WYRD

           CUENTO DEL GUERRERO.

          – Escúchame, Freara. Has de quedarte aquí. Pocos hay que te quieran y menos que te sean fieles en esta comarca. Y yo debo partir. Este cobijo es antiguo pero te servirá.

          Con la punta de sus dedos ennegrecidos de barro y sangre Aelfnorth acarició suavemente la pálida mejilla de la mujer. Ella callaba, sus ojos claros velados por la penumbra de la tierra. Luego el guerrero cogió sus armas, que había dejado apoyadas contra la pared, y salió.

          A grandes zancadas se alejó de la entrada de la cueva bajo el viejo roble, en lo profundo del bosque de Enard, en el extremo septentrional del territorio de los Yutos. Silenciosamente, pues las hojas caídas el último otoño, macilentas tras haber pasado el largo invierno bajo la nieve, no delataban su paso. Dejó a un lado el pequeño claro, donde la primavera había hecho brotar delicados crocos azules sobre los que ya se estaba posando la helada de la noche próxima –desde allí y a lo lejos podría haber visto brillar los fuegos de su aldea-, y se dirigió hacia el norte.

          Era aquella una comarca de valles umbrosos y altas colinas, amargos baluartes crecidos de zarzas ahogaban las rosas silvestres. En el horizonte oeste, el mar. Mientras caminaba, Aelfnorth iba pensando en la mujer. Las provisiones la acercarían al verano y luego ella ya sabría qué hacer. Aquella hija de vikingos norteños entregada a su Señor a cambio de la paz, una paz que no había resultado duradera. Ahora su Señor yacía muerto entre los otros muchos muertos, junto al vado. La marea habría subido y vuelto a bajar, a lo mejor se había llevado algunos cuerpos. La isla donde se había hecho fuerte el enemigo estaría vacía, podría oírse allí de nuevo la límpida voz del mar…

          Una dolorosa punzada atravesó su cuerpo y el guerrero se llevó la mano al costado, donde sintió la tibieza de la sangre fluyendo de la herida que le salvara la vida allá abajo, allá lejos, junto a su Señor. Sus piernas vacilaron. Los árboles parecían querer abatirse de golpe sobre él. Creyó oír los ásperos chillidos de las gaviotas carroñeras que le despertaran después de la batalla, abandonado entre los cadáveres, muerto él también. Pero sacudió la cabeza intentando despejar el terrible recuerdo. Sí, en verdad creía que Freara estaría bien, oculta en el bosque, lejos de los de su estirpe, ahora para ella también el enemigo victorioso, lejos de su pueblo de adopción, que la odiaría por no haber servido para contener la marea de muerte llegada a bordo de los esbeltos barcos grises, desde aún más lejanos puertos. Lejos de todo y de todos. Sí, con el tiempo llegarían para ella las largas tardes de verano, sentada sola junto al roble, al sol. El ya no debía preocuparse más por la mujer.

          – Mi destino está fijado -, se dijo –; acabaré encontrando el favor y la gentileza de otro Señor, aunque tenga que bracear gélidos mares y me duelan los caminos de agua que conducen al exilio. Mi destino está fijado.

          Pero sus ojos se nublaron y se desplomó.

          El amanecer llegó con una bandada de mitos errantes en busca de alimento que se posaron en un espino blanco junto a él. Durante la noche extraños vientos cálidos se habían llevado la helada y la temperatura era benigna. Una tenue neblina exhalada por la tierra envolvía el sol.

          Era éste el segundo despertar de Aelfnorth, pero ahora no era el salitre en los ojos sino la húmeda dulzura del musgo la que alentaba su ser. Inmóvil bajo el abrumador peso de la cota de malla, el guerrero fue dejando escapar, uno tras otro, fragmentos de su tiempo mientras escuchaba los gorjeos de las diminutas aves. Pero al cabo los mitos se marcharon y la neblina se hizo más densa, tragándose minuciosa los árboles a su alrededor. Él aún permanecía allí tendido, atento a los sonidos del bosque líquido y maravilloso, cuando le pareció entrever, al otro lado del espino, la inmensa silueta de un ser reminiscente de épocas legendarias pasar de largo en sentido contrario a su camino. Entonces supo que debía salir del bosque cuanto antes y empezó a ponerse en pie.

