio inmenso, una súbita y hasta entonces ignorada esperanza. Podía comenzar a olvidar.

             Pasó por delante de su antiguo tesoro cuando fue a buscar al hombre perdido en la oscuridad, al tiempo que lentos copos de nieve empezaban a caer como perezosas estrellas heladas aburridas del firmamento. La perra le encontró. Había conseguido acercarse mucho, hasta cruzar el torrente por donde bordeaba los pastos más próximos a la aldea, guiado seguramente por la luz de la única casa iluminada. Pero allí se había rendido y yacía inconsciente, cubierto por una breve capa de nieve. El candil descubrió el rostro joven, la expresión relajada, plácida, el completo abandono al agotamiento. Manuel se lo cargó al hombro sin esfuerzo. Qué poca cosa es, tan liviano, y cuánta fuerza conserva aún mi cuerpo. Era, pensaba, providencial haber dado con él antes que los lobos.

             Instaló en la cocina el camastro que solía utilizar Gonzalo y después de quitarle las ropas mojadas frotó su cuerpo pálido con alcohol de romero y le cubrió bien. Luego le dio a beber caldo tibio con aguardiente. El joven tragó sin siquiera entreabrir los ojos pero pronto un vago rubor regresó a sus labios y mejillas y su respiración entrecortada se hizo regular. Estaba fuera de peligro. Ahora lo mejor era dejarle dormir. Le arropó un poco más, arrimó su vieja butaca, metió los pies entre el cálido pelaje de la perra tendida frente al fuego y encendió una pipa para reflexionar.

             Al cabo de una rato los pensamientos empezaron a cobrar forma en su mente, habituada a concentrarse en las danzas sinuosas de las llamas mientras tomaba decisiones sencillas acerca de lo que debía hacer al día siguiente. El fuego le atraía y le ayudaba a enfocar su pensamiento, pero no brillaba igual aquella noche, hasta la habitación parecía transfigurada: su mundo de escasos enseres cotidianos, contenidos entre las paredes enjalbegadas, había dado un paso atrás para cederle el sitio a la presencia siempre poderosa de otro ser a su lado. El silencio imperfecto le inquietaba. Quién eres, cómo es que has llegado hasta aquí, a mí, en semejante estado. Manuel precisaba saber. Desde que el rostro extraño surgiera de la oscuridad de la nada, una idea diáfana y vertiginosa le había atravesado de golpe, como una revelación. Ahora se sentía impaciente. Podía registrar sus bolsillos en busca de señales de identidad pero sabía que era una bajeza no esperar a que el mismo joven le informara, una bajeza en la que ninguna de las personas que le habían acogido y cuidado a él en parecidas circunstancias tantos años atrás había caído. Al abrir los ojos le habían preguntado, quién eres, y él había contestado, Manuel, el primer nombre que se le ocurrió, y todos le habían llamado Manuel desde entonces, sin más.

             La pipa, desatendida, se apagó. Manuel decidió irse a dormir. Es muy tarde, mañana habrá mucho que hacer si en toda la noche no deja de nevar y teniendo que cuidar a éste, además. Echó un par de leños al fuego y trajo una manta de la habitación. Se quedaría en la butaca, cerca, por si el joven despertaba o le subía la fiebre. Lentamente las llamas comenzaron a devorar la madera nueva, el calor y el sueño uniendo a los dos hombres en una pequeña, fraternal comunidad.

             Cuando Manuel se despertó a la mañana siguiente el joven estaba tendido de lado con los ojos abiertos. Le miraba. Se incorporó como si hubiera estado esperándole para hacerlo.

   ¿Cómo te llamas? – le preguntó Manuel.

   Me llamo Juan.

   ¿Tienes hambre, Juan?

   Sí.

             Como sus ropas aún no se habían secado, Manuel escogió algunas de las suyas para que se vistiera. El joven quería sentarse con él a la mesa para desayunar, pese a que su debilidad era manifiesta, su cuerpo se encorvaba de fatiga y cojeaba al caminar. Esto último fue lo que más llamó la atención de Manuel, pues no le había visto ningún golpe o herida.

   Vengo de lejos, de cerca de la costa – explicó Juan -, y llevaba una semana sin comer apenas. Este frío, además, no lo conocía. Pensaba que aún era pronto para el invierno.

             Manuel no dijo nada.

   Cuando me recupere continuaré mi viaje.

   ¿A dónde te diriges?

   A la meseta. Dicen que allí es más fácil encontrar un buen trabajo.

