Banderas revisitadas

     Ayer fui a ver “Banderas de nuestros padres” otra vez. Y no es precisamente porque la primera vez que la vi no me hubiera enterado de qué iba la cosa. La poesía se suele releer, es más, resulta aconsejable y necesario hacerlo y nadie se sorprende por ello. El lenguaje poético es complicado, está lleno de figuras retóricas que no despliegan la amplitud de su belleza o significado a la primera aproximación. Son rehacias y esquivas, acaso tímidas.
     Algunas películas también deben verse de nuevo, porque las imágenes son, ante todo, fugaces, y no todos tenemos la misma velocidad de captación. La velocidad la decide el autor, respondidendo al estímulo de un determinado ritmo que desea imprimir a su obra. El ritmo es un valor importantísimo (ya lo decía Aristóteles: ritmo y mímesis son los dos constituyentes causales de la poesía) y cargado de significado. Para representar con verosimilitud una situación específica de la vida es preciso atender al ritmo con que ésta sucedería en la realidad. Hay situaciones en que la vida sucede deprisa, los detalles se acumulan y no se asimilan pero dejan un poso, un vago rastro de halo, que es preciso aprehender, retener, revisitar. Los instantes de la vida no pueden volver a vivirse, por mucho que a veces necesitaríamos hacerlo, así que nos limitamos a recordarlos, a analizarlos a posteriori, lo mejor que podemos. En cambio, una película se puede volver a ver.
     Me ha sorprendido mucho este segundo visionado.
     Ante todo, la película ha cedido casi toda su violencia y agresividad para desvelar una poderosísima corriente interna de tristeza que lo impregna todo, desde la primera secuencia, la del sueño, hasta la última, la del recuerdo. Ambas lo resumen todo, pues tanto lo soñado como lo recordado están pasados por el filtro de la herida incurable en la mente de “Doc” y representan el equilibrio entre la responsabilidad acuciante de salvar vidas que se escapan -son invisibles aquellos que le piden ayuda- y el deseo de evadirse del horror -cuando se bañan en el mar la isla aparece vacía, sin rastro de tanques o soldados-. Entre uno y otro extremo está la realidad. Una realidad que, cuando ha dejado de ser violenta y punzante, se vuelve abrumadoramente triste.

     Otro detalle importante es que ahora que conocía mejor a los personajes he podido darme cuenta de cómo Eastwood los ha colocado para que no destaquen. Están perfectamente integrados en el grupo y, sin embargo, también muy lejos de resultar personajes planos. flagsofourfatherspubc.jpgAl contrario, me han parecido riquísimos en matices, redondos, sutiles en su desarrollo y de una gran hondura. Sin embargo el personaje de Mike, interpretado por Barry Pepper, está tratado de otra manera, y es ahora que me he dado cuenta de que él es el personaje más plano por llevar consigo una carga mayor de mito o de símbolo. Necesariamente tiene que ser estático, pues va a representar a ojos de Hayes el valor inmutable del heroísmo con el que se mide a sí mismo.

     Pero lo fundamental que he apreciado ahora es la cantidad de niveles en que está trabajada la historia. Incluso algunos personajes mínimos, que ocupan muy poco metraje, dejan entrever la vastedad de sus mundos interiores, sus cotidianas torturas, miserias o alegrías vividas en la sombra del anonimato, vividas en medio de un desolador silencio. Son estos personajes, que habitan los márgenes de la película como flecos que salen de su cuerpo central, los que más la enriquecen, porque si bien está claro que esta película trata sobre la guerra y en particular sobre el tema del heroísmo, también es muy cierto que temas acaso más generales como el de la comunicación, la verdad y la mentira, el deber, el amor, el extrañamiento, el perdón 0 la culpa tienen un peso específico muy grande y funcionan como acumuladores emocionales que van engrandeciendo el horror, o quizás sería mejor decir la tristeza, gota a gota.
     Estructuralmente la película también ha ganado mucho. El hilo conductor, una vez repasado, resulta mucho más claro como lo sería un sendero recorrido de noche y vuelto a recorrer a la luz del día.
Me reafirmo, no obstante, en mis teorías acerca del propósito del aparente error de no haber dibujado este gran fresco del hombre en la guera con mayor nitidez. Es más, creo que la nitidez es la justa pues resulta plenamente verosímil: Eastwood no nos ofrece una película sobre la vida del hombre en la guerra sino un fragmento de esa misma vida, a la velocidad de la vida, con la imprecisión de la vida (sólo revisitada rinde los detalles), y capaz de producir el mismo efecto que la vida. ¿Y el heroísmo? Puro artificio.