Matar a un ruiseñor

          Siempre me han fascinado los títulos de crédito iniciales de esta película. Como sin darle importancia, Mulligan nos muestra una caja que se abre, un tesoro infantil que nos es revelado por las manos de su dueño al son de una vaga cancioncilla musitada sin pensar. Los preciosos objetos que vemos están cargados de simbolismo: un reloj parado nos hablará del paso del tiempo, unas figuras humanas talladas en madera del alma y del silencio, una llave quién sabe lo que abrirá, un silbato parece una llamada de atención, las canicas rememoran juegos de verano, las ceras la capacidad de representación, de comprensión… Con ellas veremos hacerse un gran tachón y luego el dibujo de un pájaro volando. Las manos van y vienen pero sólo juegan, se distraen un rato, acabarán cansándose… El pájaro dejará de volar.

Qué terrible puede ser el mundo infantil.

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