Archivos para la Categoría 'Niki'

23
Oct
09

El escéptico


Greenpeace. Activistas por el clima

Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.

Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?

Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.

Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.

01
Ene
09

Voces

En ocasiones oigo voces. O mejor dicho, una voz. Empieza como una extraña tensión interna, tan sólo una vaga inquietud. Luego es apenas un susurro ininteligible. Si escucho con mucha atención, se transforma y acaba teniendo significado. Surge desde el fondo de mí y se convierte en palabra, normalmente no más que un monosílabo. Sí. No. Hay que saber interpretarla.
Infaliblemente, dice la verdad.
Escuchar no es simplemente prestar oídos. Es mucho más. Es pararse, esperar, conceder, aceptar. Es no negarse a la empatía, ni a la reflexión ni al valor. Es correr por ahí saltando vallas muy altas, vallas que otros no se atreven a saltar. Salir del estruendoso laberinto del mundo y encontrarse en la inmensa y delicadamente sonora llanura de la vida.
Pues bien, ayer noche escuché la voz mientras preparaba la cena de fin de año.
En el horno estaba la pata de cordero con las patatas panadera; acabándose de cocer en la vitro estaban los langostinos; la encimera estaba cubierta de fiambres, puding, ensalada…, todo puesto a recuperar temperatura ambiente. También una masera o buey de mar. Era lo último que me quedaba por preparar. La había comprado al mediodía, en mi pescadería habitual. Yo leía en el libro de cocina instrucciones para centollos al vino blanco, pensando que sería parecido cocinar aquel bicho mayúsculo.
Entonces se movió. Hasta entonces no lo había hecho, o yo no me había percatado. Estaba todavía en la bolsa de plástico, sobre un gran plato. El ruído del plástico la delató. Abrí la bolsa con cautela y miré bien a la masera. Parecía una piedra. Entonces soplé suave sobre ella. Sus ojos giraron en sus órbitas, buscando protección, y su pinza derecha -futura suculenta boca de mar- se separó ligeramente de su cuerpo.
Me quedé mirándola, esperando a que volviera a moverse, pero no lo hizo. Llamé a Joel, mi hijo de 11 años, para que dejara su Lego y viera aquello. Cuando estuvo a mi lado, volví a soplar y la masera se movió de nuevo; poco, pero algo fue. Nos quedamos ahí los dos, mirándola.
Entonces sentí la cuerda tensarse en mi interior, la inquietud, el susurro. La voz. Dijo: “No.”
Acerqué mis labios al oído de mi hijo y susurré a mi vez: “¿Qué te parece si la soltamos?”
Por suerte vivimos a cinco minutos andando de una de las franjas costeras más hermosas de Cantabria: Costa Quebrada. Y para allá fuimos, armados de linternas.
No hacía nada de frío, pues estaba de sur. Bajamos por un caminito hacia la más densa negrura de la unión entre tierra y mar, ahí donde hay unas canales de roca y las olas acarician una y otra vez millones de cantos rodados. El mar se revolvía a lo lejos, invisible. Pusimos a la masera en una poza pequeña, para que fuera reaccionando. Luego, cuando empezó a hacer burbujas y a moverse un poco más, la pusimos al borde de una de las canales, completamente bajo el agua. Unos pequeños cangrejos se marcharon apresuradamente. De repente, la masera estiró sus patas y avanzó de lado, enorme y majestuosa, hacia lo profundo.
Estuvimos un rato contemplándola ahí donde se paró, ya definitivamente fuera de nuestro alcance. No sé qué pensaría Joel -quién sabe nunca lo que se cuece en la cabeza de otras personas-, pero yo comprendí de golpe lo que significa cazar y lo que significa dejar de cazar. Ambas cosas pueden tener sentido sin excluirse mutuamente. La cuestión es encontrar la medida justa.
También pensé otras cosas, como y si no hubiera otras maseras por la zona y esta estuviera condenada a una vida de estéril soledad. Y también logré ver la masera con ojos de gaviota y de un vecino experto pescador de percebes. Y también sentí miedo ante la inmensidad del mar, la fuerza de las corrientes, los muchos depredadores y la inexperiencia. Quizás fuera una masera de piscifactoría.
Pero todo eso ya no importaba. O ya no tenía remedio.
Joel y yo volvimos a casa charlando y riendo. Nos abrió Rafa, que no acababa de creerse lo que había sucedido. Joel decía que iba a contarle aquello a todos sus amigos. Al principio le dijo que no -Rafa me apoyaba, había que salvarse del ridículo- pero luego cambié de opinión y le dije que podía contárselo a quien quisiera. ¡Qué cojones! Hay que ser coherente.
Pues sí, en ocasiones oigo una voz y en ocasiones escucho a esa voz. Es la misma voz que me dijo que recogiera de la calle y salvara a los cuatro gatos -cuatro Nikis- que viven con nosotros y son una de las más gratas fuentes de nuestra felicidad. Es la misma voz que me dijo que me separara del padre de Joel el día que de veras le conocí.
No anda desencaminada, no, la voz.

