“Llegué por el dolor a la alegría y estoy vivo.”
José Hierro
“Llegué por el dolor a la alegría y estoy vivo.”
José Hierro
“La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara.
A todos, al nacer, nos otorgan una doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos. Y aunque preferinos usar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado a identificarse, al menos por un tiempo, como ciudadano de aquel otro lugar”. Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas.
Hace unos cuatro años que ingresé en las filas de aquellos que ostentan dicha doble nacionalidad y he de decir que estoy con Sontag cuando dice que “la enfermedad no es una metáfora, y que el modo más auténtico de encarar la enfermedad -y el modo más sano de estar enfermo- es el que menos se presta y mejor se resiste al pensamiento metafórico”. Pero he llegado también a comprobar que lo que verdaderamente se convierte en metáfora cuando uno cae enfermo, es la vida.
Antes, la vida ya se me hacía a ratos algo impreciso, casi irreal, especialmente en momentos de ensimismamiento, introspección o concentración. Vamos, era algo propenso a convertirse en alegoría o imagen. Despertaba de mis pensamientos como de esos sueños en que te sientes caer y el instinto de supervivencia te recoge justo a tiempo. Sin embargo, esta vez he caído, he atravesado la puerta y el instinto me ha fallado, así como me fallara mi cuerpo. Quién sabe, quizás sea una ilusión más, otra temible metáfora, pero he sido desterrada a otro ámbito y desde allí miro hacia acá y todo se me antojan metáforas.
Según la enfermedad que se padezca la estética que la acompaña varía. Es, como decía Sontag, cuestión de metáforas. Así como en la antigüedad clásica se le asignaba a cada parcela de la vida un dios tutelar concreto, a muchas enfermedades les sirve de estandarte un personaje o un mito. Por ejemplo, la tuberculosis bien puede relacionarse con creadores románticos como Keats o Chopin y muchos héroes de ficción, como Margarita Gautier de “La dama de las camelias” o el menos conocido Nathanael de “Un hombre oscuro” de M.Yourcenar; con las enfermedades coronarias siempre se me vienen a la mente las paredes de cristal del corazón del Doctor Zhivago; y con las enfermedades degenerativas, esas grandes desconocidas, pienso en la mente prodigiosa de un Stephen Hawkins o la hermosa mirada vacua de Rita Hayworth. Y la depresión y la locura, cómo no asociarlas a Vincent van Gogh. Habrá muchos más ejemplos. Los que conocen o padecen estas enfermedades se llevarán las manos a la cabeza, y con razón (nunca me lo perdonarán), pero encuentro algo en su estética que se inclina a lo benigno.
Con el cáncer no caben estos paralelismos. Las metáforas que a él asociamos tienen un grado de dureza, de horror y brutalidad, de corrupción y de culpa, de furor y perseverancia, de extrañeza cósmica, de soledad y represión y de silencio, que hace que la enfermedad se salga de todos los parámetros estéticos. Y pese a ser una de las grandes enfermedades del hombre contemporáneo resulta aún difícil de representar. La terminología asociada, tanto la que se refiere a la enfermedad en sí (invasión de células malignas, colonización del cuerpo, defensas superadas, destrucción) como la referida al tratamiento (el bombardeo de la radioterapia, la querra química de la quimioterapia, atacar y matar las células malignas, amputación) a la que se refiere Sontag es eminentemente bélica. Pero mientras que no parece haber pudor alguno en la representación de guerras externas (y valga aquí el ejemplo de las espeluznantes imágenes de conflictos bélicos en progreso por todo el mundo, rayanas en lo escatológico, que nos sirven con cada telediario, o el último hit cinematográfico de la tempotada, “300″), las internas como el cáncer y el horror de sus estragos permanecen en una discreta aunque inquietante oscuridad. De vez en cuando nos enteramos de la muerte de algún famoso, u otro famoso nos confiesa lo que padece (confiesa cual pecado del que debiera lavarse, reminiscencias de “la concepción punitiva de la enfermedad” que tan bien describe Sontag, camuflada bajo el deseo de acallar los muchos rumores…, de admitir la verdad…), pero poco más. Muchos imaginan algo así como “Gritos y susurros” de Ingmar Bergman, aunque la analgesia ha evolucionado mucho, gracias a Dios.
Yo ya no estoy “enferma”, o eso creo (y no sólo yo sino también los que me vigilan). Pero la cosa no es tan simple porque el miedo y la desesperación de la ciencia médica -pobrecita- es tal que los tratamientos que a uno le imponen tienen igual o más elevado grado de… recuérdese todo lo anterior…, que la misma enfermedad. Dice Sontag: “…se considera justificado casi cualquier daño acarreado al cuerpo si con ello se consigue salvar la vida del paciente”. Y pese a que también yo, naturalmente, soy sensible al horror y a la oscuridad que representa, tengo esa tendencia a querer equipararlo con una imagen que pueda reconocer y, por lo tanto, comprender y aceptar. Porque puede que la “enfermedad” ya no esté ahí, pero la estela de los efectos secundarios es larga de cojones.
