Mirando la naturaleza

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Este cuadro de Gaspar David Friedrich (1774-1840) llamado “El Monje” siempre me ha fascinado.

Una figura humana -que el pintor llama monje acaso por su actitud contemplativa ante la inmensidad del mundo, por su supuesta admiración ante la vasta creación divina, pero que podría, dada la lejanía e indeterminación, ser un hombre o una mujer cualquiera- está de pie, de espaldas, al borde del fin del mundo, al principio de un mar ignoto y un cielo infinito.

La tierra que pisa, esa tierra última, está yerma, desolada, parece roca viva. El mar está picado, amenaza o por lo menos advierte a la figura que se ha acercado a contemplarlo. El cielo muestra una neblina oscura que se abre para mostrar el azul más allá o que va a cerrarse para ocultarlo.

Los tonos empleados son fríos y hostiles y sugieren una naturaleza ajena a concepciones cristianas, un mundo que se pertenece a sí mismo y existe al margen de un posible creador.

La persona que lo contempla enfrenta y mide contra el paisaje su racionalidad y su fe. Es una figura pequeña, el paisaje parece querer minimizarla. Sin embargo, no lo consigue. Advertimos algo indómito en ese ser, una voluntad que lo ha llevado hasta ese lugar y una fuerza que lo mantiene allí. El choque entre ambos, paisaje y figura, está servido, y el espectador está plenamente involucrado en ese choque, pues la figura de espaldas representa simbólicamente nuestra propia mirada.

El concepto filosófico de lo Sublime influyó de manera determinante en todos los ámbitos de la creación artística a partir del s.XVIII. Fue desde ese momento que el componente sentimental, que hasta ese proto-Romanticismo no había logrado competir con el racionalismo, se alzó tanto como ideal estético como en constituyente esencial del proceso creativo. Lo sentimental, lo emocional, lo irracional devienen conceptos con los que el hombre se familiariza en su interpretación del mundo. Paralelamente, lo sublime acerca al hombre al sentimiento de asombro que, si es exacerbado, se acerca a su vez mucho al terror. Un terror que, según Burke, es experiencia intelectual del misterio y de la grandeza, y que estéticamente está vinculado a la belleza. No ha de confundirse con el horror, una experiencia sólo física y demasiado explícita.

Friedrich es el gran pintor de lo Sublime. En su pintura, y en especial en esta obra, la angustia y el terror ante un espacio, la naturaleza, que hasta entonces no ha sido analizado convenientemente por el arte, se dan la mano con la belleza, hasta entonces demasiado centrada en el hombre.

Al mismo tiempo, en todo la cultura occidental, el hombre comienza a volverse hacia esa naturaleza ignorada, desconocida, impulsado por una necesidad nueva, la de encontrarse a sí mismo en ella, por oposición a ella o como parte de ella. Acaba de nacer una nueva Utopía. 

Friedrich es sólo el principio, la primera mirada. 

    

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