20
Nov
08

El tentempié del estudiante entrado en años

Cuando sumas el Hamlet y el Macbeth de Shakespeare; la semántica y la lexicografía; a Ishiguro, a Byatt y a Zadie Smith; todo lo que va desde Roland Barthes, Foucault y Derrida hasta Frantz Fanon; toda la literatura poscolonial en lengua inglesa habida y por haber; canapés de La Celestina, el Lazarillo, Garcilaso, Góngora, Calderón, Moratín, Bécquer, Unamuno, Lorca y Blas de Otero; la historia del Reino Unido y de EE.UU.; un pan de Alemán arriba y otro abajo; y todo ello aderezado con una indigerible salsa gramatical, el tentempié resultante se llama CIPRALEX.

Dígale usted ADIÓS a la ANSIEDAD, y luego váyase tranquilo a cumplir con su jornada laboral.

16
Nov
08

Celama, el mar y el regresarse

Durante mucho tiempo me limité a darle vueltas de vez en cuando en la cabeza: Celama. Siendo como era tan sólo una palabra, tenía, sin embargo, el peso del universo que es. Pero yo no mas lo rondaba, mientras en mi imaginación lo sentía presente y más tangible que muchos territorios que sé que existen por los mapas, los noticiarios o los libros de historia.

Ofrecí a Celama por mucho tiempo resistencia, como a esa corriente invisible, poderosa, impasible, que nos puede llevar sin remedio mar adentro. Y es que tiraba y tiraba de mí, aunque yo no supiera -y creo que eso a él le gustaría- quién era su creador. Supongo que esto me pasó porque cuando miro el mar no me suelo acordar de ningún dios. Luego me he dejado llevar.

Parece ser que llevo bastante tiempo -en realidad, muchísimo tiempo- mirando al mar. Incluso algún amigo hay que me ha puesto bajo la categoría de R.I.P. -no, no me ofendo, pues qué razón ha tenido. Lo cierto es que me ha hecho mucha gracia que, después de muerta, pueda una seguir pintando algo. Desde aquí un saludo, Panta-, mientras que otros amigos me piden que me regrese, curiosa expresión reflexiva y muy afortunada.

Pues bien, he cambiado la carátula y me regreso. Alguna cosa más habría que cambiar por ahí aunque una siga siendo la misma, pues eso es inevitable. Magritte sigue presidiendo la mesa y, pese a que no ha estado nada mal, cierro definitivamente la marea de comentarios sobre gatos. Con los cuatro que ahora mismo tengo ya voy sobrada.

Y a Celama… cuidado con ir, que a veces no se vuelve. 

Celama, según Alejandro Emilio Fernández

Celama, según Alejandro Emilio Fernández

02
Ene
08

Silencio

“Well, I’m back”, había dicho Sam. Y estábamos a principios del verano… Ahora cae la nieve en alguna parte.

