Kore

     Ya oigo ladrar de nuevo al can tricéfalo, triste ejemplar único y desparejado que guarda mis puertas. Sus voces contrapunteadas advierten de la llegada de la barca por la laguna, bogando, parsimonioso, el viejo barquero por las aguas ensimismadas que nunca devuelven el reflejo a la orilla de este lado. Y la dócil carga que porta consigo, pagado su tributo, repetirá, resignada, el eterno ritual de la entrada a mis dominios.
     He de apresurarme lo más lentamente posible a tus aposentos. Quisiera darte tiempo para que disfrutaras un poco más de tu libertad aún intacta y prolongar con ello la posibilidad de mi triunfo. ¡Kore, Kore! Por pasadizos laberínticos me llego hasta ti, atravesando los inmensos salones, bajo bóvedas colosales, en que desembocan todas las escalinatas de piedra, columnas vertebrales del tiempo, construidas cuando la tierra era todavía fácil y en mi joven reino yo aún no padecía la tristeza de saberme inútil, quizás porque apenas te conocía.
     Yo solía iluminar entero este palacio y recrear en él las diáfanas estancias en que moran mis hermanos, al otro lado de las aguas y de los hombres. De vez en cuando incluso me complacía en visitarles. Hasta que me cansé de su perenne día sin resquicios, de sus músicas agradables pero vanas, de su parloteo intrascendente. Ya no deseé más hacer de mi reino una burda réplica de algo que no me parecía digno de imitarse. Preferí sentarme en mi propio trono a observar en qué devenía la muerte, este don que me fue otorgado al azar y del que soy depositario; mi porción de poder.
     Poco a poco se hizo la calma en mi interior, y el silencio. Mis súbditos parecieron hallar reposo y yo, su rey – su esclavo -, hice mía la endurecida sombra de sus cuerpos leves. Se cristalizaron mis alas y me encerré aquí con ellos para ser el pozo profundo en que todos vienen a caer. Sinceramente, creí estar actuando de acuerdo conmigo mismo. Pero han pasado los siglos y he acabado por comprender que mi gesto nunca será suficiente. Ni siquiera nutre el sacrificio. Aleja. Y duele la distancia. Por eso puse mis ojos en ti.
     Allí donde tú estás – donde tú estabas – es el lugar que yo quisiera… Pero allí los hombres me han olvidado. Y aunque les quede un resto de presagio y de vértigo, eso no soy yo sino el final de sus desdichas, a las que se aferran desesperadamente, el más caprichoso de los obstáculos que tú les pones. Lamento que no logren entender nada. Han preferido desnaturalizarme y condenarme a la soledad terrible, desterrado de su mundo, arrebatando para sí mis atributos y creyendo que de ese modo no se encontrarán jamás conmigo. Yo, el que nadie quiere ver porque nadie puede soportarlo, incapaces de sobrevivirme, que es su secreto anhelo. Pero entonces, ¿cómo puedo caminar entre ellos, que es – ahora lo sé – el aprendizaje necesario para pasear en paz por mis veredas? Tú, Kore, eres la única que puede mirar mi ser desnudo y atroz, sin alternativas, pero solamente porque tu vida es eterna y no consiente la amenaza. Mas yo preciso otra cosa de ti además del contemplarme.
     ¿Sientes el suelo estremecerse con mis pisadas cuando voy a ti cada noche, concluídos mis deberes, hastiado del helado mármol? ¿Oyes, acaso, los ladridos que anuncian el final de los días comunes, comprensibles, el principio de la desoladora realidad que emana de mí y se extiende más allá de las aguas hasta alcanzar a todas y cada una de las frágiles sonrisas que tú alumbras y apagarlas?
Temerosas, las paredes ocultan su presencia en una oscuridad tan sólo deshecha por el débil suspiro de las velas que tiemblan ante mi cercanía, derramando el esperma desde sus imperfectos pedestales, mostrando el camino hacia la torre más alta, donde me he atrevido a encerrarte. Vengo envuelto en la profunda nada de mi manto, y mi carne incorruptible, en forma de mano, sostiene el cáliz de plata con tu alimento, apenas unas semillas de granada que deposito a tus pies para ver cómo una y otra vez las rechazas.
     Leo tu mirada. Sabes que en tu ausencia los campos no han logrado rendir fruto, que las flores que brotaron se marchitan, que hace frío, viento y lluvia. La primavera ha invertido su curso para precipitarse en brazos de un invierno que no conocía. Indiferentes, se distrajeron las estrellas y abandonaron a los hombres. Te preguntas qué será de ellos, desdichados.
     Pero ni siquiera tú sabes lo que han perdido, lo que nunca han tenido. Tú, sutil mariposa tan ajena a la frialdad de tu vitrina.
     Estoy esperando tu respuesta, lentamente avanzando. Cada vez son más los que llaman a mis puertas. Niños y ancianos, hombres y mujeres. Enfermos, hambrientos, ateridos, locos.  ¿Es que alguna vez los has visto ir así a ti? Son todos yo, y yo no puedo remediarme. Acuden a reunirse con el único dios que les queda, entregados los demás a su grácil paraíso. Y vienen a raudales: cien cuando la primera nevada; mil cuando se agotó el trigo; cien mil cuando se levantaron en armas. Llegan arrastrando sus cuerpos aciagos… ¡Breve, breve es lo que tú les das!
