Hace poco he tenido ocasión de ver 2012. Acudí al cine empujada por mi hijo de 12 años Joel, cuyo mote casero de Pirivín -no sé por qué se lo pusimos, quizás por ser muy larguirucho y flaco- hace que a este tipo de películas las llamemos “cine piriviniano”. En fin, como todavía está en la edad de que se le satisfagan deseos de este tipo -ya llegará el día en que se le pueda decir “pues ve tú”- , para allá fuimos los dos.
Casualmente estos días estoy enfrascada -a pesar de que no debo, no, pues llevo diez asignaturas en la universidad, todo para acabar este año la carrera- en la lectura de “The Riverworld Saga” una estupenda colección de libros de ciencia ficción de Philip José Farmer, ambientados en un futuro planeta donde toda la humanidad es resucitada con oscuros propósitos -por cierto, la pista a estos libros me vino sugerida por una entrada ya algo lejana en el blog oteando desde proa , cuyo autor es un gran entendedor de ciencia ficción y otras más o menos pragmáticas realidades-.
En mi cabeza se debieron solapar ambas historias, pues cuando salí del cine, muy consciente de que había visto un auténtico bodrio de película, con un argumento tan endeble como manido, además de ninguna justicia poética -a ver, ¿por qué se tiene que morir el novio de la protagonista?, ¿sólo para que su ex pueda recuperarla? Si ni siquiera es uno de los malos…- pero con un presupuesto de los que derraman billetes por los bordes de la billetera, aplicados a que el ordenador eche humo de tantos efectos especiales que le obligan a hacer, pues en ese momento me acordé de Riverworld, y de cómo , tras la más utópica de las resurrecciones -todos jóvenes, sanos, con las necesidades cubiertas…- viene la más cruenta, por humana, distopía, la violencia, la locura, el suicidio express…-.
Realmente me hubiera gustado saber cómo transcurre la vida en el barco, uno de los únicos tres que sobreviven al cataclismo planetario, durante esa típica elipsis que va desde la última catástrofe que salvan por los pelos y la primera salida a la cubierta para ver el sol y el nuevo mundo lleno de posibilidades de futuro. Son apenas tres meses, si no recuerdo mal, de elipsis, pero dudo mucho que el género humano aparezca sonriente, bien vestido y alimentado y en alegre conpaña, cuando por pura moralina aceptan dentro del arca salvadora a mucha más gente de la que tienen recursos para mantener.
Claro que esos tres meses podrían hacernos desear que la humanidad no hubiera sobrevivido.

Parten de puntos opuestos pero las circunstancias les acercan. En un momento dado hablan, de su infancia, de su pasado. El suave, discreta, infantilmente, le coje un guante que a ella se le ha caído -parece ser que fue una situación improvisada-. Se nota que hace mucho frío junto al mar. El se sienta en un columpio y se lo pone. Le queda pequeño. Siguen hablando. Ella desea irse pero no puede, él tiene su guante. El lo sabe, a través del guante la retiene. Siguen hablando. Ella mira su guante en la mano de él. Se va poniendo nerviosa. El se quita el guante y ella con un gesto un poco precipitado que la pone en evidencia, lo coje y se separan.
Si a eso sumamos el talento indudable de Elia Kazan, la extraordinaria fotografía de Boris Kaufman y la música de Leonard Bernstein, por no mencionar a los extraordinarios actores secundarios, tendremos una de las mejores películas de la historia del cine.
Pero Wiesler, pese a ser un gran profesional y experto en técnicas interrogatorias, y pese a estar acostumbrado a escuchar, estudiar y rendir a los otros, entra en un curioso estado de empatía con esta pareja que le lleva a alterar su pauta de conducta profesional y a perder la neutralidad. Las consecuencias afectarán a las vidas de todos ellos.





