Leyendo blogs

          La blogosfera, mar hachetemelénico o como se le quiera llamar, es un ámbito fascinante y mucho me gusta seguirle el rastro a los tan variados hilos de Ariadna que lo cruzan. Te pueden llevar a encontrarte con minotauros resucitados, restos viejos de olvidadas víctimas sin deletar, algún que otro héroe moderno, sea paladín esforzado o discreto e introspectivo superviviente, también aquellos que miran desde fuera hacia el interior del laberinto y, sobre todo, mucha, muchísima vegetación.

          Tiene, además, un toque de irealidad el asunto, una ambiguedad o incertidumbre acerca de los entes navegantes que uno encuentra y de la naturaleza del propio mar, espacio, red (La palabra “Web” me gusta más, porque lleva implícita en ella la idea de atrapar y de tejer, de araña y de Parca, de la que carece el término español).  Por ejemplo, me llevé una gran sorpresa cuando, ingenua de mí, me enteré de que la Wikipedia, que yo creía tan imbuída de autoridad como la Britannica que tengo en la estantería, la podemos crear todos, es decir cualquiera. Esto no es una crítica porque, al fin y al cabo, tampoco conozco a los que escriben la Britannica, pero supuso un reto a mis concepciones enciclopedistas: habiendo superado mis iniciales reticencias, ahora tengo una visión más amplia… de las tierras movedizas de la realidad.

          Cuando Homero, la información era poca y la imaginación (en verdad, la necesidad de imaginar) mucha. Todo era, por lo tanto, posible. Hoy en día la situación se ha invertido: hay mucha información (aunque se haga un uso más que dudoso de ella) y la imaginación escasea, atrapada en el rígido corsé que los mismos conocimientos (y la ideología que traen consigo) nos han dado. No sé a otros, pero a mí ese corsé no me proteje del frío del universo. Y siento pena cuando un alumno me pregunta dónde está exactamente esa isla que a Tomás Moro un tipo le dijera que se llamaba Utopía.

          Una vida con libros ha sido siempre para mí como un país con salida al mar. Al mar de Homero, al de los vikingos, al de Swift o al de Conrad: al mar observado desde cualquier confín como parábola de un mundo misterioso y deseado. La sociedad humana se me hace un archipiélago. ¿Que inesperado prodigio llegará de ultramar? Tengo costumbre de leer reseñas, demorarme en las librerías, curiosear los fondos de las bibliotecas y amo profundamente algunos de los libros que han caído en mis manos.

          Y ahora, esto. La blogosfera. Como dije al principio, es fascinante. Pero no sé si por prejuicios, instinto o experiencia, si por lo desconocido inexplorado o por lo que ya he llegado a deducir del género humano (poco, pero útil), me parece que un extraño bucle me ha llevado a encontrarme en los mares de antaño, que como mejor podían describirse era con la palabra “peligrosos”. Porque bien está y se agradece seguirles la pista a ciertos blogs o bitácoras (yo misma he entrado en el juego), pero el seto circundante está lleno de ojos. Es más, el mismo seto tiene vida propia, como el de la última peli de Harry Potter. O, mejor dicho, no; no es como el de Potter. Ese ya está demasiado mediatizado, ha sido fagocitado por nuestra cultura. Más bien es como “La alegría de vivir”, cuadro de Max Ernst de 1936. Ese está aún sin digerir.

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           Cabe, por tanto, preguntarse: ¿qué será de todos nosotros?           

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