Hace poco un alumno tenía que escribir un texto sobre el invierno. Como no se le ocurría qué decir o pensar -qué raro- propuse que empezara intentando descubrir qué sentía al respecto. En cinco columnas, encabezadas por los cinco sentidos, debía escribir palabras, las que fuesen, que le fueran sugeridas por la idea de invierno en dos muy diferentes situaciones que yo -también- le tuve que proporcionar: el centro de la ciudad un viernes por la tarde en vacaciones de Navidad y un solitario paisaje nevado. En esta segunda localización dejó la columna del oido en blanco. Me costó convencerle de que el silencio, la ausencia de sonido, es en sí mismo una forma de sonido, y harto elocuente, además. Cuando luego escribió su ejercicio -para lo cual le di un contexto, un personaje y un muy esquemático argumento lineal-, obligado a emplear por lo menos dos palabras de cada “sentido”, de las cuales una de cada situación, ciudad y paisaje, acabó por confesar que la palabra “silencio” era la que mejor describía para él el invierno. Había alcanzado una verdad y, lo que es más importante, había logrado formularla con palabras. Se marchó muy contento con su texto. Yo también me alegraba.

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Sin embargo, en su siguiente clase me contó que su profesora en el instituto le había dicho que lo que había escrito no tenía nada que ver con el invierno, que tendría que haber hablado más de la Navidad, del esquí y de si le gusta o no pasar frío en la parada del autobus escolar a las ocho de la mañana. En los ojos de mi alumno había un cierto brillo de resentimiento: yo le había llevado por un camino que no era el correcto. Y él de ninguna de las maneras desea apartarse de los cauces: va raspado en la asignatura de lengua. Ya se está viendo en verano, cuando luce pleno el sol, recluído en el silencio de su habitación delante de un libro. Y como a mí no me gusta jugar con la vida de los otros, he decidido limitarme a enseñarle a hacer esquemas, y cuando tiene que escribir un texto le corrijo tan solo la ortografía. Lo del estilo, que quede para los expertos o, en su defecto, el funcionariado.

Creo que a esa profesora lo que realmente le molestó fue el silencio. El silencio del invierno..

En este blog ha habido silencio durante casi seis meses. Sentía necesidad de silencio, pero uno de veras prolongado, hondo, para nadar en él profundamente en busca de mis propios secretos. Mi vida se había vuelto demasiado agitada y me disgustaba. Empezaba a hacer cosas que en realidad no quería. Y el hecho de que fuera verano no facilitaba las cosas. Así que he estado esperando. He visto llegar e irse la luz del otoño. Mientras, como no puedo evitar ser una persona activa, he estado aprendiendo a crear sin palabras, pintando acuarelas -el paisaje de arriba no es mío, pero es lo que he estado buscando-. Pintando acuarelas en silencio. Pintando el silencio.

Ha sido como dar un paseo, coger un desvío, perderse, vagar sin rumbo una temporada, reconocer -recordar- un perfil lejano y dirigirse despacio, con un nuevo paso, hacia él.snowcrocus.jpg

Mientras tanto, ha llegado el invierno.  

09
Jul
07

Integración

El otro día me pasó una cosa curiosa. Esperaba a que abrieran el videoclub para devolver una película que había alquilado y como tardaban decidí tomarme un café en el bar de al lado.

Allí estaba Casio, el enterrador.

Antes de proseguir diré que el pueblo donde vivo, Soto de la Marina, en las afueras de Santander, es el típico núcleo de población rural que ha sido invadido por urbanizaciones, convirtiéndose en una pequeña ciudad dormitorio. Al estar en la costa está muy cotizado y la población que ha venido a sumarse a lo que eran unos pocos ganaderos y agricultores con fincas de toda la vida, es sobre todo de profesionales de clase media alta con un pequeño jardín. Un particular abismo separa a los unos de los otros de modo que el contacto entre ambos grupos es escaso, aunque las vidas discurran paralelas. Es decir, todos nos encontramos en los tres bares, en la carnicería, en el quiosco y los que van a la iglesia, pues allí. Hace diez años que vivo aquí -el cómo llegué es una larga historia- y si añadimos a eso mi aspecto de guiri se deduce fácilmente que de ninguna manera cuelo por una lugareña.  

