Las Cerezas

     Entró en su casa y cerró la puerta tras de sí. A la mañana siguiente volvería a abrirla para salir y, no obstante, permanecería para siempre cerrada, la puerta. Con la palma de la mano izquierda se acarició la barba incipiente y recorrió la mejilla hasta la sien endurecida y el nacimiento del cabello, corto y lleno de canas. A oscuras. La cálida buhardilla, abarrotada de objetos conocidos pero intrínsecamente extraños, le recogía en su seno. Oscura, ciega. En su compañía se desnudó con lentitud y meticulosidad, colocando cada prenda sobre la silla, ciega también, apenas perfilada por la misma oscuridad imperfecta. Era terciopelo la atmósfera de su casa. Apacible polvo sin quitar. Silente. Convenido desorden que no se manifiesta ni tiende a articularse en amenaza al equilibrio.
     “He sighed deeply”, cansado. En algún lugar, fuera, al otro lado de la puerta cerrada para siempre, ella discurría por su propio cauce hacia la desembocadura de un mar ajeno, incomprensible. Bien. Así debía ser. Una dificultad menos, tal vez; seguro. La estaba viendo avanzar y era, en alguna parte, un dolor agudo y soportable. La labor de dos años de diminutos, casi imperceptibles movimientos, venida abajo en cuestión de segundos, de una fracción de luz. La imposibilidad. La utopía. La ignorancia o el secreto, convertidos en más profunda ignorancia o secreto aún, que era posible, al cambio de la marea que ahora subía, impertérrita, como la sangre al cerebro, anegado de tristeza desde tiempo inmemorial. En su rincón, la violencia de la respuesta contenida, que acecha y no acaba de autoconsumirse. Violencia ante la asombrosa simplicidad de las cosas de la vida. Y una verdadera jungla de palabras que sólo él conocía y que debía, de alguna forma, explicar con precisión aquello que no tiene ni nombre. Debía continuar buscando. La palabra. La persona. El instante exacto de la muerte. El sonido absoluto del disparo. El arma le esperaba en un cajón. Es decir, él esperaba la bala que vendría, en un alarde de batalla terminable.
     Encendió un cigarrillo. Sin duda, había regresado al punto de partida e iba a recuperar el hilo de la frase ahí donde lo había dejado dos años atrás. El motivo había sido ya desarrollado y debía ahora concretarse para llegar a la cadencia final en que el intérprete daría pruebas fehacientes de su virtuosismo. Qué importancia tenía el que nadie pudiera entender o estar de acuerdo con él, con su versión de la partitura. Esa no era la finalidad. Todos los cabos estaban atados y bien atados en su cabeza. La mente, como una red que atrapa todos los peces y mariposas – ¿recuerdas ahora? -, funcionando.
     Él estaba lleno de amor, hasta tal punto que, al más puro estilo romántico, iba a morir por su causa. Sin apeaderos. Una línea recta que atraviesa la imposible realidad de parte a parte y la quiebra, volviéndola posible. Había comenzado. La puerta ya estaba cerrada para siempre.

     Muy lejos de allí, alguien escribe una sentencia de muerte.

     Desnudo se paseaba por la casa sin mirar. A oscuras. Era pequeña su buhardilla pero daba cabida a una infinidad de senderos. También podía renunciar a recorrerlos y quedarse quieto. Las manos atadas a la espalda; los pies férreamente encadenados; en la boca un enorme pañuelo blanco de algodón. También. Las entrañas depositadas sobre la mesa. La memoria entregada a su cometido, olvidar. El músculo central, detenido.
     A pesar de la certeza se sentía inquieto. “Detached”. La tierra había desaparecido bajo sus pies y se abría una vez más el abismo y, con él, regresaba la capacidad de volar. Era una cuestión de voluntad. Las alas debían ser cercenadas antes de que hiciera presa el instinto, la última frontera aparentemente inexpugnable.
     Porque, ¿cuántas veces tendrían que volver a tenderle la mano, afilada como un cuchillo de hielo, para que él estuviera seguro? Ninguna. Había estado seguro desde antes del primer amago. Y llevaba muchos años cercionándose, hasta convertirse en el experto capaz de captar, como una máquina de alta tecnología, la molécula de adrenalina en el mismo instante en que es segregada a la sangre y detenerse. En seco. Para saber. Y soltar a tiempo. ¿A tiempo de qué?
     Nada le importaba. Y, no obstante, reconocía la importancia de cada cosa. Hasta ese punto había conseguido destilar la epifanía. En ello había invertido todo su tiempo. Tenía ahora, además, un trabajo estable en lo que quería, había recopilado toda la información necesaria y la había asimilado. Había dado todos los pasos, no se había saltado ni uno de los irregulares escaques de la vida, hasta arribar al penúltimo, en el que estaba situado, preparado para el salto. Con la certeza. Con la precisión, Y el talento. No podía ser detenido.

     Muy lejos de allí, alguien escribe una sentencia de muerte.    

     “Slowly darling, one foot after the other”. Estaba en la cocina. Encendió el neón y, súbitamente, las cerezas brillaron en el plato, sobre la mesa, en el centro del cuadrilátero. Rojas y fascinantemente hirientes. foto03_cerezas.jpgApagó de inmediato. Pero sabía que seguían estando allí, incluso más brillantes. Así que volvió a encender. Bajo su mirada las cerezas relucieron de nuevo. Pero él pensó que debían de estar envejeciendo, sí,  oscurecerían hasta lograr el marrón y su agua se evaporaría y sería respirada por él. Las malditas cerezas.
     ¿Cuántas veces tendría que repetirlo para ser creído? ¿Era así como se jugaba, sí, no, sí, no, sí, no, hasta la saciedad?
     Le quedaba suficiente tiempo todavía. En la habitación de al lado el ordenador imprimía folios y folios sin parar, redactados para sí. Sabía que muchos morirían con él. Veía sus heridas sangrar mientras, como ella, discurrían por sus propios cauces, “and so on”.

     Estaba solo, decididamente solo. Nada nuevo bajo el sol. Sin novedad en el frente. “¡Ar!” Todos a tomar la colina. Y la colina eres tú. Y los ves subir reptando porque les han enseñado que así el cuerpo no rompe la línea del horizonte y pasarán desapercibidos. El dedo tembloroso en el gatillo, quitado el seguro, temiendo el fusil se les dispare y les dé en un pie. Del bolsillo de la chaqueta, arañada por los rastrojos, cae la foto de la novia en bañador. Son muchos y confía el alto mando en que por eso vencerán. Aunque cada uno de ellos imagina lo peor e insisten porque, de retroceder, sería el alto mando el que les pondría contra el paredón. Además es lo único que saben hacer, discurrir por los cauces y tomar la colina, como está mandao. Gusanos cenicientos. Todavía pensarán que tú les vas a dar un zapato de cristal a probar. Que vengan a matarte y tú les perdones la vida. Porque es así. Ellos creen: “Es así como ha de ser. Como está mandao.”
     Visión preclara.

     Muy lejos de allí alguien escribe una sentencia de muerte y la firma. Luego la deja sobre la mesa y va a tirarse a la primera hembra que se le cruce a la salida.
Pero una rata, atraída por el olor de ese exquisito papel, con su tinta negra y sus membretes, salta sobre la mesa en cuanto se cierra la puerta – para siempre – y comienza a roerlo, lenta y meticulosamente, con el deleite de quien come una cereza.
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