   Pues me temo que tendrás que esperar hasta la primavera. Has visto que arriba hay mucha nieve y los pasos hacia el interior, los que quedan al sur y al sudeste, ya estarán completamente cerrados.

             El rostro del joven se tensó y bajó la cabeza.

   Si quieres – añadió Manuel venciendo su natural recelo -, puedes quedarte aquí hasta entonces.

   Se lo agradezco pero creo que ya le he causado demasiadas molestias.

   ¿Y qué piensas hacer entonces? ¿Volver por donde has venido?

             Juan se quedó hundido en su asiento, los ojos bajos, velados, fijos en el plato, y los brazos laxos a ambos lados del cuerpo, las manos posadas sobre las rodillas. Era visible su desesperación. Extrañas colgaban de su cuerpo las ropas ajenas. Al cabo de unos minutos volvió el rostro apático hacia la ventana. Una de las ramas del cerezo la cruzaba de lado a lado, desnuda y rígida, el paisaje entero blanco tras ella. Manuel esperó. Esperaba a que algo se quebrara, el joven, la rama, el silencio. Pero nada sucedió.

   Quédate – insistió.

             Dos días guardó cama Juan, levantándose sólo para sentarse a la mesa, cojeando, y volver al camastro de nuevo, cojeando también. En todos los demás aspectos se recuperó con facilidad. Manuel entraba y salía de la casa, ocupado en sus quehaceres, como si no estuviera allí. En realidad ignoraba si el joven había decidido quedarse, pues apenas hablaba excepto para hacerle algún comentario sobre el ganado, los cultivos o la climatología. Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo y Manuel evitaba molestarle.

              Pero al tercer día amaneció un sol radiante acompañado de un suave viento sur, y Juan salió por primera vez al exterior. Se sentó en el tronco para cortar leña, mirando con asombro a su alrededor. Las casas vecinas, oscuras, se deterioraban deprisa, vencidas por las inclemencias del tiempo y la ausencia de vida interior; restos de un humano naufragio parecían, mientras que el paisaje en derredor conservaba intacta toda su fuerza natural latente bajo el manto del invierno, erguidos los árboles hacia alturas maravillosamente azules y límpidas, las cumbres que cercaban el valle indiferentes a todo lo que no fuera el lento transcurrir de su propia perennidad. Sin embargo, el clima podía ser cruel en lugares tan próximos al cielo. Una vez caída la primera y casi siempre imprevista nevada, concedía treguas muy breves, como aquella mañana tibia, nostálgica del verano, cuyas horas estaban contadas. Antes del mediodía tuvieron que refugiarse en la casa. Una niebla gélida se había derramado sobre el valle desde los collados al norte, empujada por lejanos vientos marinos, y por la tarde comenzaron a oírse truenos y los lobos aullaron en torno al pueblo. Habría temporal. Manuel instaló su cama en la amplia cocina, esta vez junto al camastro de Juan, como solía hacer cada año a la llegada del mal tiempo, pues una sola habitación era más fácil de calentar. Aquella noche, mientras arreciaba la tormenta, tumbados y compartiendo tabaco y aguardiente, los dos hombres contemplaron las llamas en silencio. Parecían haber llegado al acuerdo tácito de esperar juntos la primavera.

             Varios días tardó en dejar de nevar, quedando el cielo emplomado durante las siguientes semanas. El paisaje permanecía sumido en la quietud, tan bello y enigmático como despiadada era su crudeza. Manuel y Juan pasaban el menor tiempo posible en el exterior, lo justo para mantener despejados el entorno de la casa y algunos caminos, así como limpiar y alimentar a los animales. Juntos cojeaban de un lado a otro, curiosamente de la misma pierna, pero ninguno preguntaba al otro por la causa. Como si mi sombra se hubiera despegado de la tierra para caminar a mi lado, se decía Manuel. Durante las horas de luz los dos hombres se entregaban febrilmente a asegurarse la supervivencia y apenas eran precisas las palabras, pero en las largas noches – y eran más y más largas – se materializaba el extrañamiento entre ellos, el uno tan viejo, tan joven el otro, eludiendo el pasado, sin osar aventurarse en el futuro. Mi padre sale a la mar, el mío bajaba a la mina; mi padre me dijo que en la meseta encontraría algo mejor, el mío calló para siempre, por eso acabé yo aquí.             