          A menudo, antes del amanecer, se había levantado del lecho y acercado a la playa de la redondeada bahía junto a la cual estaba su aldea, enfrente la isla y el vado que le daba acceso, sujeto a la norma de las mareas. Allí había deseado pronunciar en voz alta sus inquietudes. Solo. Sabía que era una buena costumbre que un hombre cerrara con llave el cofre de su alma y guardara bien los tesoros que escondía. Los hombres ansiosos de gloria encerraban en su pecho sus dudas y pesares. Del mismo modo había procedido él, aunque hubiera dejado de ansiar la gloria el día que su Señor entregara a Freara a su custodia. Sin embargo, ni ante ella había desnudado su alma. Él era un guerrero, y ella también lo comprendía así.

          Se alegraba de tenerla. Pero no se engañaba: el destino de la mujer no era cambiar el destino de su pueblo. Así pues, la miraba sonriente al tiempo que encadenaba los malos augurios al lugar más recóndito de su corazón. La miraba sonriente, aunque no la tocaba. Hasta que llegaron a su fin los días de disfrutar de los tesoros cobrados, los festejos y los placeres.

          Lentamente Aelfnorth se desprendió de su yelmo y de su cota de malla. Con el movimiento la herida se reabrió. Era profunda pero no mortal si la cuidaba bien. Después de lavársela en un arroyo próximo y cubrirla con un trozo de tela limpia que rasgó de su túnica, se puso en camino de nuevo, usando la ligera lanza de abedul a modo de cayado. Atrás quedaron el yelmo herrumbroso, la cota de malla agujereada, el pesado escudo con los emblemas de su clan y su pequeña hacha. Con sólo la lanza y su espada irrenunciable, hierro heredado de su padre, como éste lo heredara del suyo, avanzaría más deprisa.

          No podía demorarse. La noche anterior a la batalla, ante los hombres reunidos en la sala común, el Señor había pronunciado unas palabras; pocas, pues sabía que sus hombres, rudos pero resueltos, darían la vida antes que ceder el vado al enemigo. Si él caía o la batalla se perdía, pues por muy valeroso que fuera un guerrero era un misterio la hora de su muerte, les mandaría una señal. Los supervivientes debían acudir con sus familias a un promontorio sobre el mar, en la costa oeste, allí donde se erguía un antiguo túmulo. Todos conocían el lugar. Entonces se decidiría qué hacer.

          No dijo más. También él – más que ninguno, él – ocultaba sus temores. La nación invadida, el enemigo desbocado, cuerpos apilados, esclavitud y humillación. La brisa marina traía a sus oídos, desde la pequeña isla, los cánticos funestos de los extranjeros mientras ellos bebían en silencio. Antes de echarse a dormir doblarían la rodilla ante los viejos dioses.

          Y al día siguiente, en la batalla, se vio la señal: el halcón bienamado del Señor dio un par de vueltas sobre sus cabezas, llamando con su aguda voz, y luego se perdió en la espesura del bosque.

          No podía demorarse. El momento fijado para la reunión era al caer de la segunda noche después de la batalla. Aquella noche. Y le quedaba trecho por recorrer.

          Aquella fue una dura jornada. Además de la distancia hubo de superar el dolor y la debilidad causada por la pérdida de sangre y la falta de comida. No se detuvo a cazar alguno de los ciervos que vio, solamente mascó unas raíces. Hacia mediodía la fiebre hizo presa y perdió el rumbo entre los árboles durante unas horas. Pero al final llegó al límite del bosque y observó que no se había desviado demasiado de su objetivo. El promontorio era bien visible desde su posición y lograría alcanzarlo antes de que empezara a fallar la luz.

