Prosas de gatos: Negev

Negev     El Negev es un desierto terrible donde, sin embargo, algunos creen que puede salir adelante la vida si uno se esfuerza y sacrifica. Y se empeña, por supuesto. Hay que tener, además, talento y fondos que te cubran las espaldas, o mejor dicho, la cabeza, del inclemente sol. Finalmente, tiene que sobrarte el amor y, de ser posible, también la fe.

     Negev es el nombre, también, de un gato. No es un gato mío. Es un gato de nadie. Cuando le vi por primera vez iba a morir en breve. El nombre me llegó como inspirado y tuve que dárselo, aunque no me gusta dar nombres a aquellos que no voy a poner bajo mi protección. Negev es negro, absolutamente, y dulce como la más dulce caricia recibida en la oscuridad. Negev es viejo ya y ha tenido mala suerte. Necesitaba esfuerzo, sacrificio, empeño, talento, fondos, amor y fe.

     Yo he hecho lo que he podido por Negev pero al final he optado por preservarme a mí misma antes que a él. A mí misma y a mis tres gatos, que no merecen contagiarse de la mortal enfermedad que él esconde en el secreto de su interior. Esta enfermedad, una especie de SIDA felino, no era del todo evidente, pero unos análisis previos -ya pensaba quedármelo- revelaron su presencia, y le tuve que negar la oportunidad de vivir feliz el último tramo de su vida. Durante un tiempo le cuidé, le di antibióticos, curé sus heridas, eché gotas a sus ojos, le alimenté y di caricias -acaso lo más importante-, y me tomé cañas en el bar del camping donde se cobija, por miedo a que le echaran. Cuando se ha puesto bien -ya se sabe, es relativo, temporal, engañoso-, he ido espaciando mis visitas hasta interrumpirlas definitivamente.

     Hace ya algún tiempo que no le veo. No me atrevo. Hay gente que me dice que está bien, que ha logrado postergar el momento inevitable. Bien mirado, para todos es inevitable; sin embargo, la inminencia de la muerte es algo en lo que pocos creen. Comparados con un gato nuestra vida es de dioses. Quién se atreve a compararse con la tierra… Y cuando se conoce de cerca una grave enfermedad uno se vuelve tan vulnerable…

     Negev sigue ahí por ahora, aunque yo no le vea. Ahora ya no le doy nada, sólo deposito en él mi fe. Seguramente no le bastará, y es injusto tan escaso pago por lo mucho que yo he recibido de él, pero no puedo remediarme. Negev ronda -insistente- por mi pensamiento, eso sí, al igual que la idea de que nadie merecería el Paraíso si existiera.

     Mis propios gatos, ajenos a toda esta historia, dormitan confiados al sol.

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