Sin embargo, el otro día, cuando fui a pagar el café la camarera me dijo que el enterrador me había invitado.

A Casio le conozco de vista y de un hola-hola cortés desde que llegué, pues el cementerio está justo detrás de mi urbanización. Sorprendida, me acerqué a él a darle las gracias. Él contestó algo casi ininteligible -es muy mayor y casi no tiene dientes- y yo salí del bar. Como los del dichoso videoclub aún no habían llegado, me apoyé en la puerta a esperar mientras hojeaba un comic que le había comprado a mi hijo. En esto salió Casio y se paró delante de mí.

Empezó preguntándome por mis padre, que qué tal estaban. Le dije que bien, aunque me chocó pues mi padre murió hace años y jamás puso un pie en este pueblo. Pero en fin. Luego me preguntó por mi hermana. Aquello ya me pareció demasiado, teniendo en cuenta que soy hija única. No poco me costó que aquel buen hombre comprendiera que no hablaba con quien él creía y con quien, está claro, hacía años que me confundía. Tras darme minuciosos detalles sobre mi doble a modo de justificación, derivó hacia lo suyo, es decir, a explicarme cómo hay mármoles mejores y peores, que se pican o no de moho, y cuál es el que él recomienda para un nicho y cuál para un tumba corriente. Un poco incómoda pero siempre sonriente, aproveché un breve lapsus para abrirme.

Una vez en casa empecé a pensar en este asunto, en lo agradable que me había parecido que alguien del pueblo me invitara, aunque fuera el enterrador, y en que todo se debía a una lamentable confusión. No sólo no me sentí integrada sino invasora, pues ahora los de fuera somos mayoría y además jóvenes, mientras que los de aquí de siempre se van haciendo ancianos o se marchan. Semejante destino es irrevocable. Y cuando los de aquí desaparezcan del todo, el pueblo perderá su identidad.

Pero ahí no ha quedado la cosa. Esta mañana paré de nuevo en el bar, con una amiga que tampoco es de aquí aunque también vive aquí. Yo entré primero mientras ella hacía una gestión en el banco. Vi a Casio y, como es mi costumbre, le saludé. Luego vino mi amiga. Al poco Casio se marchó. Cuando fuimos a pagar descubrí que mi café, de nuevo, estaba pagado.

Y esto, ¿significará lo que yo creo?  

27
Jun
07

Fuegos

El sábado pasado fue la noche de San Juan. Desde que vivo aquí, junto a la playa de San Juan de la Canal, me gusta asistir a esta celebración, ver la gran hoguera al borde del acantilado, los fuegos artificiales que tiran desde el otro lado de la playa, cerca de la punta de Los Pilis, y el frío Cantábrico mecerse en la oscuridad. La noche repleta de luces.

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Hasta hace unos años, pocos, esas luces en la noche solían emocionarme, tanto si pertenecían a una hoguera, a unos fuegos artificiales o al alumbrado de navidad. Eran luces y fuegos que prendían fuegos y luces empáticos en mi interior que me conminaban a sonreir mientras los ojos se me llenaban de lágrimas que no era capaz de explicar ni reprimir. Acaso fuera la fantástica belleza de tantos colores estallando en el cielo, o un sentimiento atávico de alivio y seguridad, alegría al cabo, ante el cálido resplandor del fuego, o la nostalgia de la infancia deslumbrada por el árbol de navidad, anticipo de felicidad y regalos.

Pero poco a poco esa emoción se ha ido aplacando. La he gastado quizás, de tanto usarla. Estos últimos fuegos han ardido más lejos y los colores no me han impresionado ya, algo que me venía temiendo desde las pasadas navidades, cuando no tuve ganas de bajar a la ciudad. 

Sé que algo muy importante se ha perdido. Y más que tristeza, lo que tengo es miedo. ¿Seré capaz de desmantelarme entera para poderlo recuperar?         

05
May
07

Amores literarios

Veo que está muy de moda últimamente en la blogosfera educativa hacer listados de aquellos libros que en una más o menos lejana juventud despertaron ese hambre insaciable llamado amor a la lectura. Valgan como ejemplo un par de blogs que me gusta seguir de cerca: Cuaderno de clase y La bitácora del tigre.

