Cartas de Iwo Jima

    Clint Eastwood no ha ganado más que un oscar técnico, y por lo tanto secundario, por su película “Cartas de Iwo Jima”. Esto no me ha sorprendido en absoluto, pues imaginaba que la Academia no entendería, primero, ni vería con buenos ojos, segundo, una película como esta. El castigo se extiende a “Banderas de nuestros padres”, obra mucho más compleja a todos los niveles y película nunca nominada pero de la cual ésta es el alter ego. Juntas son las dos caras de una misma moneda y, sin embargo, paradógicamente, es ésta una moneda que sólo tiene lados de sombra: la guerra.
     La derrota. La conclusión es que sea el lado que sea, solamente puede haber derrota.
     Ya he hablado en otros artículos de la complejidad de “Banderas…”, y ahora lo haré de la simplicidad de “Cartas”. Una simplicidad sólo aparente.

 “Cartas” es una película de corte clásico y lineal, cuyos pequeños flashbacks no alteran la unidad espacio-tiempo. Estructuralmente es, por lo tanto, una historia sencilla de contar y de ver. Los personajes no son en modo alguno complejos pero conservan una clara individualidad y con ella son arrastrados y absorbidos por la vorágine de las circunstancias. La historia se nos cuenta en un único espacio dual: la isla, fuera y dentro. foto_cartas_de_iwo_jima1.jpgFuera está saturada de luz y es por lo tanto cegadora e inhóspita; es, además, un espacio perdido de antemano.

Dentro existen los matices, es posible la intimidad, y la vida es, temporalmente, posible. Los japoneses mueren fuera; los americanos, dentro. iwo-jima.jpgEn fin, el uso que hace Eastwood del elemento espacio, su dimensión poética e imaginativa, su valor simbólico, habrá de tratarse en un artículo aparte y requerirá seguramente un nuevo visionado de la película.     Así que ahora hablaré de la aparente simplicidad de “Cartas…”. Pues es mera apariencia.

  Más me interesa reseñar aquí el tono y la atmósfera con los que Eastwood ha logrado, según mi opinión, perfectamente retratar el tema de la película, aquí en “Cartas” ya no sólo la guerra sino la derrota de la que hablaba antes.
     En primer lugar, el tono de la narración es de aceptación, espera, resignación o parálisis ante una realidad que prácticamente no admite alternativa: nadie sobrevivirá. En relación al espectador el tono es íntimo y sincero, honesto, muy emotivo pero sin caer en el sentimentalismo. A todo ello contribuye de forma determinante la elección del ritmo narrativo, lento y pausado, moroso que se diría, tan propio del estilo narrativo oriental.

 La atmósfera, por otra parte, está marcada por el peso específico de la anterior película, donde hemos visto hasta la saciedad la destrucción de la que son objeto los japoneses por parte de los americanos. Los americanos ganan esta batalla y ganarán también la guerra. Eso ya lo dice la historia, pero además nos lo ha recordado debidamente Eastwood.
     (En un aparte, me pregunto qué efecto produciría el ver las películas en orden inverso.)

 Esta atmósfera no puede ser, pues, más que de absoluta desolación. Incluso llega uno a preguntarse la necesidad de que exista, entonces, la historia que se nos cuenta, una historia cuyo final ya conocemos. Pues incluso una última sombra de duda cae sobre el personaje de Saigo, el panadero al que el destino concede la posibilidad de sobrevivir, pues cuando mira la hermosa puesta de sol desde el lugar que ocupa entre los otros heridos, tendido en la playa (¿no parecía “Doc” el que estaba a su lado?) un camión americano llega para interponerse, a lo que él sonríe. En Tokyo esperan su mujer y su hija. Pero el infierno esta pronto a desatarse allí también para los japoneses. No sabemos, o quizás sí, lo que espera a Saigo cuando consiga regresar a casa después de que acabe la guerra.
     Los poetas anglosajones llamaban “Wyrd” a ese destino trágico e irremisible a cuyo encuentro va el héroe y que da la medida exacta de su grandeza. Es una atmósfera de wyrd la que flota sobre la isla y acompaña cual su propia sombra a los personajes, en especial a Kuribayashi. Asistimos no sólo al final de una batalla, a la derrota de un ejército, sino al final de una concepción arcaica, medieval, estética y ética de la guerra, por ende, de la vida. El, Kuribayashi, simboliza ese concepto, reconoce la llegada de su final, se opone a él con todas sus fuerzas, incluso violando ciertos códigos establecidos. Pero muere. 
     Es precisamente esa ominosidad el aspecto que más interesante me parece de la película y que explica la luz, la constante percusión lejana de los bombardeos, la sinuosa melodía que aparece de vez en cuando, las miradas hacia el monte Suribachi y tantos elementos de ambientación que en “Cartas” cobran una dimensión especial.
     Y…¿cual es el después de esta película? Creo que después viene otra vez “Banderas”, el futuro, una nueva forma de derrota.
     La suma de ambas películas es un triángulo paradógico: uno más uno son tres. No se puede pedir más.

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