Espacialidad simbólica en “Banderas de nuestros padres” y “Cartas de Iwo Jima”

           Al cabo del tiempo, cuando pienso en “Cartas…” y en “Banderas…” una serie de imágenes me vienen a la mente. Son imágenes bastante simples, desde luego; imágenes puras: el Suribachi, la playa, una vasta llanura atravesada por una carretera, el mar plagado de barcos de guerra, los estadios abarrotados, el paisaje lunar de los hoyos dejados por las bombas… El sentimiento que viene asociado a esas imágenes es igual de simple y puro: la desolación. Luego hay otro grupo de imágenes, más articuladas y por lo tanto más difíciles de analizar. El interior de las cuevas en penumbra es el eje de todas ellas. El mundo que allí subsiste, que allí acepta su derrota y entrega su alma es mucho más complejo, sin dejar por ello de ser también puro.

          Y una idea acaso peregrina me cruza la mente: en las cuevas se está como un animal atrapado y condenado, pero acaso sea mucho peor fuera, en la vida real, al abierto (y no me refiero al campo de batalla), donde la muerte y la aniquilación llegan tarde y más despacio, como le sucede a Hayes.

          Fuera y dentro. Arriba y abajo. El Suribachi como gran alegoría del Olimpo griego, caído al ser derrotados los dioses que lo sustentaban; después olvidado. Posiblemente anhelado por muchos. Hasta 1968 no dejó EE.UU ir esos 21km cuadrados tan duramente ganados. Hasta 23 años después de la batalla no regresaron los japoneses a buscar el rastro de sus seres queridos desaparecidos.

  

          En el libro “Crítica literaria. Iniciación al estudio de la literatura” de Antonio García Berrio y Teresa Hernández Fernández hay un interesantísimo capítulo dedicado a la espacialidad imaginaria y el valor poético. En él se analiza el espacio referenciado por un texto literario y cómo este espacio puede llegar a erigirse en verdadero protagonista de una obra, como sucede, por ejemplo, en “La Montaña Mágica” de Thomas Mann. Asi mismo se hace una clasificación tipológica de la espacialidad imaginaria en todas las dimensiones posibles: diseños dinámicos verticales, de ascensión o caída, u horizontales, de expansión o choque; y diseños estáticos, de ámbito o asedio. Según el predominio de unos u otros diseños, la connotación del texto, la impresión que produce en el receptor, será radicalmente diferente, siendo, por ejemplo, el esquema eufórico el que tiene un predominio de ascensión, expansión y ámbito mientras que un esquema agónico, propio de la tragedia, contendría elementos que sugieran caída, choque o asedio.

          Naturalmente, en un texto el lenguaje referencial de un carácter u otro es fundamental para crear una imagen, con la consiguiente connotación, en la imaginación del receptor.

          Hasta qué punto cabe o tiene sentido el análisis de esos mismos elementos en una obra cinematográfica, que está toda ella constituída de imágenes, podría llegar a dudarse. Aislar, de entre todas las secuencias y fotogramas que constituyen una película, aquellas a las que concedemos un valor simbólico por el punto de vista espacial que ofrecen es, además, bastante trabajoso y tarea altamente subjetiva. Pero, ¿qué amante del cine no percibe los ángulos de cámara o el tipo de plano escogido para cada ocasión cargados de significado en sí mismos?

          En mi opinión, la espacialidad tanto en “Cartas…” como en “Banderas…” tiene un elevado y marcado carácter pragmático y simbólico que hace de un análisis de este tipo un ejercicio fascinante. He de decir, sin embargo, que los comentarios que voy a hacer al respecto son, como ya he dicho arriba, altamente subjetivos, apreciaciones muy personales con las que es fácil no estar de acuerdo.

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          La misma orografía de la isla, prácticamente llana pero con un monte imponente en un extremo, el monte Suribachi, me ha sugerido este análisis. Los dos planos, el arriba y el abajo, con todas las implicaciones estratégicas, heróicas, psicológicas e incluso míticas, saltan a la vista desde el principio. En un segundo nivel más profundo está el interior y el exterior, las escenas dentro de las cuevas y las del campo abierto, a su vez también cargadas de implicaciones. Pero vamos por partes.