La verdad es que las listas de libros suelen ser atractivas a la par que orientadoras programáticamente. En mi infancia, mi madre, gran lectora, tenía en mente -yo se lo notaba- una serie de obras que yo debía conocer y que, a ratos, ella me leía. Entre ellas recuerdo el poema El Piyayo, de José Carlos de Luna y Platero y yo, de J.R.Jiménez. Muy a duras penas incluyó en su lista el que era, por aquel entonces, mi poema favorito: La desesperación, de José de Espronceda. Cuando me lo leía, al tiempo se reía y claudicaba de mí.

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26
Abr
07

Regreso

“Llegué por el dolor a la alegría y estoy vivo.”

José Hierro

09
Abr
07

La enfermedad

          “La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara. puerta.jpgA todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferinos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas.

          Hace unos cuatro años que ingresé en las filas de aquellos que ostentan dicha doble nacionalidad y he de decir que estoy con Sontag cuando dice que “la enfermedad no es una metáfora, y que el modo más auténtico de encarar la enfermedad -y el modo más sano de estar enfermo- es el que menos se presta y mejor se resiste al pensamiento metafórico”. Pero he llegado también a comprobar que lo que verdaderamente se convierte en metáfora cuando uno cae enfermo, es la vida.

          Antes, la vida ya se me hacía a ratos algo impreciso, casi irreal, especialmente en momentos de ensimismamiento, introspección o concentración. Vamos, era algo propenso a convertirse en alegoría o imagen. Despertaba de mis pensamientos como de esos sueños en que te sientes caer y el instinto de supervivencia te recoge justo a tiempo. Sin embargo, esta vez he caído, he atravesado la puerta y el instinto me ha fallado, así como me fallara mi cuerpo. Quién sabe, quizás sea una ilusión más, otra temible metáfora, pero he sido desterrada a otro ámbito y desde allí miro hacia acá y todo se me antojan metáforas.20051205161731-escher.jpg

          Según la enfermedad que se padezca la estética que la acompaña varía. Es, como decía Sontag, cuestión de metáforas. Así como en la antigüedad clásica se le asignaba a cada parcela de la vida un dios tutelar concreto, a muchas enfermedades les sirve de estandarte un personaje o un mito. Por ejemplo, la tuberculosis bien puede relacionarse con creadores románticos como Keats o Chopin y muchos héroes de ficción, como Margarita Gautier de “La dama de las camelias” o el menos conocido Nathanael de “Un hombre oscuro” de M.Yourcenar; con las enfermedades coronarias siempre se me vienen a la mente las paredes de cristal del corazón del Doctor Zhivago; y con las enfermedades degenerativas, esas grandes desconocidas, pienso en la mente prodigiosa de un Stephen Hawkins o la hermosa mirada vacua de Rita Hayworth. Y la depresión y la locura, cómo no asociarlas a Vincent van Gogh. Habrá muchos más ejemplos. Los que conocen o padecen estas enfermedades se llevarán las manos a la cabeza, y con razón (nunca me lo perdonarán), pero encuentro algo en su estética que se inclina a lo benigno.

          Con el cáncer no caben estos paralelismos. Las metáforas que a él asociamos tienen un grado de dureza, de horror y brutalidad, de corrupción y de culpa, de furor y perseverancia, de extrañeza cósmica, de soledad y represión y de silencio, que hace que la enfermedad se salga de todos los parámetros estéticos. Y pese a ser una de las grandes enfermedades del hombre contemporáneo resulta aún difícil de representar. La terminología asociada, tanto la que se refiere a la enfermedad en sí (invasión de células malignas, colonización del cuerpo, defensas superadas, destrucción) como la referida al tratamiento (el bombardeo de la radioterapia, la querra química de la quimioterapia, atacar y matar las células malignas, amputación) a la que se refiere Sontag es eminentemente bélica. Pero mientras que no parece haber pudor alguno en la representación de guerras externas (y valga aquí el ejemplo de las espeluznantes imágenes de conflictos bélicos en progreso por todo el mundo, rayanas en lo escatológico, que nos sirven con cada telediario, o el último hit cinematográfico de la tempotada, “300″), las internas como el cáncer y el horror de sus estragos permanecen en una discreta aunque inquietante oscuridad. De vez en cuando nos enteramos de la muerte de algún famoso, u otro famoso nos confiesa lo que padece (confiesa cual pecado del que debiera lavarse, reminiscencias de “la concepción punitiva de la enfermedad” que tan bien describe Sontag, camuflada bajo el deseo de acallar los muchos rumores…, de admitir la verdad…), pero poco más. Muchos imaginan algo así como “Gritos y susurros” de Ingmar Bergman, aunque la analgesia ha evolucionado mucho, gracias a Dios.

