Primera aventura épica

          Todo empezó el día en que Rafa me llevó a conocer el Puerto de Palombera, quizás el más bello de Cantabria. Está en la carretera que va de Cabezón de la Sal a Reinosa y atraviesa el parque natural (es una reserva de caza) Saja-Besaya. Ibamos en coche. Rafa me contaba cómo había subido ese largo puerto, de 1257m. de altitud, en bicicleta varias veces. El es un gran deportista y de aquella tenía aún la Conor vieja. Yo tenía un hierro sin nombre que había comprado hacía poco de segunda mano, pero como era una grandísima sedentaria -apenas si hacía alguna ruta de andar- aquello me parecía una proeza. Cuando empezamos a bajar al otro lado del puerto, él me picó y yo respondí: iríamos al día siguiente a subirlo desde el lado de Reinosa, que serán sólo unos 4.5km. de ascenso, y luego tiraríamos hasta Cabezón a coger el tren.

          Y así fue. Yo no subí de cuesta ni 2km. mientras él iba y venía, subía y bajaba tan fresco delante de mí y de vez en cuando me daba ánimos que me sentaban de pena.
          Eso fue un domingo. El martes siguiente regresé sola. Con mi hierro. Subí el puerto -me bajé de la bici incluso antes de los 2km. pero como estaba sola me daba igual- aunque no hasta la cima. Había visto un desvío a la derecha, 1.5km. antes: una pista de tierra. Sabía vagamente, pues siempre me he orientado muy bien, que iba a dar a Bárcena Mayor.
          Tiré caminando mientras picaba para arriba, y encontré un paisano con ganado al que pregunté, y fue suerte, por dónde se bajaba a Bárcena. En el Alto de la Cruz la pista se divide en varias, aunque yo entonces aún no lo sabía. Luego empecé a bajar.

          Fue una bajada prodigiosa. Sin suspensión delantera, sin experiencia, con un hierro al que jamás había echado ni una gota de aceite y con las zapatas de los frenos gastadas. No sentía los brazos, no podía ver nada. Pasé un miedo… Imaginada que un lobo podía salirme al encuentro en cualquier momento, tan vírgen estaba todo aquello, o al menos a mí me lo parecía entonces, pues ahora conozco lugares aún más aislados, salvajes y bellos.reserva-del-saja.jpg Los únicos animales que vi fueron algunas vacas con las que casi me estampo. Cuando llegue abajo, a Bárcena, estaba cubierta de barro, con la adrenalina a tope y los pelos -no llevaba aún casco- alborotados. Pero no me había caído. La gente -era un martes festivo y Bárcena es un lugar muy turístico- me miraba y parecía alucinar. ¡Más alucinaba yo! Creo recordar que me pegaba la risa tonta, como si hubiera perdido un tornillo en alguno de los baches del camino.
          Pasaron casi 10 meses antes de que Rafa me regalara mi bici de ahora. Algún tiempo antes, en Semana Santa, me habían diagnosticado una grave enfermedad, un macroadenoma hipofisario -productor de GH curiosamente-, y me habían dicho que me operarían en septiembre. Casi no me atrevía ni a pasear, por miedo a que se me reventara la cabeza.
          A mediados de julio llegó la bici. Es una BH Expert Team Disc, una rígida con suspensión delantera RS Suntour y frenos de disco Formula. El cambio es Shimano LX.

           Adoro mi bici. Y va de puta madre. Es una joya. Y aquél fue, hasta ese año, el mejor verano de mi vida. Hice por ahí, en cuestión de 60 días, unos 850km. sobre todo en rutas en solitario por la media montaña cántabra, que es la que me pilla más cerca -no sé conducir pero me acerco a los puntos de partida en tren- y encima más me gusta.

          Aún recuerdo mi primera salida, al día siguiente de traerme Rafa la bici. Sin haber entrenado nunca ni conocer el manejo de cosas tan elementales como el cambio o los pedales automáticos -menuda cola me trajeron aquel día las dichosas calas- me fui a Ucieda y con un mapa de ruta pinzado a los cables me tiré al monte. Hasta cinco veces me llegué a caer, aunque no me hice ni un rasguño, y me llené hasta tal punto de barro que a la vuelta en tren no me atrevía a sentarme porque lo habría puesto todo perdido. Como la otra vez, la gente me miraba pero ahora también miraban mi bici, y eso me gustó aún más. ¡Menuda máquina! 

          Volví a Ucieda varias veces más aquel verano. También anduve por la zona del pantano de Alsa subiendo el Mediajo Frío e incluso me atreví con Obios desde Pujayo -¡menuda subida!- aunque unos mastines de esos que cuidan las ovejas me chafaron la cumbre.
          A principios de septiembre logré subir gran parte de Palombera por la vertiente norte desde la Cueva del Pollo -son unos 15km.-. Rafa y yo entramos luego por pista hasta la zona del santuario de Sejos. Y finalmente la primavera siguiente -después de operada y de estar casi dos meses hecha polvo en el hospital- subí Palombera empezando desde el mismo Cabezón, sin poner el pie en tierra hasta llegar a Reinosa. Unos 40km picando hacia arriba, incluído el mismo puesto que son más de 20, y luego la bajada al otro lado. Unos 56km en total. Yo iba a otra parte pero al ver los Puertos Altos nevados a lo lejos me apeteció. Arriba había un muro de nieve a ambos lados de la carretera que podía ir tocando si extendía el brazo.
          Subí más que nada por el reto, pues no me gusta la carretera y procuro evitarla en lo posible. Pero la emoción que sentí, esa mezcla de poder y de libertad, fue inigualable. Cuando subí aquello, sola y concentrada, mirando, la verdad, poco hacia fuera y mucho hacia dentro de mí, supe que podía llegar a cualquier parte.

          Ahora temporalmente no monto. Espero al quirófano en huelga de Cantabria. Pero en cuanto tenga ocasión pondré a punto mi BH -es verde y azul, montaña y cielo-, una vez más, cogeré una pista y a volar.

2 pensamientos en “Primera aventura épica

  1. La segunda fotografía es la Venta de Tajahierro, en la carretera que sube a Palombera, y sobre ella puede verse la entrada de la pista que lleva a Sejos. La primera foto no la logro situar del todo, creo que desde la pista de Sejos se ve esa otra pista que baja hacia Colsa y luego a los Tojos. Está en la vertiente Este de la carretera de Palombera. Pero yo no bajé por allí en esa ocasión. Bajé por el interior, pasando al Este del pico Abedules y luego paralela al río Lodar o Argoza.
    Desde luego, la zona es bellísima, el paraíso para cualquier ciclista, pues incluso si se sube por carretera, arreglada desde hace unos pocos años, el paisaje a ambos lados quita el habla.

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