          Era un lugar inhóspito pero hermoso. La tierra, como si huyera del impetuoso golpe del mar, se había alzado en un escarpado risco sobre el cual se encontraban los restos del túmulo – apenas unas piedras amontonadas -, constantemente hostigados por el viento y las tormentas, cubiertos de espumarajos helados del mar. No encontró a nadie allí, pero Aelfnorth no se inquietó. Nadie podría quedarse mucho tiempo en un lugar como aquél, ni siquiera en verano. Tampoco él lo haría. Además, todavía no era el momento señalado. Desandando sus pasos se refugió junto a unas peñas al abrigo del viento, desde donde podía vigilar el túmulo, pues se sentía demasiado fatigado como para alejarse hasta algún sitio mejor y regresar al anochecer. Se sentó sobre la hierba quemada por el salitre, hundida la cabeza entre sus ropas, y se dispuso a esperar mientras acababa el largo atardecer del norte.

          Esas habían sido las palabras de su amado Señor. Reunirse en el túmulo al anochecer. Y aunque a los hombres les había disgustado oír mencionar la derrota y la huida, habían sido palabras sabias. Ningún hombre puede ser sabio antes de haber tenido su ración de inviernos en el reino de este mundo. Y el señor la había tenido. Él, Aelfnorth, hijo de Aelfric, también. El hombre sabio debe ser paciente, nunca debe ser demasiado fogoso, ni tener prisa en hablar, ni ser en exceso temeroso, alegre o ansioso de riquezas, ni debe jactarse antes de haber pensado con claridad. Pues siempre debe un hombre esperar a estar seguro de saber a dónde le conducen los pensamientos de su corazón.

          Así esperaba Aelfnorth el final del atardecer, en íntima meditación. Pero como suele suceder a aquél que espera y está solo, la tristeza y el sueño rondaban su alma, y le pareció, en su imaginación, abrazar y besar de nuevo a su Señor, y posar la mano y la cabeza en su rodilla como hiciera en los días pasados en que había participado en la entrega de obsequios. Entonces se despertó otra vez, el hombre sin Señor, y vio las olas amarillas y encrespadas, y a los pájaros marinos bañándose y atusando sus plumas. El tiempo había cambiado mientras tanto. Empezaba a caer hielo y nieve mezclados, arrastrados por el viento. Y la noche no acababa de llegar.

          Hasta que llegó. Y pasó. Y nació un tercer día, violentamente gris, sin que nadie hubiera acudido al encuentro.

          Y el guerrero quiso que la herida en su costado ahondara en su ser buscando su alma. Y consideró lo espectral que sería cuando todas las riquezas, dominios y esperanzas de este mundo fueran abandonados, así como allí mismo, junto a donde él se encontraba, habían sido depositados con reverencia los restos de un antiguo gran Señor cuyo nombre ya se había olvidado, ahora bajo las piedras desmoronadas, mordidas por el viento y cubiertas de escarcha. Pues los reinos se derrumban, se pierde la alegría, todos los compañeros de armas caen, hombres bravos masacrados junto a los muros, en las playas y en los campos.

          Sea o no la guerra.

          La tristeza afilaba la imaginación, y ¡ mira !, ¡ sus compañeros ¡, y él los saluda con palabras jubilosas, les contempla ansioso, un hermoso grupo de guerreros. Pero demasiado pronto se desvanecen, se alejan volando las aves sobre el agua. Sus espíritus ligeros y efímeros no le traen voces familiares. Aelfnorth envía tras ellos su propia alma, su corazón cansado, sobre las olas entrelazadas, más allá del promontorio solitario.