Nunca habría creído que el Medievo fuera a reingresar así en mi vida, pero es como ha sido. Desde joven me ha gustado la épica, las leyendas artúricas, Tolkien y todo eso, y creo que a la idea del cáncer bien se le puede unir la estética medieval con todo lo que conlleva de dureza, horror, brutalidad…, y lejanía.

El punto en que ambos conceptos se conectan es el enigma y la magnitud. Y a ambos rige un peculiar sentido del destino, el Wyrd del que ya he hablado en ocasiones, al cual el héroe-paciente se enfrenta, con el cual libra tremenda batalla, a la cual sobrevive o no, y todo ello con total naturalidad. Porque la épica, en tiempos de la épica, era natural, y hoy la vida, en estos tiempos nuestros de tanta “calidad” (al menos en el primer mundo), debería ser natural, cosa imposible porque la muerte, su fiel sombra, sin embargo ya no lo es. Y de todas las muertes o amenazas de muerte por enfermedad posibles, el cáncer es una de las que más se le indigestan a todo el mundo. Está tan lejos de nosotros como lo medieval, o lo alienígena. Tan incongruente sería para la imaginación contemporánea encontrarse por la calle con un caballero en armadura como con un marciano. Y sin embargo, de repente, algo grande y misterioso, grande y misterioso como el mar que rodeaba la tierra cuando ésta aún era plana, como los abismos del pasado y del futuro, se cuela en el presente y nos hace suyos. No es un alienígena, no es un caballero medieval, ni siquiera es un dragón. Es un cáncer.
En fin, yo no vivo ni en el pasado ni en el futuro, así que ni miraré la imagen de la vírgen grabada en el interior de mi escudo ni musitaré con la mente una invocación a la fuerza. Hoy, a las cinco de la tarde, ingresaré en el hospital, es decir, me daré un paseo por la orilla del mar de la mano de mi particular paladín, desgranando metáforas.

R. Magritte, La respuesta sorprendente.
M.C.Escher, Tres mundos.
P.Bruegel el viejo, El triunfo de la muerte.
E.Kalnins, Orilla del mar.
No hay luz sin sombra, que dijera R.W.Emerson.
Girasoles. Vincent Van Gogh

Campo de trigo. Vincent Van Gogh
Supongo que a estas alturas de la fiesta ya todo el mundo sabrá quiénes fueron Leónidas y Xerxes, en qué consistía la cultura espartana y dónde están las Thermópilas. Frank Miller y su cómic también les sonarán a muchos y otros tantos habrán trazado el nexo inevitable entre esta película y Sin City. A poco que se hurgue por ahí se verá lo dividida que está la crítica al respecto de “300″, cómo hay puristas del contenido y puristas de la forma, el antiguo conflicto res-verba aún sin resolver…
El cine, como todo arte, cumple muchas y variadas funciones en la vida del hombre que van desde la pura distracción hasta ser un vehículo para ideologías. En algún lugar de en medio está el deseo del cineasta de representar la vida. La épica también tiene su razón de ser en la cultura. Siendo, quizás, muy sintética diré que las aventuras épicas y sus héroes simbolizan el impulso y la necesidad que tiene el hombre de trascender las limitaciones de una existencia incompleta y alcanzar una vida más plena según las virtudes más valoradas por una determinada sociedad. Cuando arte y épica se unen surgen las más sugerentes y efectivas utopías, o antiutopías, según el enfoque que se les quiera dar. El número y grado de perfección de estos tandems (arte-épica) así como la preponderancias de una u otra inclinación (utópicos/idealistas-antiutópicos/cínicos) da cuenta de las holguras o carencias de la sociedad en un momento dado de su historia. Sin embargo lo habitual es que ambas tendencias vayan paralelas y se turnen en el poder a modo de bipartidismo. Entre los avances de una y otra pierna, el hombre camina.
Creo sinceramente, después de esta perorata acaso demasiado abstracta, que “300″ podría haber sido una gran película. No tengo una especial preferencia ni por el idealismo ni por el cinismo pues cada uno de ellos le habla a una parte de mi mente que siempre está dispuesta a escuchar, la esperanzada y la desengañada, ambas igual de hambrientas. Aprecio la apabullante estética de las imágenes -estética que sutiliza y vuelve muy peligrosa la carga de violencia que contienen, pero eso es otra historia-, a cuyo servicio se ha puesto todo lo demás, pero según me distancio en el tiempo del visionado también me doy cuenta de que los fallos de la película cobran relieve y estropean el efecto final.