          En “Banderas…” se nos narra, entre otras muchas cosas, la invasión americana de la isla y la toma del monte Suribachi, con el consiguiente plante de la bandera. Hasta ese punto la narración es esencialmente de caracter eufórico: vemos repetidas imágenes del Suribachi desde su base, el despliegue de los soldados es ascendente, el propósito es hacer cima, una estrategia tanto bélica como de zapa psicológica para con los japoneses (el Suribachi cobra aquí su dimensión simbólica), y una vez arriba se produce un momento de relajación porque el grupo al cual seguimos y del que forman parte los protagonistas está aún íntegro, ha logrado esquivar a la muerte. La película dilata este momento con la narración del izado de la bandera, un asunto hasta cierto punto prosaico. Hay un personaje clave, además, que hasta entonces ha estado animando la película con sus comentarios: el anacrónico e ingénuo Iggy.

          Sin embargo paralelamente se nos ha estado diciendo que ésta es una euforia falsa, pues está veteada de instantes que la contradicen y falsean. Pese a sentirla sabemos que la euforia es mentira. Contribuye a ello la estructura temporal de la película, en que todas las escenas de la batalla son recuerdos, flashbacks, en la mente agonizante de un hombre, Doc, el gran superviviente, que ni aún en su lecho de muerte (la verdadera y subliminal estructura temporal de la historia es la siguiente: Doc es ya muy viejo, cae, muere y su hijo investiga sobre su pasado en Iwo Jima) traicionará la voluntad de guardar el secreto del horror. Y la historia corrobora la falacia, aunque para ello hay que conocerla. La bandera se izó el quinto o sexto día; la batalla duró en total 36 días. Las cifras de víctimas son escalofriantes. La trama paralela, la del entronamiento heróico de los tres protagonistas regresados a EE.UU, también nos ha estado proporcionando los datos necesarios para saber desmentir la euforia.

          Creo que el izado de la bandera es el turning point de la película, un clímax dotado, curiosamente, de un carácter muy poco dramático. A partir de aquí la perspectiva va a cambiar. Desde ahora la batalla se convertirá en el verdadero infierno.

          Para empezar la mirada se dirige ahora hacia abajo, hacia la playa. Hay que descender de la falsa gloria de haberle clavado la banderilla al Olimpo y el precio va a ser muy elevado. Ahora es cuando se produce la caída. Los miembros del grupo empiezan a morir, destacando los decesos, por un lado, del que creíamos más inexpugnablemente heróico, el cuasi-Aquiles Mike, y en el otro extremo, del Rousseauniano Iggy. Las escenas de choque entre bandos se multiplican y personalizan, aumentando así su horror. Los americanos son sometidos a la presión del asedio de los japoneses, algo que se percibe como hasta cierto punto paradógico, pues ya se creía ganada la batalla después de haber plantado la bandera.

          Caída, choque y asedio. La perspectiva invertida respecto a la primera parte de la película a la que se viene a sumar el largo epílogo, las agónicas -pese a ser a veces tan comunes y corrientes- consecuencias de todo aquello en las vidas de los protagonista. Escenas con poco diálogo, apoyadas sobre una base de esporádicas voces en off, ralentizan e incluso paralizan la acción.

          Y la mentira final (en verdad, ocultamiento) en que Doc no le dice a su hijo que sí que buscaba a Iggy en su sueño, convertido en símbolo de todos aquellos que le necesitaban -y le siguen necesitando- y a los que no pudo ayudar -ni puede ayudar más que si sigue guardando el secreto, o al menos eso cree él- para salvar un instante de belleza impoluta, el baño en la playa.

          Bien mirado, la estructura de la película es como la orografía de la isla: subida al monte, bajada del monte y larga planicie. Naturalmente me refiero a la parte de la película que se desarrolla en la isla. La trama paralela en EE.UU no entraría más que parcialmente en esta consideración. La espacialidad poética está más desarrollada en las partes que suceden en la isla y cobraría un valor de trasfondo contextual en las otras. La parte que antes he denominao “planicie” sería sobre todo la que sucede de vuelta a casa, a ese lugar ya para siempre imposible.

          “Cartas…” es desde este punto de vista de la espacialidad poética una película diferente. Como ya indiqué en el artículo correspondiente a la película, ec23_p_cultura.jpges prácticamente inevitable el poso connotativo dejado por el anterior visionado de “Banderas…”. Siendo así, creo, muy acertado el haber optado por una pareja de perspectivas complementarias tan diferentes, aquí el “dentro” y el “fuera”.

