“…la soledad…me ayudó a ver durante breves instantes, sin memoria ni conciencia, el esplendor de la vida. Quizá los animales viven hasta su muerte en un mundo de espanto y exaltación. No pueden huir y tienen que soportar la realidad hasta el final. Incluso su muerte es, sin consuelo ni esperanza, una verdadera muerte. Yo, como todos los humanos, siempre estuve huyendo a toda prisa o soñando con los ojos abiertos. Imaginaba que mis hijas aún vivían porque no había vivido su muerte. Pero vi cómo mataron a Lince y vi brotar la masa encefálica de la cabeza partida de Toro y vi cómo Perla se desangraba como una cosa sin huesos, y siento el corazón de los corzos enfriarse entre mis manos.
Esa es la realidad. Y como la he visto y sentido, me cuesta soñar durante el día. Me repugnan las elucubraciones y siento que la esperanza ha muerto en mí. Eso me da miedo. No sé si soportaré vivir sólo con la realidad.”
Libro sencillo, lírico y necesario. Libro hiriente y despiadado. Libro extraño y real, fantástico y cotidiano. Libro lleno de amor, de espanto, de valentía y fortaleza, de tristeza, de responsabilidad, de vida. Libro sobre el desaliento y la esperanza y la aceptación. Libro lleno de animales y paisajes. Libro apocalíptico. Libro épico. Libro cercado por un límite que contiene el infinito. Libro sobre la belleza y la verdad, sobre el horror y la verdad, sobre la memoria y el futuro y la verdad.
“Las cornejas han levantado el vuelo y se alejan sobre el bosque gritando. Cuando no las vea saldré al claro para dar de comer a la corneja blanca. Ya me está esperando.”
Marlene Haushofer, El muro.