             Con el paso de los días Manuel fue acostumbrándose a tener compañía hasta el punto de cobrarle al joven cierto afecto, lo que no dejaba de ser sorprendente, pues en todos los años de convivencia con las gentes del valle no había llegado a sentir por ninguno de ellos nada parecido, ni siquiera por Gonzalo. Estaba pendiente de él, observaba el interés y cuidado que ponía en el trabajo y apreciaba profundamente la iniciativa de que Juan iba dando muestras según ganaba en confianza, pues ya no se limitaba a seguirle y ayudarle en las tareas diarias sino que le animaba a emprender tareas de envergadura, como hacerle un buen repaso al tejado antes de que se instalara definitivamente el invierno, y a ratos libres construyó un panal de abejas para la aún lejana e improbable primavera. Todo ello demostraba que no sólo le estaba compensando por sus cuidados iniciales sino que tenía afán y capacidad para prosperar. Tales detalles agradaban mucho a Manuel, que incluso empezó a imaginar la posibilidad de que Juan quisiera establecerse en el valle con él.              Pero acaso fuera esa misma simpatía la que comenzara a recorrer con dedo tímido las delicadas cicatrices de su alma. Y una mañana, al despertar, se dio cuenta de que el proceso de olvidar había invertido su curso, los días posteriores a su propia llegada al valle se le aparecían claros y frescos, y la vergüenza despertó sobresaltada al tiempo que la culpa volvía a roerle minuciosa el corazón. Sin embargo, el sufrimiento tenía ahora una forma nueva y sorprendente. Ya no deseaba apartarse o huir sino todo lo contrario, tenía ganas de contarle al joven su secreto, como si su propia historia, desvelada, pudiera no sólo liberarle a él sino arrojar luz sobre otra historia oculta, la que intuía en Juan. Manuel no había olvidado ese primer pensamiento que tuviera al ver el rostro del joven, la idea fugaz de un paralelismo entre ellos, y ahora eran más las coincidencias: la cojera, la reserva, la permanencia en el valle. Quizás ni siquiera se llame Juan, como tampoco soy yo Manuel. Quizás también él haya matado a un hombre. Revelar su secreto podía producir una confesión similar en Juan. U horrorizarle. De nuevo Manuel percibió la quemazón de su estigma extendiéndose más allá de él, contagiando y corrompiendo un mundo de pequeñas maldades veniales. No se atrevió a hablar. Resolvió que por el momento era mejor postergarlo.

              A su debido tiempo llegó Gonzalo. Se sorprendió bastante de la presencia del joven y le hizo las preguntas que eran de esperar. Juan contó con naturalidad, aunque de forma vaga y general, la historia que Manuel ya conocía y Gonzalo pareció dar por satisfecha su curiosidad. Después de todo, había sucedido antes. Si le llamaba la atención la singular cojera, la discreción le impidió mencionarlo.

              Aquella noche la sobremesa fue especialmente distendida y alegre. Gonzalo era cazador, como lo fuera su padre, y conocía muchas anécdotas que les divirtieron mucho, en especial a Juan, en nada familiarizado con la vida en las montañas. Era muy tarde cuando se fueron a dormir. Gonzalo, en deferencia a su viejo anfitrión y al joven huésped, se instaló en la butaca. Al día siguiente, si el tiempo acompañaba, prestaría su arma de repuesto a Juan para poder salir los tres juntos a cazar.

              Al amanecer el cielo estaba salpicado de nubes altas, blancos y pesados navíos que recorrían los caminos abiertos del aire, los rayos de sol cayendo sesgados sobre el paisaje nevado. La perra salió trotando excitada delante de Juan. Los tres hombres pasaron bajo el cerezo, sobre el tesoro herrumbroso que hería la tierra bajo sus pies, aunque eso sólo uno de ellos podía pensarlo. Gonzalo iba contándole a Manuel las últimas noticias del mundo, nada destacado, las cosas marchaban como siempre al otro lado de las montañas.

              Cruzaron el pueblo desierto y sortearon la colina del bosque silencioso, cuyo linde estaba cubierto aquí y allá de huellas de diminutos animales misteriosos, para dirigirse a las laderas al sur. No tenían intención de ir lejos pues si el tiempo se complicaba de repente, algo común en aquella estación inestable, podían verse en dificultades. Despacio ascendieron hasta los primeros pastos altos, al pie de la solemnidad de las cumbres, guardianes majestuosos sobre cuyas cabezas la luz gustaba de reinar convertida en reflejos rosados y azules. No así aquella mañana. Las nubes se fueron amontonando y pronto el sol desapareció, dejando el paisaje de un gris uniforme y sin contornos.