          Y pronuncia estas palabras: “¿A dónde se fue el caballo? ¿A dónde el joven guerrero? ¿Dónde se encuentra el dador de tesoros? ¿Qué ha sido de todos los festejos? ¡Ah!, la copa dorada, el guerrero armado y la gloria del príncipe. Cómo ha pasado ese tiempo, desaparecido en la noche como si nunca hubiera existido. El destino golpea los muros de piedra y la nieve los cubre, heraldo de un tiempo invertido, del regreso del invierno, de la oscuridad, cuando cae la noche en medio del día y las tormentas se abaten con odio hacia los hombres. Todos los reinos del mundo están malditos, y la tierra bajo el cielo cambia a manos de las Parcas. La riqueza desaparece, el amigo desaparece, el hombre mismo desaparece, y la mujer… La tierra será vaciada.”

          Así habló el viejo guerrero. Era bueno haber mantenido su palabra y no haber dado voz a la pasión en su corazón antes de estar seguro, antes de saber cómo lograr remedio. Pues, pese a todo, existía aún otra tierra, allende el mar.               

          CUENTO DE LA DAMA.                       

          Freara era mi nombre, un nombre extraño en tierras extrañas.

          No recuerdo ya si mi madre me llamó en verdad así o fue un anticipado regalo de boda que me hiciera mi Señor al tomarme de la mano, una niña recién traída de más allá del norte, la tejedora de paz. Mucho tiempo me han llamado Freara. Pero ahora mi Señor ha soltado mi mano y yo estoy indecisa.

          Los crocos nacieron y murieron casi al instante y aunque ahora haga calor, por las noches la escarcha siempre quiere ceñir la tierra y el mar no deja de ser un tapiz abrupto y ominoso. Hoy el sol ha calentado lo suficiente como para adormilarme, recostada contra el viejo roble, a la entrada de la cueva. Los mitos arman jaleo en las copas de los árboles, ocupados con la numerosa pollada que engrosará sus filas diezmadas durante el crudo invierno. Se aventuran las arañas, colgadas de sus larguísimos hilos de seda. La cálida riqueza de la tierra me embriaga. Sin embargo, las espadas nuevas aún permanecen desnudas, alertas sus filos: sería imprudencia descuidarse, pues con el verano, el bosque se ha llenado de voces y no todas son lamentos. Mientras, yo miro al suelo buscando raíces y estoy indecisa.

          No puedo pensar en el amor. Ese nombre, Freara, es una jarra llena de la sangre vertida de un pueblo entero, junto a la copa turbada de mi alma.

          Si hubiera podido tener otro nombre…

          Si tan solo hubiera tenido yo otro nombre, Aelfnorth, mi Señor, no habría caído en el exilio, batiéndose junto a gentes de otro linaje, la palabra adversa devorándole el corazón. Su impronta efímera no habría quedado mirando al mar en la pequeña cala cercana al túmulo de un héroe olvidado, porque ese héroe habría sido recordado a este otro lado del bosque, y le habría concedido la fuerza y la esperanza necesarias para salvar a su pueblo de ser masacrado. Resonaría aún el eco de los gloriosos cantos que ahuyentaran al enemigo de regreso a su país y a los monstruos más allá de los confines de sus guaridas, en vez de la desconcertada llamada del halcón buscando a su dueño.

          Si hubiera sido otro mi nombre, sin duda la alegría habría visitado mi casa porque mi vientre no habría estado tanto tiempo cerrado como un puño en torno al miedo y la desconfianza de pronunciar el nombre aciago que evoca una antigua deuda de sangre entre naciones que nadie cree que se pueda saldar. Meciéndose al viento estarían las fragantes hojas de los miles de árboles que sirvieron para construir los barcos que me trajeron aquí, los que antes llevaran guerreros hasta mis costas nativas en busca del ambicioso rey, los de la flota que había enviado para conquistarles. Porque incluso de haber existido la ofensa y su venganza y reparación, otra habría podido ser la moneda de cambio, marcada con una muesca, guardada sin usar. Otra. Y otro mi Señor, que no Aelfnorth, hijo de Aelfric. Y yo desconocería el delicado roce de su mano herida, derrotada. Pero entonces, ¿cuál sería el rostro de la tristeza?

