La escalera del cielo

     Yo tuve un sueño en que subía la escalera del cielo.
     El camino empezaba en las elegantes playas del placer y del merecido descanso, discurría por las callejuelas traseras de la cultura milenaria que remansa y a veces se estanca en las pequeñas ciudades de provincia, y luego tomaba la ancha y moderna autopista de la razón práctica. Por ella recorría la fea herida que el hombre infringe a la tierra para domarla. Cicatriz orgullosa que se exhibe en la victoria, red de rutas que nos traen y que nos llevan de la correa del progreso por las veredas de una Utopía plastificada.

     Pero acaso por un error fortuito, o vilmente traicionado por el deseo clandestino que algunos aún albergamos de abandonar los cauces comunes y encaminar nuestros pasos hacia aquella fuente cantarina y humilde que creemos nos está en algún sitio reservada, tomé un desvío y abandoné toda cordura. Quería encontrar la escalera del cielo.
     El valle se alargaba, así como lo labrara el río en tiempos anteriores a la memoria. Alargados eran también los dedos que las montañas interiores extendían hacia la costa en su intento por tocar el mar. Por entre ellos y paralela siempre al río ascendía la carretera. Largo, largo tiempo. Subiendo y subiendo siempre a la contra. Los pueblos poco a poco escaseando, los pájaros cantando cada vez más fuerte y en los recodos la esforzada naturaleza recuperando minuciosamente una vana hegemonía. Y yo me decía: ¿cuál, si no ésta, podría ser la escalera hacia el cielo? Y me alegraba, pues imaginaba ya mi recompensa.
     Pero no, aún debía llegar a los pies de la auténtica escalera. El último pueblo recostado al sol contra la ladera herbosa de su gran pasto comunal me vio pasar de largo, extrañado, pues yo me había fijado en la profunda hendedura, la garganta en sombras, los difíciles pliegues de un sendero en el inmenso escalón, hecho sólo o por esclavos o por gigantes, que cerraba el paso.
     Había llegado el momento de emprender el vuelo desde el oscuro valle de la civilización hacia el luminoso umbral del cielo.
     Y yo subí, en mi sueño.
     Y en mi sueño encontré el último valle. O el primero. El cuenco de la mano de Dios.
     En él los mismos árboles, riachuelos y peñas, los mismos colores y cantos y huellas, las mismas casas antiguas arracimadas en diminutos pueblos. Todo igual que en cualquier otro lugar, pero conservando su belleza aguda y fresca, original aunque ajada, entretejida con los hilos dorados del recuerdo de tristezas, males y sufrimientos, pero sin la sombra ni la mancha ni el erial.
     Y he aquí que en el valle había otros. Algunos, pocos. Y he aquí que estaba la fuente que yo deseaba, al abrigo de montañas sagradas. Y al beber de ella una sed mayor se despertó, una sed urgente y agónica como sólo puede sentirse en sueños. Pero los otros me advirtieron: somos pocos y cada vez menos. Debe de ser que la fuente está maldita. Muchos hablan de ella, sí, pero ninguno de los que habla quiere de ella beber. Y los que ya hemos bebido huimos si podemos. Demasiado grande, demasiado elevado es el tributo que pagan los que permanecen. No lo querrás para ti ni para los tuyos. Márchate, regresa, desciende la escalera.
     Por supuesto, les creí -de esa forma ciega y absoluta en que uno cree las cosas en los sueños- y retrocedí espantada hasta el borde del escalón. Pero desde allí volví la vista atrás. Un anciano consumido esperaba con infinita paciencia la llegada del próximo invierno, sentado a la puerta de su casa. Un invierno como solamente en los lugares verdaderos se puede conocer: desnudo, silencioso y solitario. Pero ahí se acababa todo lo natural, pues era, por encima de cualquier otra cosa, un invierno sin esperanza. Aún más bello me pareció entonces el valle. Sin embargo, comencé a descender despacio por el sendero. Una vez abajo, el mundo me acogió como a un hijo largamente extraviado.
     Ese fue el momento de mi despertar.
     Ahora sé que los hombres son más crueles que los dioses. Y que dichoso es aquél que logra vivir a la altura de sus sueños, pues desde ese día la sed no ha dejado de atormentarme.

¿Qué lugar es éste?
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Y, claro, aquí está la verdadera Stairway to Heaven de Led Zeppelin. Son los mejores.

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