La vida de los otros

          Ayer fui a ver La vida de los otros. La historia gira en torno a Wiesler, un oficial de la Stasi, en el Berlín de 1984, cuando aún era la capital de la República Democrática Alemana, antes de la caída del muro. Se vive bajo la atenta mirada de un estado policial paranoico y corrupto. Wiesler debe vigilar a Dreyman, un escritor aparentemente afín al régimen, y a su compañera Christa-Maria, actriz de teatro. 6911.jpgPero Wiesler, pese a ser un gran profesional y experto en técnicas interrogatorias, y pese a estar acostumbrado a escuchar, estudiar y rendir a los otros, entra en un curioso estado de empatía con esta pareja que le lleva a alterar su pauta de conducta profesional y a perder la neutralidad. Las consecuencias afectarán a las vidas de todos ellos.

          Es ésta una extraordinaria película se la mire desde donde se la mire. Es inteligente, emotiva, sencilla y sutil, y todo ello desde un presupuesto moderado, algo que salta a la vista desde el principio, esgrimido sin pretensiones pero con una gran claridad de ideas. Tres son los pilares sobre los que se apoya en perfecto equilibrio, asegurándose la efectividad de la obra.

     1. Los actores. Ulrich Mühe, Sebastian Koch y Martina Gedeck componen respectivamente unos impecables Wiesler, Dreyman y Christa-Maria. Eso por no mencionar a los muchos secundarios que funcionan al mismo nivel de calidad. Los tres protagonistas son personajes complejos y de difícil categorización. Wiesler es un hombre gris de principio a fin. Su vida interior parece hecha de compartimentos estancos que aseguran su supervivencia emocional. Pero las paredes son delgadas y las puertas pueden abrirse, y hasta este hombre solo y funcional llegará una música emocionante, un relato de Brecht y los sonidos del amor. La vida de los otros irrumpe en la suya y expone el doloroso vacío imperante. Dreyman no es ni un idealista ni un desencantado ni un cómplice del régimen. Parece más bien un hombre ingenuo que vive de perfil la realidad. El suicidio de un amigo sumido en el ostracismo le incita a tomar parte más activamente en la denuncia de los hechos que tienen lugar en su país, aunque el personaje no apunta maneras heróicas ni mucho menos, lo cual se agradece, sino que mantiene el pulso de un hombre corriente en una situación a ratos demasiado difícil y oscura para él. Christa-Maria es un personaje apasionado y torturado al cual vemos caminar sobre el filo entre dos mundos antagónicos, el de la maquinaria del poder, representado por el ministro que se “interesa” por ella, y el de su compañero y sus amigos, contrafuerza opositora. Es uno de los personajes más lúcidos y, sin embargo, permanece opaca para todos.

          Tanto estos tres personajes como todos los demás están en una actitud de constante observación unos de otros. Mirar, evaluar y actuar de acuerdo con lo que se ha determinado, ese es el tema central de la película y recurso estructural utilizado en todos los niveles de la narración, lo cual me lleva a la segunda pata del trípode:

          2. La historia. Funciona como una muñeca rusa. Dentro de la macroestructura del poder se crean otras estructuras menores a través de las cuales funcionan la corrupción, la violencia, el ansia de poder y el miedo, y en la cual se ven involucradas hasta las menores entidades, como la vecina de enfrente que ve algo por la mirilla de su puerta. Frente a este gran monstruo se sitúa la vida diaria y corriente de los protagonistas. La película cuenta con un guión muy preciso y nada panfletario que pretende describir una realidad hiriente que fue verdad no hace mucho -y aún es verdad en algunos lugares, como por ejemplo Cuba- sin causar heridas añadidas que sólo empañarían el límpido cristal a través del cual nosotros, el público, miramos a nuestra vez la historia. Como apunte, ese hermoso bucle en que Wiesler se encuentra con Christa-Maria en un bar y la elogia -y fortalece- como espectador. No creo que ella le reconociera en su siguiente encuentro, en muy diferentes circunstancias, pero claro, para entonces todos corren acelerados y ciegos hacia el cumplimiento de sus destinos.

          3. Puesta en escena. Localizaciones y decorados, fotografía, música, todo estupendo y al servicio de la idea. Con un realismo que evita la crudeza aunque la ronde en ocasiones, filmada de forma sencilla y casi documental, intencionadamente evitando caer en esteticismos (ni siquiera la personificación de los espacios que resulta en la casa de Wiesler y la de Dreyman y Christa-Maria comparadas, tan distintas) que podrían poner en peligro la credibilidad de la historia cargándola de metáforas o de símbolos (qué tentación la de elaborar en exceso las imágenes; en muchas ocasiones llega así a destruirse una película), la carga emocional se ha confiado a una banda sonora de gran calidad: una melodía oscilante, minuciosa en sus intervalos mínimos y en su dibujo a base de progresiones, que las cuerdas interpretan con una emoción de la que es difícil no contagiarse.

          El resultado es una película sobria e inquietante, que tanto podríamos adscribir al género de drama de caracter como al de suspense, dada la tensión e incertidumbre que se van acumulando poco a poco según la historia se complica. Pese a ser una película larga, el ritmo narrativo que comienza pausado se va acelerando y no decae ni siquiera en el tramo final, cuando se producen una serie de elipsis temporales y la acción casi se detiene. Impaciente espera el espectador a que la verdad se revele y el círculo pueda cerrarse finalmente para Dreyman y para Wiesler. Ya que no se trata de hacer justicia histórica ni se le puede devolver la vida a aquellos que la perdieron, al menos el conocimiento pondrá las cosas en su lugar. Y qué forma tan hermosa de abrirse camino tiene aquí el conocimiento…

        

           

         

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