          Tampoco habría conocido el espanto de sentir las pisadas del viejo dragón dirigiéndose a la aldea por primera vez. Demasiado pronto se avivaron allí los fuegos. Pero entonces, ¿cómo definiría la benevolencia? Pues sé que pasa cada atardecer de largo ante mi morada, indiferente.

          Estoy indecisa, sí. Mi Señor me ordenó quedarme en este lugar. Cuántas veces me juró esa única noche única que tan sólo la muerte –ninguna otra cosa- podría separarnos. Sus votos cayeron con él en la batalla. El amor, ese fruto apenas probado, parecería nunca haber existido si ningún rastro fuera a dejar más que a mí, en la orilla de este mundo.

          Pero lentos de pronunciar resultan los sortilegios de la naturaleza y quién sino una mujer esperaría nueve lunas para dar flor. Así que espero, cierro los ojos, me concentro en mi cuerpo laborioso, en la marea creciente de mi sangre, y me recojo en el seno de la tierra. Un hijo nacerá  más allá del solsticio de invierno.

          Habré algún día de contarle cómo su padre, favorito del Señor, vino a mí la noche antes de la batalla y rompió con su deber de custodio buscando en mi cuerpo intacto, maldito, algún consuelo. Dijo que los dioses nos habían abandonado horrorizados. Dijo que a partir del día siguiente ya no habría ley. Dijo que se llevaría mi nombre consigo. Eso dijo, y calló. Colmó mi boca con sus besos para poder callar, para que yo no pudiera preguntarle. Él era un guerrero y su destino de guerrero le obligaba así. En cambio yo soy una mujer y, ya que no la paz, me dijo que tejería las historias que contaran cómo el destino reserva a algunas de nosotras para llegar a cumplirse.

          Pues aunque esté indecisa, este bosque habrá de proveer. Es mi nuevo Señor. La semilla de Aelfnorth hunde sus raíces en esta tierra. Alzaré mi mirada del suelo y entonces Enard me entregará ciervos para que me alimente y me ofrecerá sus frutos más elevados. Me lavaré en su luz tamizada cada día hasta que se borre por completo el estigma de mi desasosiego.

          Y puede que alguna de las aves que lo habitan invente un nombre nuevo para mí, el nombre preciso que explique mis nuevos lazos de unión con la tribu, a través del hijo que llevo. El hijo del que fuera su mayor guerrero.

          Y entonces puede que las otras mujeres supervivientes, pocas, que hasta este mismo bosque han sido expulsadas por el poderoso invasor, lo oigan y me encuentren. Ellas han racionado el odio hacia mí en su alma y también esperan, desde el día en que fue su tarea hacer la enorme pira funeraria en la playa y supieron que no estaba yo. Nunca aceptarán lo que mi nuevo nombre significa. Ahora que el futuro les ha sido arrebatado se aferrarán al orgullo y empuñarán contra mí la espada de la tradición.

          Pero ellas no han dejado de temer al bosque y a su otro habitante.              

          CUENTO DEL DRAGÓN.                                  

          De un largo sueño he sido despertado.         

          En mi sueño veía sucederse la larga fila de los rostros que he mudado, las facciones cambiantes evolucionando, pues yo fui imperfecto un día, criatura amada por Dios. Hace largo ya que se completó el ciclo entero de mi destino hasta lograr la perfección, que tan horrenda resulta a ojos de los hombres. Aunque no me importa. No tengo de qué lamentarme. Son los hombres, que están ciegos.          

