Pasaje a la India

          El viernes es el mejor día para el cine. Hacemos borrón y cuenta nueva con la semana laboral (bueno, excepto los que trabajan los sábados) y le damos una oportunidad a otra cosa, a ser posible que colme nuestros sentidos y le diga algo a nuestra alma. Nada mejor que una película.

          En su día R. Wagner opinaba que la ópera era la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) por ser la perfecta fusión de poesía y música, las dos artes más elevadas, junto con otras como la danza e incluso la plástica, presente en los decorados. Hoy en día ese puesto privilegiado lo ocupa, sin duda, el cine. En él está la imagen, la palabra y la música y, como decía un contemporáneo de Wagner, C.M. von Weber, todas esas artes individuales se funden “para emerger de nuevo al crearse un mundo nuevo”.

          A David Lean le gustaban mucho los trenes pero no es ése el medio de transporte que aparece en la secuencia que he escogido para inaugurar esta sección, la cual pretendo mantener de semana en semana y cuya idea principal es la de entresacar un único hilo dorado del gran tapiz que son algunas obras maestras del séptimo arte. es_cinp_001229.jpg

          Las dos protagonistas femeninas, la maravillosa Sra.Moore (Peggy Ashcroft)y su nuera en ciernes, Adele Quested (Judy Davis), acompañadas del hindú Dr.Aziz (Victor Banerjee), se han subido a un enorme elefante decorado de pinturas para la ocasión. Han abandonado el pueblo y dejado atrás la estridente celebración que su llegada ha motivado y ascienden lentamente a las montañas, en un silencio sólo interrumpido por las pisadas de su séquito de acompañantes, de los furiosos grillos exacerbados de calor, pues no acaban de llegar las lluvias, y de los débiles cascabeles que el paquidermo tiene atados a las patas. El terreno es de roca viva y lisa. La tensión es casi insoportable.

          Sabemos desde el principio de la película, cuando Adele aún estaba en Londres y va a comprar los billetes para el trasatlantico que la llevará a la India, que su destino está vinculado a un lugar, el lugar al que luego la llevará el elefante y que ya aparece retratado en una fotografía (en blanco y negro), sobre el oficial que le despacha los billetes: las cuevas Malabar. Recordamos que al ver la foto ella ha deseado ese lugar aun sin conocerlo. Sabemos que Adele desea también otras cosas que no conoce y que, además, teme. Otros, también, perciben ese peligro que toma cuerpo en las cuevas y maquinan para dejarla desamparada frente a él. Finalmente, sabemos que el descontento que siente en el fondo de su corazón es enorme: descontento porque no se atreve a extender su mano hacia lo que desea ni se atreve a rechazar lo que no la satisface. Y el descontento es un peligroso compañero de viaje.

          Con todo ese bagaje ha llegado a la India y sube ahora cuesta arriba por la ladera de la montaña.

          Hay un plano mínimo, el hilo de oro, en que vemos los pies del elefante delicada y despaciosamente escoger el camino. Un extraordinario oxímoron visual. Los cascabeles suenan sofocados bajo el calor. El destino es inevitable. Ella ha logrado escapar de él anteriormente (aunque lo persigue sin descanso), en la escena del templo antiguo con los monos, pero esta vez será diferente, esta vez ella no huirá. ¿O sí?

               

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