          Los temas de “Cartas…”giran en torno a la concepción de la vida y de la muerte y cómo ambos se miden por las circunstancias, en este caso tanto bélicas como culturales. Como ya he dicho anteriormente en mi otro artículo sobre “Cartas…”, los japoneses mueren fuera y los americanos dentro. Esta, ciertamente, no es la realidad pero sí la perspectiva que Eastwood nos ofrece, pues los dos americanos que vemos morir de cerca, tanto al que clavetean con las bayonetas como a Sam, al que intenta curar el Barón Nishi, lo hacen dentro de las cuevas; en cuanto a los japoneses, sólo un soldado sin protagonismo encargado de una ametralladora muere dentro, los demás salen todos al exterior y mueren allí. Los únicos japoneses a los que vemos morir en las cuevas son aquellos que se suicidan, y el suicidio es para ellos una forma de honor que les vincula a la vida, no a la aniquilación.

          Por lo tanto, y de forma paradógica, la trampa en que eventualmente parece convertirse el laberinto de túneles es, en realidad, un ambito protegido donde puede pervivir durante un poco más de tiempo el particular universo ideológico japones. Es curioso porque Shimizu, el que había sido Kempei Tai, es consciente, a pesar de todo, de la imperiosa necesidad de salir pues se da cuenta de que la única posibilidad de supervivencia está fuera, y la única forma de salir y sobrevivir es rendirse. Pero desde que empezara la película sabemos que ese ámbito protegido, ese simbólico “jardín”, está condenado a la destrucción porque Iwo Jima se perdió, y la terrible, desesperada defensa que se hizo de ella no sirvió más que para que los americanos creyeran que sería imposible doblegar con vida -la única forma para ellos aceptable- al Imperio Japonés y decidieran tirarles las bombas atómicas. Así que la idea-sentimiento de extensión interior como se la denomina en “Crítica Literaria”, es enfrentada a la idea del cerco, su contraria, y superada por él.

          Vuelvo aquí a referirme al hecho de que los japoneses mueren fuera y los americanos dentro y extraigo una conclusión más: la destrucción se encuentra al traspasar las fronteras del ámbito que es propio de cada cultura. Y esto sucede en estas dos películas por partida doble, pues ambos bandos son terriblemente diezmados, y los supervivientes destruídos interiormente mont_suribachi011.jpg(valgan los ejemplos de Hayes por parte del bando americano y de Ito, el sargento que pretendía suicidarse llevándose por delante algún tanque enemigo y que espera largo y en vano hasta desistir y refugiarse en una cueva donde los americanos le encuentran). No quiero decir con esto que las culturas no deban interrelacionarse e influirse mutuamente, incluso mezclarse. Pero sí que la destrucción acontece cuando uno invade o es invadido con afán de dominio, con agresividad.

          La dimensión simbólica y poética del elemento espacial en ambas películas está, a mi modo de ver, bastante claro. Eastwood, además, lo refuerza y subraya mediante la luz, el sonido y los grados de acción que acontecen en cada marco. Por ejemplo, no es casual que en “Cartas…” la luz en el exterior sea tan intensa y llegue incluso a alcanzar un punto de saturación que hiere no sólo al espectador sino a los mismos personajes. Incluso encontramos en “Banderas…” una dolorosa recreación paródica del espacio simbólico que representa el Suribachi, la montaña de cartón piedra a la que los tres “héroes” deben subir para regocijo de un auditorio que está siendo manipulado.

          Cuando vuelvo a pensar ahora en los lugares que mencioné al principio, el Suribachi, las cuevas, y todo lo demás, el arte y la sensibilidad con que han sido minuciosa, inteligente y simbólicamente retratados me parecen extraordinarios. Y curiosamente en la realización de “Banderas…”que trata, entre otros temas, de la manipulación a través de la imagen, así como en “Cartas…”, las imágenes y la perspectiva espacial que ofrecen hayan sido tan elaboradas como para alcanzar una dimensión poética que, sin embargo, no disuena en absoluto con el conflicto bélico representado sino más bien al contrario, realizan un todavía más efectivo alegato en favor de la paz. 

052618h1.jpg          cartas-desde-iwo-jima.jpg

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