Otra utopía… acerca de la igualdad.

          Confieso que no suelo ocuparme de la política, pues mi escepticismo -no es falta de fe en los partidos o en los políticos, qué va, sino en la propia humanidad- corre parejo al desencanto por que no haya quién me ayude a recuperar la esperanza.  Pero el caso es que las elecciones llegan y pasan, la vida sigue y suceden cosas. Por aquello de tener derecho al pataleo -que es la razón por la que, creo, vota la gran mayoría de la gente- acudí a las urnas devanándome los sesos acerca de cuál sería la mejor manera de castigar al poder. ¡Como si hubiera alguna manera de castigarlo! Y todo porque tenemos aquí una montaña -bueno, aquí no sino en el municipio de al lado llamado Piélagos- que me gusta mucho, que en puridad no se puede llamar montaña sino monte -véanse las razones en la película “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña”- y que trae de cabeza no sólo a los politicuchos locales sino a toda la Autonomía. 

          Para dar idea de qué tipo de lugar es, remitiré al libro Guía patrimonial de la Picota, publicado por la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte del Gobierno de Cantabria, 2004, donde se describen sus virtudes naturales, paisajísticas, arqueológicas y patrimoniales y en cuya foto de portada se ve lo que ese monte fue y no será ya nunca más. 

          El asunto “monte Tolío” -o “La Picota”, como se llama popularmente- ha pasado por varias fases acústicas durante los últimos años. Me explico: silencioso estuvo plantado durante una buena temporada un enorme cartel junto a la carretera en el extremo sureste del macizo. Ofrecía vender casa, piso o apartamento en la inmensa urbanización Alto del Cuco que iba a construirse allí. Y por allí me refiero a toda la cara sur del monte. Luego apareció la herida siniestra, el doloroso desmonte del tamaño de un pueblo entero, el de Mortera, como puede apreciarse en la foto, del que se ha salvado apenas un tercio de la parte superior del pico Tolío y que ha llegado hasta la cima de sus laderas más bajas. Hay un mirador enclavado en las montañas junto al Portillo de Lunada, frontera con Burgos, a recto vuelo de pájaro unos 40km distante de La Picota, desde donde puede verse el pálido tajo en la masa verde de los parajes costeros. Hace un par de años los ecologistas armaron revuelo para proteger la ladera norte, la que da al Parque Natural de las Dunas de Liencres, pues parece ser que entre los planes estaba construir todo el perímetro externo del monte, que tiene forma de herradura. Poco antes de las elecciones las obras fueron oficialmente condenadas y denostadas por toda la plana de políticos, incluído el Presidente de Cantabria, y una sentencia obliga a que se detengan, aunque, curiosamente, aún no lo han hecho. Lo último es que los ecologistan vuelven a moverse y denuncian el horror que se está perpetrando y que tiene pocos visos de ir a remediarse. De hecho, ya no tiene remedio. No solo la magnitud del desmonte hace imposible restaurar la zona a su estado virgen anterior sino que los gestos por la defensa del monte y las declaraciones de indignación ante lo sucedido por parte de los políticos sufren el efecto Doppler, es decir, suenan más cuando se acercan, pierden agudos cuando las tenemos encima y se apagan deprisa al alejarse.

          Y en esto, llegan las elecciones. En Piélagos han logrado mayoría absoluta los del PP, los mismos que inicialmente promovieron y aún empujan -haciendo uso del pecado de omisión- para adelante el proyecto de construcción salvaje de La Picota. Si han conseguido ese triunfo electoral es, claramente, porque los ciudadanos les han votado. Si la mayoría les ha votado es porque están de acuerdo con su modo de proceder. Si están de acuerdo con su modo de proceder es porque La Picota les importa lo que un huevo de aguilucho. Esto es un ejercicio de lógica. Sin embargo, resulta ilógica la lógica porque a la hora de la verdad no se encuentra uno con nadie que no muestre indignación ante el espanto de La Picota. Unos y otros se escandalizan. Mientras, la hormiguita constante de la corrupción inmobiliaria sigue llevando granitos del monte a su despensa consistorial, con el beneplácito general.

