300 y la épica

          Supongo que a estas alturas de la fiesta ya todo el mundo sabrá quiénes fueron Leónidas y Xerxes, en qué consistía la cultura espartana y dónde están las Thermópilas. Frank Miller y su cómic también les sonarán a muchos y otros tantos habrán trazado el nexo inevitable entre esta película y Sin City. A poco que se hurgue por ahí se verá lo dividida que está la crítica al respecto de “300”, cómo hay puristas del contenido y puristas de la forma, el antiguo conflicto res-verba aún sin resolver…

          El cine, como todo arte, cumple muchas y variadas funciones en la vida del hombre que van desde la pura distracción hasta ser un vehículo para ideologías. En algún lugar de en medio está el deseo del cineasta de representar la vida. La épica también tiene su razón de ser en la cultura. Siendo, quizás, muy sintética diré que las aventuras épicas y sus héroes simbolizan el impulso y la necesidad que tiene el hombre de trascender las limitaciones de una existencia incompleta y alcanzar una vida más plena según las virtudes más valoradas por una determinada sociedad. Cuando arte y épica se unen surgen las más sugerentes y efectivas utopías, o antiutopías, según el enfoque que se les quiera dar. El número y grado de perfección de estos tandems (arte-épica) así como la preponderancias de una u otra inclinación (utópicos/idealistas-antiutópicos/cínicos) da cuenta de las holguras o carencias de la sociedad en un momento dado de su historia. Sin embargo lo habitual es que ambas tendencias vayan paralelas y se turnen en el poder a modo de bipartidismo. Entre los avances de una y otra pierna, el hombre camina.

          Creo sinceramente, después de esta perorata acaso demasiado abstracta, que “300” podría haber sido una gran película. No tengo una especial preferencia ni por el idealismo ni por el cinismo pues cada uno de ellos le habla a una parte de mi mente que siempre está dispuesta a escuchar, la esperanzada y la desengañada, ambas igual de hambrientas. Aprecio la apabullante estética de las imágenes -estética que sutiliza y vuelve muy peligrosa la carga de violencia que contienen, pero eso es otra historia-, a cuyo servicio se ha puesto todo lo demás, pero según me distancio en el tiempo del visionado también me doy cuenta de que los fallos de la película cobran relieve y estropean el efecto final.

          Por un lado está la falta de ritmo narrativo y la desconexión entre episodios que hacen pensar en la estructura a base de viñetas del cómic. Esto en el cine no funciona pues le resta empuje a la historia, hace que la fuerza se le escape entre los dedos, es decir, entre las secuencias. Por otro lado mientras que los espartanos, en especial Leónidas y su esposa Gorgo, están estupendamente representados con un grado de realismo que favorece la credibilidad y la empatía (siempre salvando las distancias de los 300 hombre perfectos que les arropan), sus opositores persas rayan en el ridículo de lo excesivamente elaborado o deshumanizado, así como les sucede también a los servidores del oráculo y al jorobado traidor. La única respuesta a estas objeciones es que el cómic es así, con lo cual se pone en evidencia la deuda de la película, que acaba siendo su condena.

          Opino que este lastre es una verdadera pena. Pocas veces ha estado el hombre tan necesitado de épica como hoy, como demuestra su constante recurrencia a todo tipo de héroes, y no sólo épicos sino también sentimentales (sobre todo sentimentales, al estilo del héroe-tipo de mediados del XVIII, aunque también los haya del corte del héroe satánico-gótico de Byron), lo cual hace sospechar que tanto la sociedad como los individuos están dramáticamente disminuídos por el peso de un destino ominoso. Una coyuntura semejante, aderezada del debido talento, podría haber dado lugar a una gran obra. Pero no ha sido así.

             

    

2 pensamientos en “300 y la épica

  1. Como cinéfilo viejo, y aún más viejo lector de cómics y aficionado a la historia, no puedo menos que estar en completo desacuerdo. Al contrario d elo que escribes, pienso que el propio Leonidas estaría muy satisfecho con la película de Snyder.

