A cuenta de mi anterior entrada, ayer he tenido el “gozo” de leer en el Diario Montañés la siguiente declaración del Presidente de la Comunidad de Cantabria, el Sr. Revilla, tras la entrega de la susodicha Medalla a Miguel Delibes.
“Creo -añadió- que esta medalla le ha hecho tanta ilusión o más que la que hace días le concedió la Junta de Castilla y León. Porque la de la Junta se le concede por obligación, qué menos, pero la nuestra es por devoción”.
Cómo será de tibia esa devoción que hace por lo menos un par de años que se la habían concedido, como ya indiqué anteriormente.
Y de paso, a tocarle un poco los piés -o los molinos- a la comunidad vecina, que ya se sabe que además de pródigo en devoción el Sr. Revilla lo es en cordialidad y tontuna.
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El dudoso devoto del Sr.Revilla
Me alegra saber que hay lugares donde, cuando a uno le dan un premio, se lo dan de verdad. Valga como ejemplo el que le han dado a Clint Eastwood en Francia.
Aquí, en España, en concreto en Cantabria, tierra de las mil danzas -y los mil danzantes- las cosas no son ni parecidas. Hace ya algún tiempo -algún año, más bien-que le han concedido a Miguel Delibes un premio y este pasado verano todavía andaban diciendo que a ver cuando se pasaban por Valladolid para hacerle la entrega. Quizás estén esperando el siempre propicio momento de su muerte para ello.
El escéptico
Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.
Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?
Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.
Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.
Acuarelas
Con esta breve entrada espero explicar mi silencio. En la barra lateral de este blog, bajo el epígrafe Alter Blog encontraréis Estaciones de luz. Es un blog sin palabras pero con imágenes de algunas de las acuarelas que llevo pintando desde hace un par de años. Junto a mi casa, en Soto de la Marina, en un pub muy agradable donde suelo parar llamado Soul Jazz Café, hay actualmente una exposición de mis acuarelas y eso me ha dado mucho trabajo extra, aunque también una gran satisfacción -desde aquí, un afectuoso saludo para Gonzalo-. La idea es venderlas, pero la crisis … ya se sabe. El arte es accesorio.
Por cierto, pido disculpas por las fotografías, que no son muy buenas. Hasta que no encuentre a alguien que me explique el fotoshop ese…
Otro día ya hablaré de lo fascinante que es trabajar con acuarelas, lo traidoras y volubles que son, lo divertidas. Un poco como gatos.
Y es que ahora me ha dado por escribir pintando.
De verdad, vivir
Leí por primera vez a Clara Janés este pasado verano.
Fue en medio de un Encuentro sobre Mística Española que se celebraba en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Me había apuntado por no sé qué extraña idea mía de que en un curso sobre este tema iba a hablarse de la poesía de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, que siempre me han gustado, y no sobre lo que se habló: política, historia -y esto ni tan mal-, economía, y de postre un arrebatado alegato en contra de unas supuestas místicas contemporáneas cuyas piedras angulares son Juan Salvador Gaviota y la música de Enya. Curiosamente, ingenua de mí, nunca habían levantado mis sospechas. Nunca está uno suficientemente alerta.
El caso es que en medio de la concurrida asistencia, pues el curso tuvo una inusitada aceptación, compuesta de personas inquietantemente parecidas entre sí, todas muy bien arregladas, aureoladas, castificadas o castradas, gloriosas casi, y rodeada de otros ponentes de aire tan claustral como vampiros intelectuales, apareció ella, sonriente, tranquila, hermosa y perfectamente terrenal. Habló de Santa Teresa y dijo lo que yo había venido a buscar.
En la librería de La Magdalena compré un par de libros suyos. De “Los secretos del bosque” escojo este pequeño poema. Me parece que a los organizadores del curso se les ha debido pasar, pues dudo que una pasión semejante no turbe sus frágiles principios.