          Yo ya no estoy “enferma”, o eso creo (y no sólo yo sino también los que me vigilan). Pero la cosa no es tan simple porque el miedo y la desesperación de la ciencia médica -pobrecita- es tal que los tratamientos que a uno le imponen tienen igual o más elevado grado de… recuérdese todo lo anterior…, que la misma enfermedad. Dice Sontag: “…se considera justificado casi cualquier daño acarreado al cuerpo si con ello se consigue salvar la vida del paciente”. Y pese a que también yo, naturalmente, soy sensible al horror y a la oscuridad que representa, tengo esa tendencia a querer equipararlo con una imagen que pueda reconocer y, por lo tanto, comprender y aceptar. Porque puede que la “enfermedad” ya no esté ahí, pero la estela de los efectos secundarios es larga de cojones.

          Nunca habría creído que el Medievo fuera a reingresar así en mi vida, pero es como ha sido. Desde joven me ha gustado la épica, las leyendas artúricas, Tolkien y todo eso, y creo que a la idea del cáncer bien se le puede unir la estética medieval con todo lo que conlleva de dureza, horror, brutalidad…, y lejanía.

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          El punto en que ambos conceptos se conectan es el enigma y la magnitud. Y a ambos rige un peculiar sentido del destino, el Wyrd del que ya he hablado en ocasiones, al cual el héroe-paciente se enfrenta, con el cual libra tremenda batalla, a la cual sobrevive o no, y todo ello con total naturalidad. Porque la épica, en tiempos de la épica, era natural, y hoy la vida, en estos tiempos nuestros de tanta “calidad” (al menos en el primer mundo), debería ser natural, cosa imposible porque la muerte, su fiel sombra, sin embargo ya no lo es. Y de todas las muertes o amenazas de muerte por enfermedad posibles, el cáncer es una de las que más se le indigestan a todo el mundo. Está tan lejos de nosotros como lo medieval, o lo alienígena. Tan incongruente sería para la imaginación contemporánea encontrarse por la calle con un caballero en armadura como con un marciano. Y sin embargo, de repente, algo grande y misterioso, grande y misterioso como el mar que rodeaba la tierra cuando ésta aún era plana, como los abismos del pasado y del futuro, se cuela en el presente y nos hace suyos.  No es un alienígena, no es un caballero medieval, ni siquiera es un dragón. Es un cáncer.

          En fin, yo no vivo ni en el pasado ni en el futuro, así que ni miraré la imagen de la vírgen grabada en el interior de mi escudo ni musitaré con la mente una invocación a la fuerza. Hoy, a las cinco de la tarde, ingresaré en el hospital, es decir, me daré un paseo por la orilla del mar de la mano de mi particular paladín, desgranando metáforas. 

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R. Magritte, La respuesta sorprendente.

M.C.Escher, Tres mundos.

P.Bruegel el viejo, El triunfo de la muerte.

E.Kalnins, Orilla del mar.           

         




DIARIO DE VIAJE POR MUNDOS UTÓPICOS
"...that blessed mood, in which the burthen of the mystery, in which the heavy and the weary weight of all this unintelligible world, is lighted... ...while with an eye made quiet by the power of harmony, and the deep power of joy, we see into the life of things." Wordsworth's Tintern Abbey, 1798

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