Ser un escéptico es algo contradictorio. La falta de fe en, por ejemplo, el género humano, supone haber albergado previamente esa misma fe en el género humano, pues no se nace escéptico, uno se hace. El grado de escepticismo es, a su vez, proporcional al grado de fe que lo precede. Y suele ser, además, de una relación proporcional similar a la de los icebergs: se tuvo fe en algo -puntita del iceberg que sobresale del agua- y al perderla se pierde la fe en todo -masa inmensa de iceberg escondida bajo el agua-.
Por otra parte está ese precioso -por esperanzador- axioma de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Y si a todo ello sumamos la teoría de la reencarnación, en que las vidas se suceden en su viaje hacia el Nirvana, vidas de hombre, de perro, de demonio, de flor, todas ellas empujándonos un poco más hacia la meta, lo cual indica que algún aprendizaje obtendremos de ellas y que algún vestigio van dejando en nosotros a modo de instinto o vago recuerdo, pues si sumamos todo esto, ¿qué nos da?
Creo que lo que da es un escéptico que, sin embargo, tiene el impulso de apoyar una campaña del todo idealista y seguramente hasta ingénua, pero que satisface una necesidad íntima, un hambre pequeñito y no saciado por tanto descreimiento.
Claro, que es necesario también haber madurado lo suficiente como para no sufrir ya por hacer el ridículo a ojos de muchos.