Mi galopada violenta
hacía trizas la oscuridad.
Parecía que mi paso talara los bosques
y que en una sola noche
llegaría a las orillas del mar.
Voces
En ocasiones oigo voces. O mejor dicho, una voz. Empieza como una extraña tensión interna, tan sólo una vaga inquietud. Luego es apenas un susurro ininteligible. Si escucho con mucha atención, se transforma y acaba teniendo significado. Surge desde el fondo de mí y se convierte en palabra, normalmente no más que un monosílabo. Sí. No. Hay que saber interpretarla.
Infaliblemente, dice la verdad.
Escuchar no es simplemente prestar oídos. Es mucho más. Es pararse, esperar, conceder, aceptar. Es no negarse a la empatía, ni a la reflexión ni al valor. Es correr por ahí saltando vallas muy altas, vallas que otros no se atreven a saltar. Salir del estruendoso laberinto del mundo y encontrarse en la inmensa y delicadamente sonora llanura de la vida.
Pues bien, ayer noche escuché la voz mientras preparaba la cena de fin de año.
En el horno estaba la pata de cordero con las patatas panadera; acabándose de cocer en la vitro estaban los langostinos; la encimera estaba cubierta de fiambres, puding, ensalada…, todo puesto a recuperar temperatura ambiente. También una masera o buey de mar. Era lo último que me quedaba por preparar. La había comprado al mediodía, en mi pescadería habitual. Yo leía en el libro de cocina instrucciones para centollos al vino blanco, pensando que sería parecido cocinar aquel bicho mayúsculo.
Entonces se movió. Hasta entonces no lo había hecho, o yo no me había percatado. Estaba todavía en la bolsa de plástico, sobre un gran plato. El ruído del plástico la delató. Abrí la bolsa con cautela y miré bien a la masera. Parecía una piedra. Entonces soplé suave sobre ella. Sus ojos giraron en sus órbitas, buscando protección, y su pinza derecha -futura suculenta boca de mar- se separó ligeramente de su cuerpo.
Me quedé mirándola, esperando a que volviera a moverse, pero no lo hizo. Llamé a Joel, mi hijo de 11 años, para que dejara su Lego y viera aquello. Cuando estuvo a mi lado, volví a soplar y la masera se movió de nuevo; poco, pero algo fue. Nos quedamos ahí los dos, mirándola.
Entonces sentí la cuerda tensarse en mi interior, la inquietud, el susurro. La voz. Dijo: “No.”
Acerqué mis labios al oído de mi hijo y susurré a mi vez: “¿Qué te parece si la soltamos?”
Por suerte vivimos a cinco minutos andando de una de las franjas costeras más hermosas de Cantabria: Costa Quebrada. Y para allá fuimos, armados de linternas.
No hacía nada de frío, pues estaba de sur. Bajamos por un caminito hacia la más densa negrura de la unión entre tierra y mar, ahí donde hay unas canales de roca y las olas acarician una y otra vez millones de cantos rodados. El mar se revolvía a lo lejos, invisible. Pusimos a la masera en una poza pequeña, para que fuera reaccionando. Luego, cuando empezó a hacer burbujas y a moverse un poco más, la pusimos al borde de una de las canales, completamente bajo el agua. Unos pequeños cangrejos se marcharon apresuradamente. De repente, la masera estiró sus patas y avanzó de lado, enorme y majestuosa, hacia lo profundo.
Estuvimos un rato contemplándola ahí donde se paró, ya definitivamente fuera de nuestro alcance. No sé qué pensaría Joel -quién sabe nunca lo que se cuece en la cabeza de otras personas-, pero yo comprendí de golpe lo que significa cazar y lo que significa dejar de cazar. Ambas cosas pueden tener sentido sin excluirse mutuamente. La cuestión es encontrar la medida justa.