          Ellos dicen que desde la noche de los tiempos me oculto en mi guarida, que ataco amparado por las sombras, que acecho y devoro su virtud, que me hiere la belleza de sus obras y por eso las destruyo con el fuego de mi aliento. Finalmente, y para mayor indignidad, afirman que codicio sus tesoros y robo cuanto puedo, sólo por el gusto de contemplar los brillos y destellos, por el gusto de acumular, de arrebatar meramente.          

          Todo esto dicen, y más. Incluso los hay que afirman haberme desterrado más allá de la razón. Pero si duermo se llegan hasta mí, cogen una pequeña copa de oro y salen corriendo.          

          Así resultó que desperté la pasada primavera. En otro tiempo habría tenido prisa por vengarme del ladrón, mas ahora puedo permitirme esperar. Lo primero era visitar a aquél que duerme ya eternamente, de los pocos a quienes honro, tendido junto a sus armas bajo su túmulo de piedra. Suya fue la gloria de vencerme y la muy humana ingenuidad de creer que yo también me iría para siempre, cuando la perfección es inmortal por necesidad. Mientras pensaba en él vino a acompañarme la nostalgia.           Era llegado el momento de dirigirse a la aldea, origen de todos los males, en busca de aquello que me pertenece. Porque míos son los dones de la profundidad de la tierra. Yo nada querría de su superficie más que mirarme en ella como en un espejo desde la altura de mis vuelos.          

          De camino me encontré a un hombre tendido en el suelo. Soñaba. Le ignoré, pues ya estaba condenado.           Fue desde el cielo que vi a la mujer, pero era una nada más y abajo, junto a la playa, había muchos. Ella no sabe que su cueva está junto a la mía. Me interesaré por ella cuando ella sea dos.          Luego vino el festín.

          Sin duda ha sido un gozoso verano. No sólo he recuperado mi copa de oro sino que me he atiborrado de humanos como para echarme a dormir otra larga temporada. Me he divertido con ellos también, como debe ser, pues qué aburrida sería la eternidad si no hubiera con qué jugar. En el bosque y en la aldea, en la playa y en los acantilados, por todas partes ha habido liza, y después persecución, y después aún ruegos de clemencia. Sí, clemencia, piedad, compasión. ¡Lloros y balbuceos! Apartaba su mirada el paisaje, se replegaba ante la orilla inmensa y desolada de su destino de hombres. Y entonces yo hacía florecer el fuego, mi ardiente e inconmensurable pasión por la vida y por este maravilloso mundo, para achicharrarles.

          No a todos, sin embargo. Los hay que conocerán la mordedura de este invierno, aunque quién sabe si los crocos de la primavera. Y también puede ser que me canse. Hoy ya lo estoy un poco.

          Quizás sea porque ha llegado el otoño y justo antes del amanecer ha caído una primera nevada temprana. El silencio ha logrado por un rato hacerse dueño del bosque: la susurrante voz del mar se adivinaba entre las ramas rígidas de los árboles. Con el alba un ciervo macho ha proclamado su desafío en el claro y la mujer ha acudido a derrotarlo. Poco a poco, la nieve se ha ido derritiendo. A mediodía los mitos se afanaban en comer las últimas semillas e insectos antes de partir hacia el sur cuando la mujer ha regresado, arrastrando con dificultad, pues la entorpece su abultado cuerpo, un gran trozo de carne sanguinolenta. Lágrimas surcaban sus pálidas mejillas.

          Ella no es un juego. Dos mujeres y un muchacho la venían siguiendo a cierta distancia sin que ella se percatara.

          Entonces he salido a su encuentro. Al verme se ha detenido en seco y dejado caer la carne, pero no ha huido, como sí han hecho los otros tres. Temblando y casi sin aliento ha sostenido mi mirada unos instantes. Después ha bajado la cabeza en señal de respeto. Eso es lo que ha hecho, eso y esperar. Yo me he erguido ante ella pero también he esperado. Grandes cúmulos blancos pasaban de largo sobre nuestras cabezas, más allá de la moribunda floresta. Los pájaros celebraban con sus cantos los pocos días que aún restan de dorada luz otoñal. Una leve brisa helada se empezaba a levantar, musitando conjuros de invierno. Esperaba que el bosque se pronunciase respecto a ella, respecto a nosotros, porque por primera vez no he visto claro lo que debía suceder. Sin embargo, el bosque ha guardado para sí su sabiduría. Y al fin ella ha alzado la cabeza y me ha mirado de nuevo. Lucían sus ojos un brillo extraño.

