La enfermedad

          “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. puerta.jpgA todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferinos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas.

          Hace unos cuatro años que ingresé en las filas de aquellos que ostentan dicha doble nacionalidad y he de decir que estoy con Sontag cuando dice que “la enfermedad no es una metáfora, y que el modo más auténtico de encarar la enfermedad -y el modo más sano de estar enfermo- es el que menos se presta y mejor se resiste al pensamiento metafórico”. Pero he llegado también a comprobar que lo que verdaderamente se convierte en metáfora cuando uno cae enfermo, es la vida.

          Antes, la vida ya se me hacía a ratos algo impreciso, casi irreal, especialmente en momentos de ensimismamiento, introspección o concentración. Vamos, era algo propenso a convertirse en alegoría o imagen. Despertaba de mis pensamientos como de esos sueños en que te sientes caer y el instinto de supervivencia te recoge justo a tiempo. Sin embargo, esta vez he caído, he atravesado la puerta y el instinto me ha fallado, así como me fallara mi cuerpo. Quién sabe, quizás sea una ilusión más, otra temible metáfora, pero he sido desterrada a otro ámbito y desde allí miro hacia acá y todo se me antojan metáforas.20051205161731-escher.jpg

          Según la enfermedad que se padezca la estética que la acompaña varía. Es, como decía Sontag, cuestión de metáforas. Así como en la antigüedad clásica se le asignaba a cada parcela de la vida un dios tutelar concreto, a muchas enfermedades les sirve de estandarte un personaje o un mito. Por ejemplo, la tuberculosis bien puede relacionarse con creadores románticos como Keats o Chopin y muchos héroes de ficción, como Margarita Gautier de “La dama de las camelias” o el menos conocido Nathanael de “Un hombre oscuro” de M.Yourcenar; con las enfermedades coronarias siempre se me vienen a la mente las paredes de cristal del corazón del Doctor Zhivago; y con las enfermedades degenerativas, esas grandes desconocidas, pienso en la mente prodigiosa de un Stephen Hawkins o la hermosa mirada vacua de Rita Hayworth. Y la depresión y la locura, cómo no asociarlas a Vincent van Gogh. Habrá muchos más ejemplos. Los que conocen o padecen estas enfermedades se llevarán las manos a la cabeza, y con razón (nunca me lo perdonarán), pero encuentro algo en su estética que se inclina a lo benigno.

          Con el cáncer no caben estos paralelismos. Las metáforas que a él asociamos tienen un grado de dureza, de horror y brutalidad, de corrupción y de culpa, de furor y perseverancia, de extrañeza cósmica, de soledad y represión y de silencio, que hace que la enfermedad se salga de todos los parámetros estéticos. Y pese a ser una de las grandes enfermedades del hombre contemporáneo resulta aún difícil de representar. La terminología asociada, tanto la que se refiere a la enfermedad en sí (invasión de células malignas, colonización del cuerpo, defensas superadas, destrucción) como la referida al tratamiento (el bombardeo de la radioterapia, la querra química de la quimioterapia, atacar y matar las células malignas, amputación) a la que se refiere Sontag es eminentemente bélica. Pero mientras que no parece haber pudor alguno en la representación de guerras externas (y valga aquí el ejemplo de las espeluznantes imágenes de conflictos bélicos en progreso por todo el mundo, rayanas en lo escatológico, que nos sirven con cada telediario, o el último hit cinematográfico de la tempotada, “300”), las internas como el cáncer y el horror de sus estragos permanecen en una discreta aunque inquietante oscuridad. De vez en cuando nos enteramos de la muerte de algún famoso, u otro famoso nos confiesa lo que padece (confiesa cual pecado del que debiera lavarse, reminiscencias de “la concepción punitiva de la enfermedad” que tan bien describe Sontag, camuflada bajo el deseo de acallar los muchos rumores…, de admitir la verdad…), pero poco más. Muchos imaginan algo así como “Gritos y susurros” de Ingmar Bergman, aunque la analgesia ha evolucionado mucho, gracias a Dios.

          Yo ya no estoy “enferma”, o eso creo (y no sólo yo sino también los que me vigilan). Pero la cosa no es tan simple porque el miedo y la desesperación de la ciencia médica -pobrecita- es tal que los tratamientos que a uno le imponen tienen igual o más elevado grado de… recuérdese todo lo anterior…, que la misma enfermedad. Dice Sontag: “…se considera justificado casi cualquier daño acarreado al cuerpo si con ello se consigue salvar la vida del paciente”. Y pese a que también yo, naturalmente, soy sensible al horror y a la oscuridad que representa, tengo esa tendencia a querer equipararlo con una imagen que pueda reconocer y, por lo tanto, comprender y aceptar. Porque puede que la “enfermedad” ya no esté ahí, pero la estela de los efectos secundarios es larga de cojones.

          Nunca habría creído que el Medievo fuera a reingresar así en mi vida, pero es como ha sido. Desde joven me ha gustado la épica, las leyendas artúricas, Tolkien y todo eso, y creo que a la idea del cáncer bien se le puede unir la estética medieval con todo lo que conlleva de dureza, horror, brutalidad…, y lejanía.

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          El punto en que ambos conceptos se conectan es el enigma y la magnitud. Y a ambos rige un peculiar sentido del destino, el Wyrd del que ya he hablado en ocasiones, al cual el héroe-paciente se enfrenta, con el cual libra tremenda batalla, a la cual sobrevive o no, y todo ello con total naturalidad. Porque la épica, en tiempos de la épica, era natural, y hoy la vida, en estos tiempos nuestros de tanta “calidad” (al menos en el primer mundo), debería ser natural, cosa imposible porque la muerte, su fiel sombra, sin embargo ya no lo es. Y de todas las muertes o amenazas de muerte por enfermedad posibles, el cáncer es una de las que más se le indigestan a todo el mundo. Está tan lejos de nosotros como lo medieval, o lo alienígena. Tan incongruente sería para la imaginación contemporánea encontrarse por la calle con un caballero en armadura como con un marciano. Y sin embargo, de repente, algo grande y misterioso, grande y misterioso como el mar que rodeaba la tierra cuando ésta aún era plana, como los abismos del pasado y del futuro, se cuela en el presente y nos hace suyos.  No es un alienígena, no es un caballero medieval, ni siquiera es un dragón. Es un cáncer.

          En fin, yo no vivo ni en el pasado ni en el futuro, así que ni miraré la imagen de la vírgen grabada en el interior de mi escudo ni musitaré con la mente una invocación a la fuerza. Hoy, a las cinco de la tarde, ingresaré en el hospital, es decir, me daré un paseo por la orilla del mar de la mano de mi particular paladín, desgranando metáforas. 

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R. Magritte, La respuesta sorprendente.

M.C.Escher, Tres mundos.

P.Bruegel el viejo, El triunfo de la muerte.

E.Kalnins, Orilla del mar.           

         

3 pensamientos en “La enfermedad

  1. Podría hablarte de mis grandes temores – que hoy has tocado -, podría llenarte de simples buenos deseos… pero es que no los necesitas.

    Pero, lo necesites o no, mi pequeño aporte a la Fuerza te acompaña.

  2. Hola, ya he vuelto. He tenido que trampearles un poco a los del hospital para escaparme pero al final lo he logrado y me he traído el Medievo a casa.
    Muchísimas gracias por pensar en mí. Yo aún no puedo pensar mucho en nada -hay que ver en qué gran y cegador resplandor blanco se vive en los hospitales- pero todo se andará.

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