También pensé otras cosas, como y si no hubiera otras maseras por la zona y esta estuviera condenada a una vida de estéril soledad. Y también logré ver la masera con ojos de gaviota y de un vecino experto pescador de percebes. Y también sentí miedo ante la inmensidad del mar, la fuerza de las corrientes, los muchos depredadores y la inexperiencia. Quizás fuera una masera de piscifactoría.
Pero todo eso ya no importaba. O ya no tenía remedio.
Joel y yo volvimos a casa charlando y riendo. Nos abrió Rafa, que no acababa de creerse lo que había sucedido. Joel decía que iba a contarle aquello a todos sus amigos. Al principio le dijo que no -Rafa me apoyaba, había que salvarse del ridículo- pero luego cambié de opinión y le dije que podía contárselo a quien quisiera. ¡Qué cojones! Hay que ser coherente.
Pues sí, en ocasiones oigo una voz y en ocasiones escucho a esa voz. Es la misma voz que me dijo que recogiera de la calle y salvara a los cuatro gatos -cuatro Nikis- que viven con nosotros y son una de las más gratas fuentes de nuestra felicidad. Es la misma voz que me dijo que me separara del padre de Joel el día que de veras le conocí.
No anda desencaminada, no, la voz.
Cuando sumas el Hamlet y el Macbeth de Shakespeare; la semántica y la lexicografía; a Ishiguro, a Byatt y a Zadie Smith; todo lo que va desde Roland Barthes, Foucault y Derrida hasta Frantz Fanon; toda la literatura poscolonial en lengua inglesa habida y por haber; canapés de La Celestina, el Lazarillo, Garcilaso, Góngora, Calderón, Moratín, Bécquer, Unamuno, Lorca y Blas de Otero; la historia del Reino Unido y de EE.UU.; un pan de Alemán arriba y otro abajo; y todo ello aderezado con una indigerible salsa gramatical, el tentempié resultante se llama CIPRALEX.
Dígale usted ADIÓS a la ANSIEDAD, y luego váyase tranquilo a cumplir con su jornada laboral.
Bichos espectaculares
Nunca me han gustado los bichos. Sin embargo, me atrae la belleza.
¿Que cómo se come?
Pues pinchando aquí. Y para muestra, un botón, el de arriba.
Celama, el mar y el regresarse
Durante mucho tiempo me limité a darle vueltas de vez en cuando en la cabeza: Celama. Siendo como era tan sólo una palabra, tenía, sin embargo, el peso del universo que es. Pero yo no mas lo rondaba, mientras en mi imaginación lo sentía presente y más tangible que muchos territorios que sé que existen por los mapas, los noticiarios o los libros de historia.
Ofrecí a Celama por mucho tiempo resistencia, como a esa corriente invisible, poderosa, impasible, que nos puede llevar sin remedio mar adentro. Y es que tiraba y tiraba de mí, aunque yo no supiera -y creo que eso a él le gustaría- quién era su creador. Supongo que esto me pasó porque cuando miro el mar no me suelo acordar de ningún dios. Luego me he dejado llevar.
Parece ser que llevo bastante tiempo -en realidad, muchísimo tiempo- mirando al mar. Incluso algún amigo hay que me ha puesto bajo la categoría de R.I.P. -no, no me ofendo, pues qué razón ha tenido. Lo cierto es que me ha hecho mucha gracia que, después de muerta, pueda una seguir pintando algo. Desde aquí un saludo, Panta-, mientras que otros amigos me piden que me regrese, curiosa expresión reflexiva y muy afortunada.
Pues bien, he cambiado la carátula y me regreso. Alguna cosa más habría que cambiar por ahí aunque una siga siendo la misma, pues eso es inevitable. Magritte sigue presidiendo la mesa y, pese a que no ha estado nada mal, cierro definitivamente la marea de comentarios sobre gatos. Con los cuatro que ahora mismo tengo ya voy sobrada.
Y a Celama… cuidado con ir, que a veces no se vuelve.








