-Lo cierto es que un día tuve miedo. Pero es una vieja historia.
-Que nunca me has contado…
-Que no me gusta contar.
-¿Es que tuviste algún percance?
-Hace tiempo el miedo no era una emoción extraña para mí, al menos dentro de ciertos parámetros. Corría muchos riesgos en la montaña sin que el miedo se convirtiera en un factor determinante. Se siente, sí, pero se racionaliza, nunca permites que te desarme.
El asintió, animando a su amigo a proseguir.
-Fue el último sábado del año que tú estabas estudiando en Madrid- dijo Rodrigo, acercándose a la mesa iluminada a rellenar ambos vasos de whiskey, aunque aún estaban mediados, y volver después a su sitio de antes, en la penumbra de la estantería.- Sara estaba enferma, resfriada creo, y yo estaba solo. Se me ocurrió hacer una ruta corta, los días de diciembre no dan para más, aunque aquél era soleado, soplaba de sur y yo tenía muchas ganas de hacer algo, lo que fuera. Un conocido, un tipo práctico de los que no se dejan impresionar, me había hablado de ese lugar con entusiasmo. Desde lo hondo de un estrecho valle subí por una pista hacia los puertos altos, donde estaba la entrada al desfiladero. Según me acercaba encontré la primera nieve. La temperatura era bastante baja allí. Siempre ascendiendo recorrí el desfiladero crecido de robles y hayas, y cuando acabó el arbolado continué entre rocas y brezos hasta alcanzar un collado. Desde allí, al otro lado del alambre espino que marca las fronteras entre municipios, parte un sendero hacia la cima oeste. Al principio no conseguí dar con él, oculto bajo toda la nieve. Sestea ladera arriba y luego desciende un poco hasta una pequeña braña más allá, donde crece un bosquecillo de tejos. Algunos de ellos tienen más de mil años.
Rodrigo volvió a quedarse callado y ambos bebimos unos minutos en silencio. Al cabo, continuó con su historia.



En los meses más cálidos ocurre no pocas veces que alguno de esos insectos voladores nocturnos se extravíe en mi casa, viniendo del trozo de jardín que hay detrás de ella. Cuando me levanto a la mañana temprano, lo veo todavía inmóvil en algún lugar de la pared. Saben, creo yo, dijo Austerlitz, que han equivocado su camino, porque, si no se los pone otra vez fuera cuidadosamente, se mantienen inmóviles, hasta que han exhalado el último aliento, efectivamente, se quedan, sujetos por sus garras diminutas, rígidas por el espasmo de la muerte, aferrados al lugar de su desgracia hasta después de acabar su vida, hasta que un soplo de aire los suelta y los echa a un rincón polvoriento. A veces, al ver una de esas polillas que mueren en mi casa, me pregunto qué clase de miedo y de dolor sienten sin duda en el momento en que se extravían”