    Es que la épica habla de héroes, y los héroes son perfectos – por eso los 300 y la mayoría de los espartanos son perfectos – pero para que un héroe sea reconocido como tal, debe enfrentarse a un monstruo – NO a un villano: ese es un concepto cristiano; por eso Teseo destruye al Minotauro y NO a Minos – y por tanto los Persas – en todo caso el Ejército Persa – es presentado como un “monstruo”, y por supuesto como un ejército de “monstruos”.

    Así, pienso que la película es un excelente regreso a la auténtica épica griega – así nunca haya sido más que propaganda prohelénica. Probablemente si existiera quien hiciera una película sobre la versión persa – que sería una mejor estrategia que los quejidos del gobierno iraní – los griegos serían unos monstruos manipuladores y asesinos de persas.

    Mi puntuación, 98 sobre 100. Y quiero la banda sonora.

  2. La verdad es que no conozco ningún verdadero héroe -me refiero a uno redondo en el sentido que le da E.M.Forster a los personajes, en oposición a los planos-, que sea perfecto. De hecho, un héroe, en el sentido clásico, es un ser semidivino cuyo rasgo principal es la mortalidad, un grave pero muy significativo “defecto”: la perfección es inhumana.
    El héroe está dotado de “areté” o excelencia en sus cualidades físicas y morales pero no en un sentido absoluto. Su objetivo vital es lo que pone de manifiesto su heroismo, sea el enfrentamiento con un monstruo, con un enemigo, con los dioses o con su propio destino o condición. Su aventura épica es un ejercicio de dominación, tanto de lo que le rodea como de sus propias debilidades. No importa que gane o que pierda, lo importante es que no permita que ningún obstáculo -y ha de haberlos, pues sino en qué se quedaría- le desvíe de su objetivo o le distraiga de sus valores.
    Así pues, para que exista el heroismo ha de haber un conflicto, y a mayor conflicto, mayor heroismo. No hay mayor o más interesante conflicto que aquél que implica los valores morales, y estos sólo existen en entidades complejas. Teseo derrota a Minos venciendo el símbolo de su ideología: el Minotauro. No era, pues, necesario matar a Minos personalmente. Hasta ahí Teseo es un héroe. Pero en el fondo lo es de un modo parcial, pues requiere la ayuda de Ariadna, a la que luego abandona, dando pruebas de su fragilidad moral, y a su regreso a casa, entregado a la euforia de su victoria, olvida cambiar las velas de su navío, lo cual da lugar a la muerte de su padre, el castigo de los dioses. Será después de tan trágicos sucesos que Teseo, reconociendo sus faltas, alcance la auténtica grandeza.
    La mayoría de los grandes héroes, especialmente los trágicos, han de pasar por una ordalía personal, íntima y compleja, que dará la medida exacta de su grandeza.
    Si se minimiza el conflicto al que el héroe se enfrenta -hay varias maneras de hacerlo, y una de ellas es simplificar al enemigo, como convertirlo en un estereotipo o en una caricatura- se ve correspondientemente reducida la estatura del héroe, empobreciéndolo.
    Si la sociedad espartana derivó en lo que derivó fue seguramente porque la categoría de su opositor extranjero, los persas, y el interno, Atenas, lo requería así.
    Opino que se han mermado dramáticamente las posibilidades de la película al haber simplificado tanto el nivel de contenido, sacrificado al plano formal. La calidad de este último no la pongo en duda: es original, impactante y de un gran esteticismo y plasticidad, pero lo encuentro vacío, como un espléndido palacio imposible de habitar. Y de veras lamento semejante desequilibrio. Por otra parte, no creo que se parezca en nada a la verdadera épica clásica, siempre enriquecida de sutileza e incluso de fascinante ambigüedad. Por desgracia me resulta mucho más representativa del discurso del poder actual, cuyo rasgo fundamental considero la mediocridad.

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