Por un lado está la falta de ritmo narrativo y la desconexión entre episodios que hacen pensar en la estructura a base de viñetas del cómic. Esto en el cine no funciona pues le resta empuje a la historia, hace que la fuerza se le escape entre los dedos, es decir, entre las secuencias. Por otro lado mientras que los espartanos, en especial Leónidas y su esposa Gorgo, están estupendamente representados con un grado de realismo que favorece la credibilidad y la empatía (siempre salvando las distancias de los 300 hombre perfectos que les arropan), sus opositores persas rayan en el ridículo de lo excesivamente elaborado o deshumanizado, así como les sucede también a los servidores del oráculo y al jorobado traidor. La única respuesta a estas objeciones es que el cómic es así, con lo cual se pone en evidencia la deuda de la película, que acaba siendo su condena.
Opino que este lastre es una verdadera pena. Pocas veces ha estado el hombre tan necesitado de épica como hoy, como demuestra su constante recurrencia a todo tipo de héroes, y no sólo épicos sino también sentimentales (sobre todo sentimentales, al estilo del héroe-tipo de mediados del XVIII, aunque también los haya del corte del héroe satánico-gótico de Byron), lo cual hace sospechar que tanto la sociedad como los individuos están dramáticamente disminuídos por el peso de un destino ominoso. Una coyuntura semejante, aderezada del debido talento, podría haber dado lugar a una gran obra. Pero no ha sido así.
Tal día como hoy pero del mes de Marzo arrancó este blog así como ya contara en el post “Decadíes” cuando cumplió diez días. Con el presente no es que vaya a inaugurar una sección más, la muy vanidosa de los aniversarios y recordatorios de mí misma, pero sí quiero confesar que me ha dado tiempo a experimentar toda la desazón tan bien descrita en Cuaderno de clase y que, para curarme en salud voy a postear aquí un vídeo de Glenn Gould tocando fragmentos de la Partita nº2 de Bach en el estudio de su casa. En su día yo también toqué esa partita, con su endemoniada Courante, y la amé -aún la amo- sin reservas. Me ayudó -yo la servía- a acceder a piano superior y la estudié a fondo, mucho más allá de tocarla, durante unos felices tres años. Pero Gould es Gould y será siempre Gould, el inefable. Una lección de humildad…
“…la soledad…me ayudó a ver durante breves instantes, sin memoria ni conciencia, el esplendor de la vida. Quizá los animales viven hasta su muerte en un mundo de espanto y exaltación. No pueden huir y tienen que soportar la realidad hasta el final. Incluso su muerte es, sin consuelo ni esperanza, una verdadera muerte. Yo, como todos los humanos, siempre estuve huyendo a toda prisa o soñando con los ojos abiertos. Imaginaba que mis hijas aún vivían porque no había vivido su muerte. Pero vi cómo mataron a Lince y vi brotar la masa encefálica de la cabeza partida de Toro y vi cómo Perla se desangraba como una cosa sin huesos, y siento el corazón de los corzos enfriarse entre mis manos.
Esa es la realidad. Y como la he visto y sentido, me cuesta soñar durante el día. Me repugnan las elucubraciones y siento que la esperanza ha muerto en mí. Eso me da miedo. No sé si soportaré vivir sólo con la realidad.”
Libro sencillo, lírico y necesario. Libro hiriente y despiadado. Libro extraño y real, fantástico y cotidiano. Libro lleno de amor, de espanto, de valentía y fortaleza, de tristeza, de responsabilidad, de vida. Libro sobre el desaliento y la esperanza y la aceptación. Libro lleno de animales y paisajes. Libro apocalíptico. Libro épico. Libro cercado por un límite que contiene el infinito. Libro sobre la belleza y la verdad, sobre el horror y la verdad, sobre la memoria y el futuro y la verdad.
“Las cornejas han levantado el vuelo y se alejan sobre el bosque gritando. Cuando no las vea saldré al claro para dar de comer a la corneja blanca. Ya me está esperando.”
Marlene Haushofer, El muro.
Marlon Brando es un estibador, un ex boxeador, un hombre un poco bruto y simple al que le gustan las palomas. Eva Marie Saint es la hermana de la última víctima del hampa portuario. Ella tiene claras sus lealtades pero él no, su hermano mayor es la mano derecha del cabecilla del hampa.
Parten de puntos opuestos pero las circunstancias les acercan. En un momento dado hablan, de su infancia, de su pasado. El suave, discreta, infantilmente, le coje un guante que a ella se le ha caído -parece ser que fue una situación improvisada-. Se nota que hace mucho frío junto al mar. El se sienta en un columpio y se lo pone. Le queda pequeño. Siguen hablando. Ella desea irse pero no puede, él tiene su guante. El lo sabe, a través del guante la retiene. Siguen hablando. Ella mira su guante en la mano de él. Se va poniendo nerviosa. El se quita el guante y ella con un gesto un poco precipitado que la pone en evidencia, lo coje y se separan.