          ¿Cómo debiera comerse esto? Quizá la idea que me ronda la cabeza le suene a más de uno a grandísima barbarie y como me lo temo, la expresaré directamente: no creo en la igualdad de voto. Es más, no creo en la igualdad. Punto. Y, la verdad, me parece que el concepto mismo de democracia despide cierto tufillo sospechoso. Creo que la naturaleza, siempre tan sabia, debe su maravillosa perfección a la lentitud de su evolución y que los seres humanos, con nuestras prisas sociales, pensamos e imaginamos por delante de lo que aprendemos y habitamos un globo hinchado con preciosos conceptos para los que no estamos en absoluto preparados y que ya está tardando en estallarnos en la cara una vez más. El mal que aqueja a la humanidad es su deseo de mirarse en el espejo y no ver a aquel que a él se asoma sino a otra persona o, mejor dicho, a alguien que, por definición, no puede ser una persona sino, si acaso, un dios o algún alienígena mucho más evolucionado que nosotros.

          La lucha en pos de la igualdad es larga y puede recorrerse su trazado histórico de siglo en siglo. Estamos ante una de las mayores Utopías de la humanidad. Las utopías me interesan mucho. También me entristecen mucho. Y ese famoso dicho de “dime con quién andas y te diré quién eres” lo reformularía en “dime qué sueñas y te diré en qué te puedes convertir”. El hombre, se diga lo que se diga, es esencialmente perverso: tarde o temprano pervierte todo lo que toca. El mito del rey Midas es una gran verdad. Lo que desconozco es en qué momento exacto de la historia del pensamiento esa idea tan peregrina -que quizás naciera ya con el pie equivocado- llamada igualdad se pervirtió. Pero el caso es que eso no ha impedido que crezca hasta convertirse en el icono que hoy es.

          Que levante la mano aquél que todavía se sorprenda de que el hombre reciba lo que se merece.

          Algún día, en el futuro, cuando la Picota sea el bello jardín domesticado de aquellos con dinero suficiente como para comprarse en ella su hogar, pensaremos con nostalgia en lo que fue, tragaremos y otra cosa, sintiéndonos, sin embargo, a salvo, porque tenemos igualdad. Todos los votos valen lo mismo, todas las personas tienen su voto, la madurez es la base de la independencia, los poderes fácticos nos echan comida para bonsais, nunca seremos árboles crecidos, pero votaremos en igualdad. ¿Quienes serán siempre más? Los que el poder quiera, los que a él le interese. Pero nosotros tranquilos, que tenemos igualdad. El poder sí que está tranquilo. Dirá: ¿Igualdad? Igual da…

          Utopía es llegar a una isla llamada Igualdad. Estupidez es pretender llegar a ella a nado cruzando un mar lleno de tiburones. La Balsa es la educación, el conocimiento, la información y la madurez. Los Remos son la voluntad y la honradez. El Timón es el criterio y el no temer a la verdad. Las Estrellas, nuestros guías, son inmutables; no así las voces que de ellas nos hablan. La Tierra Firme que dejamos atrás es movediza en grado sumo. La desesperación del hombre, el equivalente más elaborado y sutíl del instinto de supervivencia animal, lleva siglos desatada. Paciencia es virtud, que no ceguera, pero a veces con paciencia no se echa el pie a bordo sino con un combinado de fe, osadía y necesidad. El Viento es, sin duda, el dolor. El Rumbo, siempre incierto. Con el salitre del aire se mezcla el miedo. No debe echarnos atrás la certeza de que nunca llegaremos a nuestro Destino, pues es el Viaje lo que justifica la Partida. 

           No hay día que pase que no me pregunte acerca del destino que correrá Eriz, el pequeño erizo que mi hijo y yo soltamos en uno de los bosquecillos interiores de ese maravilloso lugar tras rescatarle de una muerte segura en unas obras próximas y tenerle en casa todo un invierno, cebándole con queso de Burgos y galletas María, sus favoritas. La vida de un erizo puede llegar a los diez años, tiempo suficiente como para que se quede sin hábitat, acabe teniendo una vejez expatriada, y yo me arrepienta infinitamente de no haberle dejado quedarse con nosotros como animal doméstico, lo que no es pero lo que los hombres le condenan a ser. Por amor a la igualdad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s