Entran y se dispersan por mis jardines, pasean bajo mis árboles, beben de mis fuentes, comen las mismas semillas de granada que yo te ofrezco, agotan sobre mi hierba gris su vigilia interminable. Están muertos. Nada hay para ellos más allá de su estancia en este lugar al que solos llegan y en el que solos continúan, recorriendo las colinas infinitas, los valles incontables de su sepulcro, mi jardín. Sin embargo, no se dan cuenta de su soledad, ni siquiera les queda un poso de deseo o añoranza por la superficie que, por su bien, les hago olvidar. Ya no les pertenece y lo mismo les da morar bajo este árbol o aquél, beber de esta fuente o aquélla. Han de estar aquí y están, sin más. Qué distinto de la avidez y la furia de su crecimiento al amparo de tu presencia. No sólo lo han perdido todo sino que, tranquilamente, renuncian.
     Pero yo no les he despojado. ¿O es que, siendo la muerte, soy acaso también el motivo de la muerte?
     Quisiera que tú, Kore, en el tiempo que te concedo espaciando mis pasos por los oscuros tránsitos hacia tu crisálida, te preguntaras si no serán tanto víctimas tuyas como mías. Tú, Kore, la vida. Si ,espalda contra espalda y sin mirarnos, no estamos conspirando contra ellos para que no germine su simiente. El trigo, Kore, que tú plantas en el seno de la tierra y que yo he de segar cuando está maduro. Cortarlo antes de tiempo, dejarlo que se pierda, ¿es ése tu consejo?
     Este es el último tramo de escalera, el que anticipa el horror de mi presencia y las gemas de brillantes colores de tu llanto derramado por el suelo negro de esta  cárcel. No soy una grata compañía, lo reconozco. Has visto a mis súbditos, mis huestes, y comprobado lo mucho que a ellos he llegado a parecerme. Ellos, los malditos, los que no resucitarán jamás a ti. Cuando sus ojos cerrados se abren de nuevo es mi a quien ven, soy yo quien se ocupa de su postrera existencia, porque ellos no pueden ya ocuparse de nada… Mansos, acabados, apenas si me necesitan. Y sin embargo, me tienen. Yo les espero, les abro las puertas, lavo sus cuerpos maltrechos. No sé nada de sus almas; no les juzgo, no les castigo o recompenso como tú: a todos trato por igual. Y para no hacerles violencia – están tan a mi merced – he frustrado mi voz por su silencio, reniego de toda servidumbre y soy yo mismo el que se inclina a tomar el agua que sacia su sed y la mía, y recojo mi propio alimento, que es también el suyo. Pero cuando nuestras miradas se cruzan durante los paseos, atravesando las tinieblas, percibo la suya, cansada de mirar y de tanto haber visto, tropezar con la mía, estéril, torpe y sin consuelo, que les lacera. Nunca me ha sido dado ver nada de lo mucho que podría ver rozando tu piel tan sólo. Por eso, ellos y yo, somos, en el fondo, extraños, y su estancia aquí se convierte en una cruel condena hecha perpetua. Es la ociosidad, la inutilidad de mi reino, apartado de ti. Llámalo infierno; llámame infierno. Es en lo que me has convertido.
     Mis gentes esperan – y es tan largo –, sin saberlo, a que me abras tus puertas como yo, cada día, te abro las mías. Si me dejases ceñir tu cintura y depositar en ti la riqueza de mi podredumbre…, si quisieras comer de mi mano el fruto de ambos, fruto de vida y de muerte, e iniciarte en el misterio de mi ser contrario a ti pero cuya norma inamovible necesitas… Temo se acabe mi tiempo contigo, temo que los dioses de los que me he apartado por sus tristes criaturas te reclamen, frustrando la esperanza. Y yo no quiero, no debo obligarte…

     He llegado a la puerta detrás de la que tú estás. He venido despacio, como sabes, pero inexorable. Un día no tan lejano te robé, Kore, a los tuyos. Arranqué de su lecho altivo la flor más bella y pura y salvaje, anegada en la fragancia de la carne tronchada de los narcisos que recogías para tus altares. Me apoderé de la más valiosa fuerza de la naturaleza, tú, aquella sin la cual nada es posible. Ahora, sin ti, la tierra aprisiona como un nudo mojado los cuellos de sus moradores.
     Sé que quieres regresar. Pero cuando lo hagas, ¿soportarás el recuerdo de lo que aquí has aprendido? Has de dejar que te conozca y conocerme tú o no habrá más primavera como antes. No es una aberración hacerlo. Te dolerá, mas si me ayudas poseerás también la experiencia profunda de la sanación de tus heridas. El amor, Kore, el amor. Sombras cada vez más numerosas se suman a mi oscuridad. Acepta una semilla de granada, ingiérela y que se mezcle con tu sangre. Tiéndete, blanca, sobre mi cuerpo en el lecho, y vence sobre mi amor, que ya se ha rendido.
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

3 pensamientos en “Kore

  1. Pingback: Amor, muerte y poesía « Vida de Niki

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s