Sospechas

          Ayer fui a ver “El velo pintado”. No estaba muy segura de lo acertado de la elección y había revisado un poco la crítica que circula por ahí en prensa y en la Web cuidando de no profundizar demasiado, no fuera que se me desvelara la trama o me cargara de prejuicios. Lo que leí se puede resumir en pocas palabras: drama romántico, banda sonora hipnótica, gran fotografía, ambientación exótica; y en unos nombre puntuales: William Somerset Maugham -escritor hoy en día poco popular del cual se han hecho estupendísimas adaptaciones cinematográficas, como “La lluvia”, de Lewis Milestone, “La Carta”, de William Wyler o “El filo de la navaja”, de Edmund Goulding, sin olvidarnos de una adaptación previa de “El velo pintado” a cargo de Richard Boleslawski-, el actor en alza Edward Norton, música de Alexandre Desplat, fotografía de Stuart Dryburg. Etiqueta general: un clásico actualizado.

          Una vez en la sala y antes de ocupar mi sitio tuve una última vacilación y estuve a punto de cambiar de sala -hay una docena- para ver “El último rey de Escocia”, que empezaba a la misma hora. Nadie se hubiera dado cuenta, pues ya no hay acomodadores. Pero no lo hice. En fin. Siempre me ha gustado el buen drama romántico, tipo “Memorias de Africa” o “El paciente inglés”…

          Cuando acabó la película -ya lo pensé durante pero uno intenta conservar la buena fe- me vinieron a la boca los motivos de antes: banda sonora (que no es gran cosa, por cierto, aunque está bien integrado el tema de Eric Satie), fotografía (sí, es bonita, pero no dice nada) y paisajes (esa zona de China, con el contraste entre las tierras bajas y las súbitas, enormes, redondeadas colinas es verdaderamente alucinante, ya lo había visto en algún documental). Es decir, el marco. Y es una pena un buen marco si no se tiene nada que enmarcar.

          Estructuralmente, la película se parece un poco a “Pasaje a la India”, del genial y maravilloso David Lean (¿se nota que es uno de mis directores favoritos?) en tanto en cuanto una inglesa viaja a un país exótico por razones sentimentales X, allí se le da vuelta la cabeza y comete un grave error, el país la acaba de poner en su sitio (ella da pie, como Ava Gardner en “55 días en Pekín”)y luego regresa a Inglaterra a lamerse las heridas. Forster, como Maugham, era muy crítico con la sociedad y la mentalidad inglesa tradicional. La materia prima de que disponía, por lo tanto, esta película no era mala, y a poco que se le hubiera pillado el tono a las obras del tándem Merchant-Ivory hasta habría quedado decente. Sin embargo todo ello ha sido desaprovechado o las limitaciones del guionista y del director no han permitido el aprovechamiento.

          La película falla, a mi modo de ver, estrepitosamente en el plano narrativo. Las tramas paralelas -hay esencialmente dos: ella y su marido y ella y su amante, además de una mini trama anterior, ella y su familia- aparecen desligadas entre sí y, a su vez, desligadas del marco histórico general de la China de los años 20, del cual sólo se nos ofrece una visión muy superficial. Los personajes nunca llegan a estar integrados en su localización, con lo cual uno se pregunta qué hacen allí y por qué no están en otro lugar, si habría dado lo mismo. La trama contrapunto, la historia del otro occidental que hay en la zona y su amante china, no está en absoluto articulada pese a ser la que más posibilidades albergaba. El uso de un gran flashback para situarnos al principio de la película y la elipsis temporal que hay justo antes del final para situarnos en el futuro de la protagonista y su encuentro fortuito con su antiguo amante chirrían de forzados. Nunca los resortes internos de una obra deben aparecer a la vista, nunca debe vislumbrarse siquiera la tramoya. Los personajes, finalmente, no pasan de ser estereotipos planos, en ningún momento llegan a tener verdadera vida, y sus vicisitudes no resultan, en consecuencia, creíbles. Porque aunque una historia sea previsible y el desenlace predecible de puro inevitable, algo que es casi marca de la casa del género melodramático, al menos debe concedérsele al espectador un margen y una esperanza, haciéndole creer durante la mayor parte de la película que hay una alternativa. Por ejemplo, cuando vuelvo a ver “Memorias de Africa” siempre hay algo que me induce a pensar que otro final habría sido posible. Y eso sucede porque ese otro final está ahí, implícito, en potencia.

          Por añadidura no hay más que un par de diálogos que se salven de la quema de banalidades sin fin: cuando la priora del convento describe su “relación” con Dios y cuando el otro occidental les cuenta a los protagonistas la historia de su relación con su amante china. Los demás habrían estado más guapos callados.

          En resumen, que la película, como tantas otras, tiene marco pero no cuadro. Debí haber atendido a mis iniciales sospechas. Pues el marco ya no es un valor en sí mismo hoy en día, si tenemos en cuenta lo desarrollada que está la técnica. Qué menos que el que una película tenga una buena fotografía, sonido o localización. Si ya era posible antaño (me viene a la mente la maravillosa y tan sencilla “El río” de Jean Renoir), cómo no lo va a ser ahora. Hay que dejar de engañarse al respecto. El cine no se puede ni debe apoyarse únicamente en esos valores. Y el público debe también dejar de emplearlos como vara de medir. Primero, el cuadro, y luego, si además tiene marco, pues mejor.

           

           

           

2 pensamientos en “Sospechas

  1. Pues a Pilar y a mí nos gustó mucho, Niki. Yo incluso eché la lagrimita al final (como alguna vez he confesado en mi blog, tengo el lacrimal muy sensible).

    Es verdad que es una película bastante convencional, pero tiene “algo”, una suavidad, un discurrir dulce y melancólico, una especie de finura y sutileza, que no son fáciles de encontrar en el cine actual.

    Y además, ¡actúa Naomi Watts! Y la banda sonora de Alexandre Desplat es preciosa. ¡Qué plano de la Watts bajando la escalera, mientras suena la Gnossienne nº 1 de Eric Satie y Edward Norton la mira!

  2. En primer lugar, muchas gracias por escribir este primer comentario en Vida de Niki. La sección queda contigo oficialmente inaugurada.

    En cuanto a la película, es posible que me haya vuelto en exceso puntillosa y que no todo van a ser obras maestras, o siquiera grandes obras. Pero prefiero mil veces las caras de Charlton Heston, Gregory Peck o Sir Laurence Olivier mirando a sus respectivas bajando la escalera en Ben-Hur, Horizontes de grandeza y Rebeca. Por no mencionar a Eastwood mirando a la Streep con su vestido nuevo en “Los puentes de Madison”, aunque no haya escalera.

    Por cierto, ese sí que sería un estudio interesante, las escenas de escalera en el cine.

    Pero eso es otra historia…

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