          Con un simple gesto de mis poderosas alas he alzado el vuelo. No he tardado en localizar a las dos mujeres y al muchacho, que aún corrían alocadamente. Sobre ellos me he abatido y los he despedazado. A ellos así como a todos los demás. Uno tras otro han caído a lo largo de esta lánguida tarde de otoño hasta que he dejado vacío el bosque. Ya no queda nadie más. Ella no volverá a ser molestada. Ella que ha visto más allá de mí. Ella que es dos, y se bastará para dar principio a un nuevo orden en el que yo no tendré cabida.

          Sí, lo cierto es que estoy muy cansado.

          Contemplo el caer de la noche desde este último bastión, el viejo túmulo sobre el promontorio. Las gaviotas se deslizan hacia lo alto en busca de los últimos fulgores del sol, mientras el halcón, de nuevo asilvestrado, caza con sigilo a los recién despertados habitantes de la oscuridad. Crecen las sombras a mi alrededor pero más profundas son las que envuelven mis pensamientos, donde en vano busco alguna respuesta. ¿Qué nuevo rostro tendrá toda esta eternidad? Y, ¿qué será del héroe, cuyo nombre ya solamente yo recordaba…?                         

          EPÍLOGO: CUENTO DEL INVIERNO.

          El mundo se ha vuelto negro y gris, recogidos los demás colores tras los párpados de las indómitas aves marinas o en la memoria de aquellos que aguardan bajo tierra y en las tibias oquedades de los árboles congelados. Pesa una inmensidad todo este frío. Aplasta el cuerpo inerte del mito que no logró emigrar a tiempo. De vez en cuando quiebra una rama. Una espada clavada en la arena se yergue aún, vanamente desafiante, esperando las mareas más vivas o el fin de los tiempos.          

          Y he aquí el fin de los tiempos. Ha traído un torbellino de hielo para apagar los últimos fuegos de la aldea, una lenta y persistente nevada para allanar las piedras del túmulo con su gélida mansedumbre, y silencio para susurrar verdades terribles a oídos de los últimos seres fantásticos. La refulgente blancura se ha tragado la copa dorada, ha embebido la sangre, ha borrado el recuerdo de los dioses. Podría incluso desmentir la certeza de vida que contienen los bulbos escondidos de los humildes crocos.          

           Todos han de callar de asombro ante su poderío.                  
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2 pensamientos en “WYRD

  1. Sólo dos palabras: me gusta.

    Bueno, dos palabras es demasiado poco, en realidad. Pero quizá es demasiado. Tal vez luego, cuando lo haya asimilado, tenga las palabras justas. Por ahora, sólo puedo decir que la fatalidad de las viejas sagas me ha envuelto como un manto oscuro y majestuoso con el relato. Porque es Maldon, y Beowulf, y tras bambalinas presiento a los Volsungos…

    Ah, muchas gracias.

    Westu Nikki Hal.

  2. Gracias a ti por tu comentario y me alegro que te haya gustado el relato. Disculpas por tardar en contestar pero mis habilidades blogeras están aún poco desarrolladas.
    El año pasado, debido a mis estudios, conocí a Beowulf y leí los poemas elegíacos del Exeter Book. Fue “The Wanderer” el que me sugirió esta historia mientras que “The Wife’s Lament” abrió la gran ventana que hay tras el guerrero.
    A Tolkien le leí por primera vez con 11 años y no me ha dejado desde entonces.

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