              Después de un par de horas parecía que no iban a tener suerte y hablaban ya de regresar cuando, mientras Gonzalo cargaba su pipa sentado en una peña, vieron los otros la esbelta figura de un corzo en la ladera contigua, a unos cien metros. Al otro lado de unos torrentes que bajaban abriendo surcos desde lo alto, había rascado un poco la nieve y descubierto la hierba rala que se mantenía viva debajo, de la que se estaba alimentando. Casi simultáneamente se alzaron las dos escopetas, sonó un único disparo y el corzo se desplomó, herido mortalmente en la cabeza.

   ¿Por qué no disparaste? –preguntó Juan a Manuel dos noches después.

              Gonzalo se había marchado a mediodía y estaban de nuevo solos, tumbado cada uno en su camastro, el fuego encendido, el aguardiente aún intacto. La perra corría por las praderas de sus sueños. De inmediato Manuel se dio cuenta de que aquella era la pregunta más personal que Juan la había hecho desde que llegara al valle.

    Nunca he disparado un arma – contestó -. Tengo una, sí, y la llevo conmigo. Los lobos son peligrosos, me han rondado muy de cerca, pero nunca ha sido necesario disparar. Cuando acompaño a Gonzalo es él quien caza. Luego me deja las piezas. Como te habrás dado cuenta, él mata por placer.

   Pero hiciste el gesto de ir a disparar…

   Si, es verdad. Aunque fue sólo un gesto.

              El joven dirigió la mirada al techo, sin comprender. 

   Sin embargo… – añadió Manuel tras una pausa -…, sin embargo, he matado.

              Las palabras habían escapado sin esfuerzo, limpiamente. De repente, el momento de hablar estaba allí, ante él, el largo y tortuoso camino desde el cuerpo inerte del patrón desangrándose a sus pies podía tocar a su fin. Manuel sintió la emoción paralizadora de todos sus presagios deshaciéndose, no obstante, ante el empuje de lo inevitable. Vertiginosamente, el espacio de la amplia cocina se cerró en torno a ellos creando una sobrecogedora atmósfera de intimidad.

   Quisiera contarte – prosiguió con calma Manuel– cómo fue para mí matar. Matar a un hombre, sabes, no a un corzo. Es decir, a un hombre que era a la vez un lobo y un corzo.  

             No tardó mucho en contar su historia. Demasiado breve incluso le resultó. Aunque no omitiera ningún detalle y hablara con precisión, pronunciarla en voz alta de forma ordenada, lineal, le obligaba a prescindir de las enigmáticas desviaciones de la realidad que se habían ido acumulando en los recodos de su memoria, adheridas a segmentos concretos del suceso, y de las que, ahora comprendía, se había estado sirviendo para hacerlo soportable. En vano. Así despojada, rectificada, en su historia florecía el espanto. A la mención de la primera sangre sus manos se estremecieron como si recién la hubieran hecho brotar. Mucho más rápido que el cuerpo convulso del patrón, Manuel se vació por completo y quedó como quien es abandonado por un mar enfurecido en la playa de una isla desierta, desnudo y recién renacido, otra vez al principio de todas las cosas. Verdaderamente, no soy nada; yo era mi crimen pero ahora esa muerte ha terminado de morirse y he dejado de serlo. Tan solo restaba un hombre atrapado, por su propia voluntad, entre las altas montañas. Dicha la última palabra, Manuel sintió el frío de un mundo invernal, por fuera y por dentro. Un copo de nieve se coló por la chimenea, chisporrotearon las llamas del fuego y luego siguieron bellamente oscilando. La perra no llegó a despertarse. Juan, que había escuchado todo el rato con gran atención, tampoco se movió. Desde la penumbra Manuel sentía, sin embargo, las paredes contemplarle expectantes como si exigieran más de él, acaso una postrera capitulación.   Lo más doloroso – acabó por añadir con hastío, incorporándose y quedándose sentado al borde de la cama – es que no maté sólo a un hombre sino a dos. Un único tajo acabó con el lobo y con el corzo.    No puedes estar seguro del segundo – intervino entonces Juan, incorporándose también e inclinándose hacia él. – Es posible que un tiempo después le soltaran por falta de pruebas y el caso se cerrara sin resolver.              Manuel sonrió vagamente, negando con la cabeza.

   Un instante de injusticia basta para acabar con una persona.

   Pero seguro que nadie te estará buscando ya – insistió Juan, cambiando de tercio – si es que lo han hecho alguna vez.

   ¿Y qué puede importarme eso? ¿No es éste mi lugar?

   Aquí hay mucha paz… – contestó suavemente el joven -, pero tú estás intranquilo, no logras descansar. 

