La vergüenza (…) que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla. (…) Nadie ha podido comprender mejor la naturaleza incurable de la ofensa, que se extiende como una epidemia. Es una necedad pensar que la justicia humana pueda borrarla. Es una fuente de mal inagotable: destroza el alma y el cuerpo de los afectados, los apaga y los hace abjectos; reverdece en infamia sobre los opresores, se perpetúa en odio en los supervivientes, y pulula de mil maneras contra la voluntad misma de todos, como sed de venganza, como quebrantamiento de la moral, como negación, como cansancio, como renuncia.
“La tregua”, 1996


Sabía bien de lo que hablaba. Cuando murió en 1987, no se tiene certeza absoluta de si por suicidio pero esa es la teoría más extendida, Elie Wiesel dijo que había muerto en Auschwitz cuarenta años más tarde.
A pequeña escala -siempre a pequeña escala-, creo que la mayoría de la gente conoce el peso del oprobio. Imaginémoslo elevado al infinito…, ¿podríamos volver a sonreir alguna vez?