La tensión contenida de esta secuencia es elevadísima, podemos percibir el frío intenso y el ardor dentro de los personajes, su tremenda desazón emocional. La atracción mutua apenas acaba de comenzar y la consciencia de todo aquello que se interpone es aguda, aún infranqueable. Sin embargo hay en ellos, en ambos, un grado de inocencia difícil de explicar pero muy real y evidente. Los dos han estado, en cierto modo, alejados de la sordida vida portuaria, ella en un internado, él bajo el ala de su hermano mayor. Conceptualmente -incluso estéticamente- son personajes muy diferentes, solos en un parque vacío, maravillosa, gélidamente gris. Ella recupera su guante pero percibe que es él quien más lo necesita. A cambio, acabará dándole su amor. El tiene el gesto atento, en un hombre como él -como son todos allí- inusitado y paradógico, de recoger su guante y luego de jugar un poco con él. Revela así su fondo de ternura, el principio del cambio que se produce en él y que le llevará a recorrer el largo camino hacia la verdad de sí mismo, de su hermano y del mundo exterior.
Ambos actores -ella primeriza- están en estado de gracia.
Si a eso sumamos el talento indudable de Elia Kazan, la extraordinaria fotografía de Boris Kaufman y la música de Leonard Bernstein, por no mencionar a los extraordinarios actores secundarios, tendremos una de las mejores películas de la historia del cine.
Hace mil años, antes de que tú nacieras, yo…
O.Guayasamín
Cuando se me ocurre pensar que los indivíduos no son más que gotas de saliva que escupe la vida, y que la vida no vale mucho más frente a la materia, me dirijo hacia el primer bar que encuentro con la intención de no salir nunca más de él. Y sin embargo, ni siquiera mil botellas me darían el gusto de la Utopía, de esa creencia en que algo es aún posible.
Silogismos de la amargura, E.M.Cioran
Hace cinco años Rafa llegó de su último viaje a Cuba -creo que no ha vuelto desde entonces por un exceso de amor hacia ese país, aunque a él no le gusta hablarlo- trayendo, entre otras cosas, un cinturón guajiro de madera, unas partituras y un par de libros del joven poeta de Santa Clara Yamíl Díaz Gómez (1971): “Apuntes de Mambrú” (Premio Fundación de la ciudad de Santa Clara, 1992) y “Soldado desconocido” (mismo premio, 2000). De este último me gusta sobremanera el primer poema perteneciente a “Postales de antaño”, una décima sin título (tan sólo la indicación de Glosando a Navarro Luna) que dice así:
Vienes del amanecer
con los párpados tan rojos
que te buscan nuevos ojos
desde mi rostro de ayer.
Porque tu signo es tejer
una trampa al aguacero,
me convierto en prisionero
del agua muda, remota,
y otra vez tú -gota a gota-
ca-es des-de mi som-bre-ro.
.
Yo perdido en la emboscada
que le trazaste a la lluvia;
pero ahora ha sido la lluvia
quien te trazó una emboscada.
Y lloverá en tu mirada
eternamente, mujer.
Tu signo será caer
lenta sobre mis despojos.
Como ha llovido en tus ojos
no he visto nunca llover.
Igualmente maravilloso me parece el poema Última carta de Cyrano de Bergerac, que dice así:
Tus manos que sigilosas
tejen, Roxana, mi suerte,
laten igual que la muerte
dentro de todas las cosas.
.
Callo mi amor.
Y te posas
en mi hombro derruido.
Callo mi amor, y es sonido
tu esplendor, que me lacera
como si muerte fuera
no más que un leve zumbido.
.
¿Qué improvisado estandarte
para del tiempo cubrirte?
¿Qué lluvia para dormirte?
¿Qué sol para no quemarte?
Saberte, asirte, añorarte…
(trabalenguas de lo inerte).
¿Qué voz para detenerte
cuando, vencida, te apartas?,
si al final todas las cartas
van a manos de la muerte.
.
Palabras.
Como el invierno
retornan a tu balcón.
Son hermosas porque son
escritas desde el averno.
Son el adiós sempiterno.
.
Muerte, detén tu fluir
porque lo triste no es ir
donde tu verbo retumba,
sino llevarse a la tumba
tantas cosas por decir.
Lírica rondada por el riesgo, abrumada por el silencio, cargada de pathos, de ternura. Una oportunidad a la vida posible.
Lógicamente, no puedo conocer Cuba pues nunca he estado allí (Rafa cuenta cosas, repito, solamente de soslayo). Leer entre versos y líneas, entre fotogramas o pinceladas, apenas me permite vislumbrar. Pero ya es algo. Otros van y no ven nada. Quizás si algún día pudiera acariciar el tronco de una grandiosa ceiba…