   A lo mejor, en el fondo, nadie pueda descansar nunca del todo, pero lo cierto es que sí, en cierto modo yo descansaba. Hasta que llegaste tú.

             Transcurrieron unos instantes de silencio en que ambos hombres parecieron medir sus fuerzas. Juan se pasó la mano por la cabeza y suspiró casi imperceptiblemente.

   No te comprendo – dijo al cabo.

   Bueno, sabrás que he llegado a sentir simpatía por ti, verdadero afecto, en este corto tiempo que llevamos juntos – explicó Manuel, un poco vacilante. – Creo que es porque tú y yo nos parecemos.

   ¿Que nos parecemos? – repitió Juan.

             Su voz no era imperiosa, pero Manuel percibió en ella el principio de una soterrada violencia que le hizo sentir miedo de él, por él, y se entristeció. Después de todo no había certezas entre ellos. La luz cegadora de su propia historia nada había logrado iluminar salvo el cuerpo de una profunda oscuridad.

     Los dos estamos cojos y guardamos un secreto – siguió Manuel con la voz apagada, fatigado de haber dado comienzo a tanta fatalidad pero no pudiendo evitar llegar ya hasta el final.

             Cuidadosamente, Juan le replicó.

   Lo siento, yo estaré cojo pero no guardo ningún secreto.

   Mi querido y joven amigo, yo habría respondido lo mismo cincuenta años atrás si hubiera habido alguien capaz de preguntarme. Pero no me hagas caso, de verdad que no he pretendido ofenderte.

             Ante el asombro de Juan, Manuel volvió a tumbarse en el lecho y le dio la espalda.

   Ahora creo que quiero dormir –concluyó, cerrando los ojos. – Sólo soy un viejo que no ve más allá de sí mismo. Duérmete tú también.

             Faltaba poco para el amanecer cuando Manuel se despertó, no porque algún ruido extraño hubiera perturbado su sueño sino porque había llegado para él la hora de despertar. En el rojizo resplandor de los rescoldos miró por unos instantes la silueta de Juan, profundamente dormido. Luego, procurando no hacer ruido, se levantó y se vistió. La perra le seguía con la mirada pero no hizo ademán de seguirle cuando abrió la puerta de la casa para salir al exterior.

             Manuel camina sin prisa. Ha bordeado el bosque, envuelto en la turbia luz del alba, y ahora asciende por la gran ladera sur, a la derecha la peña donde Gonzalo cargara su pipa, a la izquierda el charco de sangre congelada del corzo. Pero él sólo se fija en dónde va poniendo los pies porque va todo a derecho, monte a través, sin hacer caso de caminos, pero no quiere tener una caída inoportuna que le impida seguir adelante y llegar a ver la única cosa que desea ver – él, que ha visto todo ya – antes de morir. La nieve es profunda y blanda, está reciente, y resulta trabajoso avanzar por ella. Pronto se le entumecen las piernas hasta las rodillas, pero el movimiento se ha hecho mecánico – ha amanecido, aunque él no mira al este como tampoco mira atrás -, la respiración, acompasada, el cuerpo todo ha adoptado un ritmo que facilita la subida, como por paradójica inercia. No se va a detener. Tras el cuerpo va la mente concentrada, acaso vacía, y juntos ascienden a través de la eternidad hacia el límite del valle, en pos del paisaje desconocido que hay al otro lado.

             Un par de horas después de que Manuel se marchara, Juan se despertó. Su instinto enseguida le advirtió de que estaba solo, completamente solo salvo por la perra aún tendida ante el hogar. Alarmado, se precipitó al exterior de la casa gritando ¡Manuel!, ¡Manuel! No hubo respuesta. Con avidez escrutó el círculo de montañas y no le fue difícil, pues sus ojos eran todavía jóvenes, descubrir la pequeña figura de un hombre ascendiendo despacio hacia los altos pasos de la meseta.

             Toda la mañana permaneció allí, junto a la casa, sentado en el tronco para cortar leña, contemplándole -la perra, a sus pies-. Hasta que desapareció. Una lenta lágrima de fuego se deslizó entonces por su mejilla helada.

2 pensamientos en “Manuel

  1. ¿Y quién no?
    Lo importante no es la muerte sino vivir, aunque la vida nos lleve inevitablemente a la muerte.
    Mejor sería preguntarse qué va a hacer Juan, si se quedará sustituyendo a Manuel en el sepulcro que es el valle o eludirá esa trampa para cumplir con su destino, cualquiera que éste sea.
    Yo desconozco la respuesta.

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